
La pretensión de Aravind Adiga (1974) con Tigre blanco es plantear un crimen como si fuese una rebelión. Más allá de los alcances morales y políticos (que los tiene y muchos) esa intención se logra, en lo literario, de manera íntegra y poderosa a través de una hábil e imperceptible maquinaria que captura al lector desde el principio. El desafío no era menor: crear un narrador y protagonista proveniente de las clases más pobres y marginadas de la India, que recibió una educación mala e incompleta, “un hombre hecho a medias”, como el mismo narrador se define, pero simultáneamente capaz de contar su vida y, de paso, comunicar una imagen desoladora de su país con lucidez, inteligencia, humor, sarcasmo y, sobre todo, coraje. Si se piensa bien, ambas condiciones son incompatibles: si se es pobre, inculto, siervo, no se puede escribir un libro como éste, en el cual es difícil discernir algún error; al revés, si se escribe un libro con esta estructura, inteligencia, humor y manejo del lenguaje, es imposible que el narrador comparta la biografía terrible del protagonista. Para salvar esta encrucijada, Adiga crea un narrador y protagonista excepcional, extraordinario, un error genético y cultural en su clase y en su pueblo, Balram Halwai, el Tigre blanco; excepcional, porque puede contar su historia con gracia y persuasión, y, en particular, porque puede matar a su amo: “Es el gallo que escapa de la jaula de gallinas”.
La novela, ganadora del premio Booker Man 2008, narra en primera persona el ascenso social de Balram desde su niñez en la rural Laxmangarh hasta su actual posición de exitoso “nuevo empresario” en Bangalore, pasando por la ciudad de Dhanbad y la gran capital, Delhi. También podría decirse que cuenta el paso de la “oscuridad” de la India a su lado luminoso, del mundo arcaico a la modernidad, de la esclavitud a la libertad. Todas esas polaridades dialécticas son aplicables a esta novela, pero uno de los méritos de esta obra excepcional es que las pone en entredicho, las disuelve y cuestiona, usando como recurso la acción narrativa, el humor sarcástico y chispazos de reflexión: “En cuanto reconoces lo que hay de hermoso en este mundo, dejas de ser un esclavo. ¡Al cuerno con los naxalitas y sus fusiles traídos de China! Bastaría enseñar a pintar a cada niño pobre: ése sería el final de los ricos en la India”.
Señalar tan sólo que Adiga muestra el lado oscuro de la India (la provocación crítica es, desde luego, de una eficacia indudable) es insuficiente. El éxito de esta novela se da en el plano del lenguaje, en las peculiaridades de la voz que habla (muchos de cuyos matices se pierden, sin duda, por la traducción), en la estructura y organización del discurso. Es importante subrayar que elude lo panfletario e ideológico (sería inconsistente con el narrador) y es, además, por completo carente de algún tipo de intelectualismo (por la misma razón). Adiga, a través de una novela que supera la distinción entre best seller y literatura (es buena literatura para todos), proporciona una voz creíble y verosímil a un personaje que “desde abajo”, por decirlo así, cuenta su propia historia, en una suerte de conmovedora autojustificación: encerrado en el pequeño cuarto desde el cual controla su empresa de taxis, Balram, se dirige, durante 7 noches consecutivas, mediante correo electrónico, al Premier chino, Wen Jiabao, porque ha escuchado que visitará India y también Bangalore, para explicarle cómo es la auténtica India y cómo se forman los nuevos empresarios indios. Pero la presencia de ese interlocutor es débil y el diálogo, en verdad, se establece más bien consigo mismo, diálogo que oscila entre lo ingenuo y lo malvado, entre la quietud poética y el horror, entre lo grosero y lo refinado, entre la indiferencia y la compasión: “Le voy a dar la misma respuesta a su pregunta, señor Jiabao. Usted me dice: “¿Es usted un hombre o un demonio?”. Le respondo que ni lo uno ni lo otro. Yo he despertado y los demás siguen durmiendo; ésa es la única diferencia entre nosotros”. El tema de la rebelión personal (más que social) atraviesa secretamente esta narración. Por momentos, su lectura remite al clásico ensayo de Albert Camus El hombre rebelde.
Precisamente, Adiga es magistral para ir mostrando la ruta de los sucesivos “No”, ruta que ilumina la conciencia a Balram Halwai y lo convierte finalmente en el Tigre blanco.
La novela, en su lenguaje y contenido, es dura, sin concesiones, directa e incluye momentos de cruento terror, aunque desborda de verdad y acaso, por lo mismo, le sea aplicable aquella afirmación de Pater de que “toda belleza es a la larga un refinamiento de la verdad”. Una gran obra: entretenida, emocionante y crítica.
Tigre Blanco
Aravind Adiga
Traducción de Santiago del Rey, Editorial Roca, Barcelona, 297 páginas, $14.000.
Novela
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Posteado por: Eulalia Fons Sellata 16/11/2009 13:15 [ N° 1 ] |
Es necesario quitar el impuesto a los libros, así, podría leer y juzgar la novela , luego opinar sobre el comentario. |
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