

1) El fragmento de un poema de Andrés Caicedo: “Tengo 19 años y escribo cuentos fantásticos./ Y ya les dije que creía en vampiros”. 2) Algo que subrayé en Bouvard y Pecuchet: “Vinieron días tristes”. 3) Esa tela gigantesca que pintaba aquel hombre mudo en Salvatierra de Pedro Mairal, donde cabía el mundo completo. La historia aparecía ahí como una sucesión de momentos íntimos, felices y atroces a la vez. 4) La idea de que en la última novela de Ramón Díaz Eterovic todo sucede en el mismo barrio; haciéndolo parecer el policial como algo íntimo y sencillo, como si no se requiriera más que un edificio, un detective envejecido y un montón de ciudadanos asustados. 5) Minae Mizumura y la idea de que el folletín decimonónico resucitado puede ser algo parecido a la devastación en Una novela real. 6) Lo mala que es El caso Neruda. 7) Lo buena y terrible que es Papá y mamá de Leo Marcazzolo. 8) Aquella escena del Hellblazer #247, cuando John Constantine muele en un mortero los huesos de Santa Claus y, acto seguido, se los inhala feliz, como si fuera cocaína. 9) La idea intermitente de volver al blog. 10) El entrañable refrigerador parlante de El púgil de Mike Wilson, aquella certeza de que lo que tenemos a mano se va a volver irreconocible. 11) La perfecta foto falsa del dirigible de LAN Chile en Synco como síntesis de esa proximidad que el relato propone y que luego se vuelve derechamente una incursión en el mal, en lo fallido de la historia, en lo reversible de todo recuerdo. 12) Tres vidas secretas (que leí para calmar el pánico arriba de un avión) de Reinaldo Laddaga que habla de Osama, Rockefeller y Disney; y que yo no sé si está reescribiendo Historia universal de la infamia de Borges o si es una instalación de arte camuflada. 13) El libro-juego ¿Qué sé yo? donde la trivia vuelve a ser algo que yo había olvidado, una cosa íntima, familiar, profundamente cercana. 14) La historia del experto en cosmética de “La buena vida” y aquella imagen del hombre recomponiendo los huesos de su padre en un Santiago pavorosamente real, que me persiguió por varios días. 15) La relectura de El eternauta 2 de Oesterheld y Solano López, que es lejos uno de los cómics más violentos y tristes que tenido alguna vez en las manos. 16) Algo de los diarios de Kafka que me dejó pensando varios días: “Dos niños, solos en casa, se metieron en un gran baúl; la tapa se cerró, no pudieron abrir y se ahogaron”. 17) Algo de Título, de Felipe Cussen: “Lo bueno de estos cuentos/es que no necesitan ilustraciones”. 18) Algo de Machina, de Sergio Coddou: “Un motor/ que no mueve/ ni es capaz de mover/ ninguna máquina/ El sueño del humo/ emana de los tubos de escape/ en el cementerio/ de automóviles”. 19) La ferocidad de Los libros de la guerra de Fogwill, aquella suma crítica de las columnas del argentino y la sensación de que la literatura es quizás oficio de francotiradores. Puro disparar y matar, disparar y matar y seguir matando. 20) Una frase que escuché en un episodio de “Policías en acción”. Un hombre apresado por un asesinato. Recibe una bala. La cámara lo capta en el momento de su caída. El sonido es nítido. Todo suena como una novela policial completa, la clase de novela —bestial, hiperreal, imposible— que quiero leer y que me parece un destino posible de la literatura chilena. El inculpado, manchado en su propia sangre, dice: “Yo no maté a nadie, yo estaba en Fantasilandia ese día”.
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Posteado por: Claudia Andrea Orellana Rocha 05/01/2009 12:53 [ N° 1 ] |
Alvaro todo lo que escribes es insuperable te quiere tu amiga de siempre claudia orellana contáctame |
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