
Pedro Gandolfo
Dino Buzzati es un narrador italiano (1906-1972) cuya producción se está conociendo y valorando de manera creciente. Desde luego, El desierto de los tártaros es su novela más difundida gracias, en buena medida, a una memorable versión cinematográfica (1976) del director Valerio Zurlini y protagonizada por un gran elenco. A esa obra, con traducción en Alianza, se ha añadido últimamente la edición de antologías de cuentos, entre ellas, Los siete mensajeros y otros relatos (1996), en la misma editorial Alianza; El derrumbe de la Baliverna (Emecé, 2003); Setenta relatos (Acantilado, 2006). La lectura de estos cuentos, que poseen una trama redondamente cerrada pero, a la vez, una significación abierta e inasible por el uso maestro de la alegoría, suscita una maravillosa perplejidad, colocando a Buzzati entre los mejores cuentistas del siglo pasado. La editorial madrileña Gadir, a su turno, acaba de reeditar parte de la obra ya traducida y publicar casi la totalidad de las novelas de Buzzati. Entre ellas figuran Bàrnabo de las montañas (1933) y El secreto del Bosque Viejo (1935), sus dos primeras narraciones en las cuales es manifiesta la influencia directa y poderosa del paisaje natural de Belluno (la ciudad natal del autor), situada al pie de la cadena montañosa de Las Dolomitas. En efecto, la montaña y el bosque, las altas cumbres y la espesura impenetrable se incorporan en estos relatos como auténticos tópicos que vinculan, sobre todo a El secreto del Bosque Viejo, con algunas variantes frecuentes de la literatura fantástica y popular de todas las tradiciones. Ésta última es una novela —difícil de clasificar— en la que esos paisajes cumplen un papel protagónico para crear una atmósfera de misterio en la que lo sobrenatural asume un carácter natural. En el código de este relato, el lector debe aceptar esa conversión y Buzzati seduce con sencillez para obtener ese tácito consentimiento.
“Es sabido que el coronel Sebastiano Procolo vino a establecerse en el Valle de Fondo en la Primavera de 1925”. Con esta oración, Buzzati da inicio a la novela. La fórmula “Es sabido que” le confiere a la narración, desde su partida, un ambiguo estatus legendario que se decanta de modo abrupto sólo en el capítulo IV cuando el adusto y casi maligno coronel aparece hablando y discutiendo con una urraca. Si hubiera que aproximarla, así, a un género que permita al lector formarse una idea de ella, se trata de una fábula larga, una fábula que no tiene la forma de cuento sino de novela. Joan Corominas, en su célebre diccionario etimológico de la lengua, vincula “fábula” con el latín “fabulari”, conversar, en el sentido de la conversación popular, el rumor, el relato sin garantía histórica. Precisamente, en El secreto del Bosque Viejo, el narrador es una fuente incierta, un “se dice”, “al parecer alguien vio”, “se cuenta”, “aunque nos faltan suficientes antecedentes…”, “era una verdad antigua”, vestigio elaborado cuidadosamente de una oralidad popular.
Enseguida, la aparición y protagonismo de árboles, cosas (una cabaña), animales (sobre todo pájaros) y elementos de la naturaleza (vientos) que hablan y de hombres con la capacidad de comunicarse con ellos es un recurso que de modo definitivo aleja al relato de lo históricamente garantizado y lo coloca en el plano de lo fabuloso. No tan sólo En el secreto del Bosque Viejo hay un “hablar” singular, sino que también en él se da el caso (propio de las fábulas) de que hablan quienes por naturaleza no lo hacen. Buzzati, en cambio, no ofrece aquí una moraleja definida y, en general, elude lo sentencioso y discursivo. Hay conflictos morales, sin duda; sin embargo, la preceptiva y la acción ejemplar tienen un papel secundario, casi nulo para efectos literarios; lo que le interesa al autor es, valiéndose de algunos elementos de este antiguo género, narrar la evolución de los personajes y, en concreto, del coronel Sebastiano Procolo, esta suerte de mago malo a quien finalmente redime. Buzzati suele ser piadoso con sus personajes y les ofrece, en el momento en que se enfrentan con la muerte (así ocurre con Giovanni Drogo en El desierto de los tártaros), la posibilidad de corregir el extravío de sus vidas.
La prosa de este muy bello libro es límpida y sintética y sorprende por la fuerza que tienen en ella las imágenes. Los diálogos (no exentos de humor e ironía) dejan la impresión de ser islas en medio de su plasticidad y sonoridad (no en vano esta novela también fue llevada al cine por el director Ermanno Olmi): “Y el coronel, con un ligero movimiento de los labios que pudo parecer una sonrisa, fingió interpretar como una prueba de conmovido obsequio lo que en realidad era una manifestación de júbilo por su marcha”. Conste que, se dice, nunca nadie vio sonreír auténticamente al coronel.
El secreto del Bosque Viejo
Dino Buzzati
Traducción de Mercedes Corral, Editorial Gadir, Madrid, 2008, 179 páginas, $17.000
Novela
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