
Daniel Swinburn
µRebeca Matte es para las nuevas generaciones una ilustre desconocida, y que con esta biografía “nace” a la cultura chilena luego de décadas de olvido, como afirma Hernán Rodríguez en la presentación del libro.
“Dices bien, una ilustre desconocida; ilustre porque si bien su nombre vagamente se asocia al arte —no se sabe bien si fue escritora, pintora o escultora—, su obra se desconoce, salvo “Unidos en la gloria y en la muerte”, que está frente al Museo de Bellas Artes donde algunas personas lo han visto de paso; pero se ignora su vida, su época y todo lo demás. En suma, existe un vacío sobre ella y en torno a ella que para mí constituyó el punto de partida para iniciar esta investigación”.
Artista trágica
—¿Cuál es el modo de ser trágico de Rebeca Matte? Usted afirma que vive “la angustia de la razón”.
“La circunstancia de la pérdida de la madre, estando ella viva, su proximidad física y a la vez su lejanía psíquica se graban con mucha fuerza en la mente de la niña e influyen decisivamente en la formación de su carácter y en la tónica de su obra. No olvidemos que Rebeca Matte vive en la época de Freud, cuando esta escisión entre el mundo racional y consciente —la inteligencia— encarnado por el padre y el mundo subconsciente, emocional encarnado por la madre chocan y hacen trizas el paradigma positivista. Ella vive esa angustia, pero de forma más intensa y más directa porque está personalizada en ambos progenitores. En una carta se refiere a este “dualismo” que le ha generado tanto dolor. Por eso creo que epocalmente se le puede aplicar el modelo apolíneo-dionisíaco de Nietzsche”.
—La intensidad de su sufrimiento la hace transitar por la “vía misteriosa” de los artistas románticos, afirma usted. ¿Fue la “última” artista romántica, en el sentido de haber vivido en forma tan radical un postulado estético?
“En realidad no sé si fue la última o más bien la primera. Si pensamos en Carmen Arriagada o Mercedes Marín del Solar como las primeras escritoras románticas de Chile, Rebeca Matte sería la última romántica. Pero es que en Chile tanto las escritoras como las pintoras que trabajan durante el siglo XIX, con anterioridad a 1880, no son “artistas” en el sentido moderno del término. Lo suyo es un momento o un par de momentos de explosión creativa, que después se apagan . En este sentido, Rebeca Matte es la primera artista moderna, con todos o casi todos los rasgos del artista trágico de la modernidad romántica en una dimensión propia personal. Lily Garafulic, por ejemplo, a quien dediqué una anterior monografía, ya no comparte ese modelo, esa grandeza trágica de la que habla Nietzsche. Parte del arte, con Mondrian a la cabeza —contemporáneo de Rebeca Matte—, evolucionaba hacia la neutralización afectiva, iniciada ya con el cubismo analítico de Picasso y Braque.”
—¿Cuál es la relación de Rebeca Matte con el mito? “Aquí hay dos caras de una misma medalla. Ella ama los mitos y se nutre de ellos para pensar, imaginar y concretar sus formas. Es una de las modalidades del antirracionalismo de Rebeca Matte. La peculiar estructura del mito, su plasticidad, que permite reinterpretaciones y relecturas a veces a gran distancia temporal, la atrae al punto de inspirarse en mitos en varias de sus obras, en particular sus obras autobiográficas, que se cuentan entre las más interesantes y densas en significados, como “Eco” e “Ícaro y Dédalo”. La polivalencia del mito intensifica la riqueza conceptual y formal de estas esculturas. En “Eco”, por ejemplo, se representa el mito del enmudecimiento y la aniquilación, la ninfa que se apaga ante la autorreferencia excluyente de Narciso. Pero esa obra está atravesada por la figura de la madre, dotada pianista y escritora, silenciada en la distancia de su reclusión santiaguina y por la propia personalidad todavía adolescente de Rebeca Matte, que descubre enmudecida su propio dualismo y las pulsiones contrapuestas entre naturaleza y espíritu, entre instinto y sentimiento”.
“Y la otra cara de la medalla: la vida silenciosa y lejana de Rebeca Matte, un cierto misterio que sus contemporáneos tejen en torno a su figura y a su obra, el rumor tan recurrente en Chile de “la artista premiada en París y en Florencia” contribuyen a lo que llamaría “el mito de Rebeca Matte”, cuyos vestigios flotan por ahí hasta hoy. Un mito acerca del cual el historiador del arte no tiene una lectura negativa, sino todo lo contrario, es una dimensión infaltable del “aura” de todo gran artista”.
La madre ausente
—¿Usted le dedica mucha preocupación a los ascendientes de Rebeca Matte? ¿Cree usted en el “destino” de la sangre?
