Opiniones
Domingo 09 de Noviembre de 2008
Una novela marciana


PEDRO GANDOLFO


En Música marciana, el narrador, un anciano recluido en una Reñaca fantasmagórica, situado en algún momento indeterminado del futuro, escribe las últimas páginas de la historia de su extraña familia, mientras un huracán (que parece más propio de otras latitudes) se aproxima y amenaza con destruirlo todo. Es el último superviviente de los catorce hijos de un célebre pintor chileno, emigrado a Europa, personaje oscuro y tortuoso, que diseminó su linaje por el mundo y pareció legarles una maldición de desgracia: todos ellos viven y mueren de modo trágico (suicidios, asesinatos, desapariciones). El narrador (cuyo nombre ignoramos) actúa como una suerte de delirante detective que intenta desentrañar un misterio, establecer un sentido que vincule los destinos tan dispares de los miembros de esta familia en extinción. En esta pesquisa es acompañado, a lo lejos, por Virgilio, su penúltimo hermano, y encargado de La Organización, una institución que vela por el cuantioso legado del padre común. Sin embargo, advierte: “No va a haber trama aquí. Apenas un tenue hilo conductor: una lista de cadáveres desperdigados que, por azar, tenían la misma sangre”.

Y, en verdad, la trama anterior apenas progresa y más bien sirve de excusa para que Bisama despliegue una estructura formada por varias historias que se engarzan en otras como cajas de distinto tamaño o, en este caso, mejor dicho, como ramas de un árbol. Música marciana contiene, así, a lo menos quince relatos (los de los catorce hermanos, incluido el del narrador, y el del padre) pero cada uno de ellos se abre en muchos otros, a veces desarrollados en un par de líneas, otros más latamente. En vez de una historia, el lector se encontrará aquí con una miríada de ellas, todas distintas y compitiendo en rareza. Si hubiese que remontarse a un esquema literario semejante, Música marciana se asemeja en esto a Las mil y una noches: el último de los hermanos cuenta historias y de ese modo posterga (o lleva a cabo) su propio fin, la muerte fatal digna de su estirpe. No hay califa ni sultán aquí, sino el lector, quien debe ser atrapado (entretenido) por la novedad y sorpresa de cada historia, por sus recovecos y laberintos, por los giros y cambios.

El narrador, en quien es muy difícil reconocer los rastros de un anciano, emplea un lenguaje que es una suma pareja del de todos los personajes y en él se usa (y abusa) del estilo indirecto: A le dijo a B, que le dijo a Virgilio, que me dijo a mí: “dijo”, “le dijo”, “dije”, es una muletilla que se repite una y otra vez. De esta manera oblicua, sin mayor espesor, desfilan los personajes, como proyectados en una pantalla. Es que esta novela no pretende verosimilitud. En ella lo que acontece, su mundo, principia y acaba dentro de su texto y en el juego de sus bizarras historias. Bisama, tributario de muchas tradiciones (literarias y no literarias), ensaya aquí un híbrido en que mezcla, con audacia, literatura fantástica, ciencia-ficción, novela de misterio, relato de vidas imaginarias, novela surrealista. La invención, el elemento imaginativo es predominante y, de ese modo, esta obra puede ser leída como un intento atractivo de renovación de la literatura fantástica (si esa fuera la intencionalidad de su autor) por momentos muy bien logrado.
La estructura escogida por Álvaro Bisama no siempre le juega a su favor: contar tantas y distintas historias de manera de capturar la atención del lector es un desafío mayor. Algunos de los relatos son claramente superiores a los otros; despuntan, en medio de una llanura que dispersa y cansa. Las estrambóticas necrologías de cada miembro de la familia sucumben muchas veces ante una capa de material incorporado por el autor desde orígenes muy diversos (literatura, cine, cómic, televisión, rock): el resultado es (aunque la extensión de la novela es relativamente breve) una sensación de extenuante abigarramiento. El exceso de distractivos conduce a que el lector termine por confundir a los distintos hermanos y sus historias. No se trata, tampoco, de imponer la economía del lenguaje y la contención como única regla de composición (hay magnífica literatura basada en la abundancia y el derroche), pero es curioso que una novela breve deje la sensación de atiborramiento.

Álvaro Bisama es un autor que asimila de manera poderosa lecturas e imágenes. Su escritura parece ir montada sobre un vital oleaje que no domina del todo pero que posee una lucidez y oficio ciertos y con resultados innegables en esta novela. Lejos de la prevención inicial del narrador, es posible (cuando se ha dispersado el polvo de tantas historias y datos caprichosos), partiendo del epígrafe inicial (de Elias Canetti) hasta el sueño final de Virgilio (su acompañante en este descenso a los Infiernos), pasando por indicios distribuidos hábilmente aquí y allá, dar con la clave que hace sonar la Música marciana.


Música Marciana
Álvaro Bisama
Editorial Emecé, Santiago, 2008,
212 páginas, $8.500.

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