Opiniones
Domingo 16 de Noviembre de 2008
Navegar la “Gran Serpiente”

William Ospina (1954) es un poeta y ensayista colombiano que con Ursúa primero (2005) y ahora con El país de la canela irrumpe con fuerza en la narrativa hispanoamericana. En estas novelas pone en acción el fabuloso relato del descubrimiento y la “conquista” del río Amazonas en forma de una trilogía dentro la cual, aquella última, corresponde a una segunda y cautivante entrega. La trama en que se basa (todos hechos reales) es difícil de superar en maravilla, peripecias y horrores, los personajes (también reales) son ambiguamente extraordinarios, el paisaje, magnífico. Todo este grandioso material lo recibe Ospina (de historiadores, poetas y cronistas) pero su conversión en una buena novela, como lo es El país de la canela, depende de su talento para organizar el texto de una manera atractiva y para engendrar un lenguaje convincente, accesible y con una armónica carga de sentidos.

Por de pronto, el narrador está muy bien logrado y, desde las primeras líneas, el lector desea que el autor nos diga su nombre pero no lo hace (salvo parcialmente al final en esas curiosas “notas del editor”) y parte del misterio que irradia este libro obedece al anhelo de conocer la identidad de quien expone con no menos autoridad que belleza: deseamos saber quién es y a quién le habla. Pues en esta novela existe además un interlocutor ignoto, un “tú”, al quien el protagonista se dirige. El lector asiste como testigo a lo que se supone es el relato oral de la vida que aquel narrador hace a un tercero (cuyo nombre es mencionado una vez tan sólo en las páginas finales de la obra). El joven protagonista de la novela, apelando a su experiencia, intenta disuadirlo de que emprenda un segundo viaje, un viaje de conquista del río Amazonas, pero la narración se sitúa justo en las vísperas del mismo, cuando ya aquél, venciendo sus propias reticencias, se ha enrolado en él. El relato se extiende desde su niñez (nacido en La Española), de origen mestizo, hasta el momento en que se apronta a iniciar, como asistente de Pedro de Ursúa, la segunda expedición al Amazonas. Si la consideramos como una novela independiente, la reserva de las identidades del “yo” que habla y del “tú” que escucha es un recurso que captura la atención del lector de El país de la canela sin que esta estructura aparentemente oral y de diálogo le resten al discurso su naturaleza escrita y fluida. Como indica el “editor”, al final, se trata de un estilo de narración “imperfectamente oral”.

El país de la canela es una novela, es decir, es ficción, aunque documentada con rigor desde un ángulo histórico. El relato que leemos (casi escuchamos) nunca existió: es fruto de la imaginación creativa del autor colombiano. Hay que indicar, a este respecto, que Ospina ya en su ensayo Las auroras de las sangres profundizó en el estudio de los conquistadores del siglo XVI y, en particular, en la obra Elegías de varones ilustres de Indias, extenso poema publicado en 1589 por Juan de Castellanos. Éste, junto con las crónicas de Gonzalo Fernández de Oviedo (el supuesto maestro del protagonista) y fray Gaspar de Carvajal (quien también participó en la expedición de Orellana), son fuentes claves de este libro. El centro del relato es la demencial expedición que Gonzalo Pizarro lleva a cabo desde Quito en busca del legendario “País de la Canela” que resulta en el viaje espeluznante, bajo el mando de Francisco de Orellana, a lomos de la “gran serpiente” llamada más tarde “río de las Amazonas”. Las narraciones que preceden a este núcleo (la niñez y formación del protagonista) y lo sucede (los periplos por el Vaticano y Flandes) no alcanzan el mismo interés pero se justifican, por cierto, porque de otro modo no se entendería que el narrador posea un lenguaje tan refinado y participe de ambas expediciones.

El lenguaje que emplea Ospina es un castellano actual, accesible a cualquier lector, y, por lo mismo, no hay aquí una simulación de un texto del siglo XVI. Sin embargo, su prosa es muy cuidada, no cae en anacronismos y posee una virtud poética poderosa en sus imágenes, figuras y sintaxis: es capaz de generar en el lector un símil, al menos, del asombro que los primeros descubridores experimentaron ante un mundo incomprensible. La influencia de la obra de Juan de Castellanos y su propio oficio como poeta son definitivos a la hora de juzgar la belleza de este lenguaje y su fuerza evocativa. A la vez, Ospina inserta breves e incisivas reflexiones acerca del problema de la identidad mestiza del narrador, de la relación entre civilización y barbarie y de la manera en que la cosmovisión europea de la época recibe, asimila y, de algún modo, inventa una imagen de América a su medida. Esta combinación de prosa poética y meditación recuerda (además de la estructura del relato central) a El corazón de las tinieblas. El tratamiento de la naturaleza, protagonista avasalladora de este libro inteligente, entronca, además, a El país de la canela con una vigorosa tradición literaria americana: la novela de la tierra.

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