“En parte; pero no necesariamente en un sentido negativo y fatalista, sino por la necesidad de tener en cuenta la “programación” genética de cada individuo en los procesos educativos, de formación de personalidad, de orientación vocacional. Los estudios genéticos de nuestra época, sobre todo relativos a la transmisión de las enfermedades somáticas y psíquicas, nos acercan a esas preocupaciones y obsesiones de finales del siglo XIX, nos hacen entenderlas mejor y las redimen en parte de esa carga atávica que asumen a los ojos de la “modernidad dura”. En todo caso, en Rebeca Matte hay dos ángulos complementarios del problema: por una parte, el temor a la herencia genética, el terror frente a la locura de la madre y sus secuelas de encierro, lejanía y soledad; también está la subsiguiente reacción frente a esa angustia, tan fuerte e intensa como para ser capaz de derrotarla , sustituirla, o superarla en el impulso creativo, en la emoción de la belleza y la sublimidad de lo inexpresable”.
—¿Hasta qué punto Rebeca compartía, intuitivamente, la idea freudiana de que la creación artística se presenta como “resultado” de los trastornos psíquicos?
“No, en ningún caso ella pensaba que el arte era el “resultado” de trastornos psíquicos; ésta sería una interpretación freudiana que recae en el mecanicismo de su época; ella, llegada a una cierta edad —cuando aceptaron sus obras en el Salón de París—, supo que tenía talento, sus profesores se lo reconocen, su padre con orgullo lo testimonia en sus cartas. Ahora bien, sabe que ese mismo temperamento sensible y creativo presenta el problema de tender por sus rasgos obsesivos a la neurosis y la depresión; el arte la alivia. Es una mujer muy inteligente y sabe perfectamente que ninguna neurosis, por fuerte que sea, es capaz de producir por sí sola una obra de arte, todo lo contrario; en varias de sus cartas a su prima Inés Echeverría se queja desesperadamente de estos estados que la tienen postrada en los sanatorios, sin fuerzas para crear”.
Rebeca Matte perdió muchas cosas al ser separada de su madre, pero ¿cuáles ganó, a su juicio?
“Perdió esa inocente felicidad de la infancia tranquila junto al padre y a la madre; un gran vacío, una angustia de “niño huérfano” se apoderó de ella desde sus primeros años de vida. Pero también gana; la conciencia de esa orfandad es la que la decide a concluir, no sin mucho dolor, pero sí con alegría y convencimiento, su carrera de escultora para dedicarse a lo que es ya para ella más enriquecedor que trabajar con los materiales escultóricos, la vida humana misma, a recuperar la salud de su hija Lily, la notable poetisa “segada en la flor de la edad”, para decirlo con palabras del siglo XIX.
“También, con la ausencia de la madre disminuye en la primera etapa de su vida su ‘inteligencia social’, es decir, su capacidad para entablar relaciones armónicas con quienes la rodean; tiene dificultades para controlar sus emociones, éstas la avasallan al punto de llegar a postrarla en cama. Nunca tuvo tuberculosis, como se ha repetido. Se transforma también en una solitaria, introvertida, rebelde frente a las convenciones sociales de época, y su necesidad materna guía buena parte de sus amistades femeninas: busca a la madre ausente. Como contraparte, gana en tiempo para crear, en capacidad de concentración y finalmente transforma esta ausencia en un motivo y fuente de inspiración para su obra. Una vez muerta la madre, se libera, cae la mordaza que sellaba sus labios, como ella misma dice, y puede entonces sublimar la presencia materna y levantarla como genio tutelar, a la vez que asumir ella plenamente, también, su papel de madre.”
No “elige” la escultura
—¿Cómo llega Matte a elegir la escultura? ¿Era en su tiempo una elección convencional para las mujeres? ¿O en su caso fue una opción de rebeldía?
“No elige la escultura, en el sentido actual de optar entre varias alternativas; el tema de la vocación del artista romántico moderno no pasa por el sopesamiento de opciones, sino por el imperativo categórico de una voz interna que hace la vida imposible e inconcebible fuera de ese camino; si no hubiese sido tan fuerte ese llamado en Rebeca Matte, no habría persistido; hasta la Mistral se equivoca, a mi juicio, con respecto a la vocación de Rebeca Matte. Es la escultura la que se va apoderando de ella, y no viceversa, y la intervención de Augusto Matte, el patriarca, un Abraham laico y decimonónico, la consolida al “ofrecerla” en el “altar” del arte. Después, sólo después, ella toma conciencia de que tal “elección” le permite volcar no sólo espiritual, sino aun físicamente, la rebeldía que lleva acumulada desde su infancia y da curso a ella con figuras a veces sobrecogedoras, como la de ‘La guerra’, del Monumento en la Haya, en la línea del más crudo expresionismo alemán”.
“Para las mujeres de su época, ser escultora planteaba muchísimas más dificultades que ser pintora. Además de que se necesitaba energía y resistencia para batallar con los materiales, las instalaciones para la escultura no eran menores, y lo mismo el traspaso de las maquetas a los materiales definitivos exigía la colaboración de operarios y equipos especializados y costosos. Pocas mujeres elegían entonces esta carrera; en Sudamérica en esa época son dos las que perduran: Rebeca Matte y la argentina Lola Mora”.
Las manos de Rebeca
—¿Le resta mérito a su obra el que no haya esculpido y sólo haya modelado?
