
“Lolita, luz de mi vida, fuego de mis entrañas. Mi pecado, mi alma”. Así empieza una de las novelas más controvertidas del siglo XX. Escrita en inglés por el inmigrante ruso Vladimir Nabokov, Lolita apareció en París en 1955, después de haber sido rechazada por diversas editoriales norteamericanas. La novela desarrolla el tormentoso romance entre Humbert Humbert, un intelectual europeo de 37 años que llega a Estados Unidos, y una menor sexualmente precoz llamada Dolores Haze. Humbert se alberga en la casa donde Lolita vive con su madre. El libro fue prohibido en varios países y su autor acusado de promover la pederastia, aunque en el prólogo dice sin ambigüedades que su protagonista es “un ejemplo flagrante de lepra moral”. Con el mismo criterio con que se condenó a Nabokov se podría haber acusado a Dostoievsky de promover el asesinato de ancianas, por escribir Crimen y castigo.
En el año 2000, Lolita figuró en todas las listas que se elaboraban para elegir a las 10 mejores novelas del siglo XX. En 2005, al cumplirse 50 años de la primera edición, era celebrada como una obra maestra de la literatura universal. Y de repente surge una nueva polémica. Precedido por un artículo suyo en el Times Literary Supplement, el crítico alemán Michael Maar publica el libro Las dos Lolitas, en el que reitera que en 1916, es decir, 39 años antes que Nabokov, el escritor berlinés Heinz von Lichberg editó un cuento en el que un profesor de unos 40 años viaja a España y mantiene una relación amorosa con una menor, en la pensión donde se aloja. ¿Nombre del cuento y de la niña?: “Lolita”. Gran desconcierto en los medios intelectuales.
Más allá de las similitudes entre las dos Lolitas, uno tendría que plantearse un problema axiológico. El simple hecho de haber publicado algo con anterioridad, ¿constituye de por sí un logro literario? El cuento del escritor alemán es un trabajo prescindible, anticuado incluso para la época, escrito en una prosa plana y opaca. Menos de la mitad de sus 18 páginas están dedicadas a hablar de Lolita, la cual emerge en un contexto fantasioso, semejante al de los cuentos de Hoffmann. No hay ni desarrollo, ni análisis, ni profundización alguna de los personajes. La novela de Nabokov tiene más de 300 páginas y en ellas examina con brillante penetración el infierno psíquico y moral que representa involucrarse con una nínfula, aunque la relación sea aceptada por las dos partes. Su prosa erudita, elegante, de gran ingenio y maestría estilística, es uno de los puntos altos de la literatura en lengua inglesa. El narrador no sólo seduce a Lolita; también seduce al lector con su agudeza y con su ironía implacable hacia la sociedad y hacia sí mismo. Pero no es sólo eso. Nabokov formalizó y estableció un prototipo memorable: la nínfula, que se incorpora a una exclusiva galería de personajes literarios. Figuras como don Quijote, Otelo, Tartufo, don Juan o Lolita son pinturas acabadas de arquetipos humanos y no vagos trazos en una hoja. ¿Las coincidencias con Von Lichberg transforman a Nabokov en un plagiario? Por supuesto que no. Más bien ponen en evidencia a su antecesor como un escritor limitado y falto de visión, incapaz de vislumbrar siquiera el alcance del material que tenía en las manos. La única razón por la que estamos mencionando a Von Lichberg es porque Nabokov escribió su Lolita. Si Nabokov no la hubiera escrito, la otra “Lolita” habría permanecido en el olvido. ¿A quién tenemos que agradecerle que Lolita se haya convertido en un clásico? ¿A Von Lichberg o a Nabokov?
La literatura se nutre de la vida, pero también de la literatura. El estudio de fuentes o conexiones intertextuales puede ser muy productivo, pero muchas veces ciertos “descubrimientos” son un ejercicio puramente mecánico y un tributo a la obviedad. Quedarse en la mera enumeración de las afinidades entre dos textos es tarea fácil. La verdadera prueba de fuego es develar las diferencias significativas. Que Cervantes se haya inspirado en el entremés del pastor que enloquece leyendo romances, para escribir la escena en que don Quijote pierde la razón leyendo novelas de caballerías, es un dato que no explica cómo es que Cervantes, a partir de ese episodio frugal, salió con tamaña obra maestra. Sabemos también que la historia de Romeo y Julieta, antes de que la inmortalizara Shakespeare, había sido registrada por el italiano Matteo Bandello en un relato cuyos protagonistas se llamaban precisamente Romeo y Giulietta. Esto prueba que la originalidad de una obra trasciende con largueza el mero argumento o el esquema de sus personajes. Bandello, aunque se adelanta al bardo inglés, no es más que un punto de referencia en la línea de la diacronía; Shakespeare, en cambio, es todo un universo.
Después que apareció la “revelación” de Michael Maar, muchos se sumaron al coro de acusadores del escritor ruso. Cabría preguntarse ahora: ¿fue Lolita, la nínfula, el pecado de Humbert Humbert? ¿O fue Lolita, la novela, el pecado de Nabokov? Sobre lo primero, que juzgue el lector del libro; sobre lo segundo, aquí va la sentencia: Vladimir Nabokov, ego te absolvo
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Posteado por: Paul Alonso Aliaga Osorio 16/11/2008 15:10 [ N° 1 ] |
¡A las lolitas...! |
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Posteado por: Veronica Poblete rodriguez 16/11/2008 20:30 [ N° 2 ] |
No importa quien sea el autor, al final, la realidad supera la ficcion. |
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Posteado por: Miguel Angel Fuenzalida Diaz 16/11/2008 23:15 [ N° 3 ] |
La acusación de plagio en ciencia sino imposible, parece ser un fenómeno accidental, producto del empeño coincidente de científicos inconexos. Las leyes de propiedad intelectual en tecnología, definen la originalidad en base a tres conceptos: solución a un problema tecnológico, novedad (nunca antes se ha propuesto dicha idea, metodología, proceso o diseño de utilidad) e inventiva (la propuesta no resulta obvia o natural como solución tecnológica para una persona versada o con experticia en dicho arte tecnológico). Sin embargo cuando se trata del arte (Literatura, Música, Pintura, etc.) no resulta fácil detectar el plagio ya que con frecuencia los productos artísticos presentan amplios espectros de intereses y las connotaciones de sus detalles en productos artísticos similares pueden ser tan diversas e incluso antagónicas. Aunque se recurre a planteamientos técnicos ( por ejemplo en Música Popular el criterio de los 8 compases similares) la legislación no tiene siempre un carácter reparador de un daño y más bien puede producir otro. A mi juicio esto último fue lo que ocurrió cuando el Beatles Harrison fue condenado por “My sweet lord”, canción de profunda motivación religiosa y para nada relacionada con la sindicada como técnicamente original. Si los propios cultores de la Música Clásica aceptan la dificultad de mantener cuotas de originalidad más difícil será en la Música Popular con recursos más limitados. En literatura más importantes que los plágios son las deformaciones destinadas a presentar temas eludiendo el pago de derechos de autor. Por ejemplo, el guión de Nosfarastus de Murnau funde en Lucy a dos de las protagonistas de Drácula de Bram Stoker. |
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