“Como los escultores anteriores al siglo XX, Rebeca Matte no practica el método moderno de la talla directa, pero trabaja con sus manos los bocetos en greda y yeso, y crea los modelos a veces en el tamaño natural tal como lo hacía Rodin; se juega en el modelado, pero lo que hoy no se comprende adecuadamente es que en el modelado estaba en el siglo XIX lo fundamental del trabajo del escultor, porque devastar el bloque o esbozar los grandes trazos de la composición no constituían desafío mayor, ya que ella debía estar resuelta en el modelado. Luego, para la ejecución del original en mármol o bronce, Rebeca Matte elegía los materiales, y una vez tallados o vaciados afinaba los detalles, corregía y se preocupaba de las diferentes texturas de la superficie, aunque esto, como digo, ya está definido en el modelo preparatorio; hay que mirar, por ejemplo, el “Ícaro y Dédalo”, del Museo de Bellas Artes; es distinto el trabajo de las superficies de cada elemento, y la maestría mayor está en el inacabado de las alas destrozadas de Ícaro, en los intersticios que incorporan el espacio a la composición escultórica. Es extraordinaria su sensibilidad con el tacto, ese sentido tan desvalorizado por el siglo XIX, incluso tan temido, sobre todo para que lo ejercite una mujer, y que ella en la línea de Rodin exalta en sus máximas potencialidades expresivas.”
—¿Qué problema tuvo en su mano derecha Rebeca Matte? Se lee que sufría una “crispadura de angustia” en dicha mano. ¿Cuál es su interpretación a esa dolencia?
“Ésa es una interpretación muy ‘fin de siglo’; de acuerdo a las cartas de su padre a dos doctores berlineses, imagino neurólogos o traumatólogos, en esa épocas las especialidades no estaban tan definidas como ahora, era un problema que se presentaba en forma de contractura o atrofia muscular; su causa no aparece en la correspondencia; algo de lo cual nunca logró sanarse por completo. Lo sorprendente es que estos eximios facultativos ¡la trataban con inyecciones periódicas de estricnina en el músculo afectado!”.
—Curiosamente, usted afirma que en sus esculturas las manos son la parte más perfecta de su obra. ¿Por qué, a su juicio, Matte pone tanta atención y talento en las manos?
“Sin duda es impactante la variedad de manos que se despliegan en sus obras, todas singularizadas y ejecutadas con notable destreza y cuidado. Hay un poema sobre las manos femeninas que he utilizado para el título de este libro que aclara esta preocupación de la escultora por las manos, todavía la parte más noble, después de la cabeza, del cuerpo humano; manos a través de las cuales se transmite también el cariño que ella no tuvo en su infancia. Hoy los psicólogos y psiquiatras destacan la importancia del “apego” materno, el tocar al hijo. Eso ella no lo tuvo, y tal vez ése puede ser un motivo más para llegar a tal profundidad y belleza en su representación de las manos”.
Mistral y Claudel
—El peligro de caer “en el mal de Camille Claudel’, ser mujer en un mundo masculinizado, como es el de la creación artística y el de la vida conyugal, donde no hay espacio para el desarrollo de una vocación radical como la que busca Rebeca. ¿Cómo o por qué cree usted que ella se salvó del destino de Camille, que fue tratada como “loca”?
“Estuvo a punto de ser calificada de loca. Por seguir su arte se enemista con el padre, a quien adora; con el marido, con el cual tiene una relación muy particular dados sus muy distintos temperamentos y profesiones; este último se declara incluso desesperado con su obcecación. Pero finalmente todo se resuelve en forma positiva con la muerte del padre y el retorno del marido a Chile, lo que le permite, instalada en Florencia, dedicarse por entero a su arte y a la educación de su hija”.
—Un caso distinto como destino de artista mujer es el de Mistral, a mi juicio, pues hay en ella tal vez un trasvestismo, un deseo insconciente de acceder a un mundo masculinizado como era el de la poesía contemporánea, mediante una negación de su género. ¿En eso se diferencia de Rebeca Matte, la poetisa?
“Diría que en este aspecto y a pesar de que son almas gemelas por el tono de su obra, es distinto el caso de Rebeca Matte al de Gabriela . En ésta hay un padre ausente; en Rebeca un padre omnipresente. El mundo masculino no tiene muchos secretos para ella lo va conociendo a cabalidad, hay que mirar su “Horacio” ahí está su visión resumida, sin restricciones ni temores. Ella no niega ni reniega de su género; jamás en su cartas menciona su necesidad de incorporase al mundo masculino, todo lo contrario; una vez enrielada en su carrera resiste y difiere de las orientaciones del padre; cada vez la figura de la madre va creciendo dentro de ella, atenuando esta “dolorosa dualidad” como dice en sus cartas, para llegar finalmente, bajo el reencuentro del catolicismo a su identidad de artista, mujer y madre.”
| Do | Lu | Ma | Mi | Ju | Vi | Sa |
|---|---|---|---|---|---|---|
| 1 | 2 | 3 | 4 | 5 | 6 | 7 |
| 8 | 9 | 10 | 11 | 12 | 13 | 14 |
| 15 | 16 | 17 | 18 | 19 | 20 | 21 |
| 22 | 23 | 24 | 25 | 26 | 27 | 28 |
| 29 | 30 |