
Casi nunca, la novela de Daniel Sada (México, 1953), ganadora del Premio Herralde de este año, es un libro para sibaritas, para lectores que gusten de paladear la manera en que las cosas son dichas, para lectores que se regocijen en seguir el fraseo, los modismos, la forma de escoger y colocar los adjetivos, verbos y adverbios, para lectores que disfruten de la prosa sabrosa, enjundiosa, condimentada, que, a la vez, la escruten y se entreguen a ella. Porque, en verdad, lo que acontece en esta novela, lo esencial, acontece allí en el lenguaje. Para ser justos con ella, por lo mismo, antes de hablar de su trama externa, de la historia o intriga que relata, es preciso intentar esclarecer su trama interna, por decirlo así, una trama pegajosa, quebrada, laberíntica. Véase, por ejemplo, esta descripción de la travesía de un río: “El prieto lanchero era diestro. Jamás la corriente iba a hacer de las suyas. Un leve arrastre, ay; atisbo de peligro: sí: como se dijo, quedando todavía el brete de la polvareda: ¿amago o inminencia?, más bien lo segundo: lo que por desgracia sucedió: esa levantada del suelo por culpa de las ruedas (polvo hasta en las axilas)…”. O la siguiente: “En cuanto Demetrio efectuó el revire contrito la tía se escondió detrás de un árbol, desde ahí observó que su sobrino regresaba cabizbajo y apretando los puños. Ella, algo espichada, aceleró sus pasos para abrir cuanto antes su tienda: ¡Claro!: se posicionaría detrás del mostrador sabiéndose, digamos, actriz: mano teatral cual craso apoyo de mentón y codo desnudo sobre la cubierta referida: ilustre inmovilidad en espera…”. Estos fragmentos muestran algunos de los rasgos más visibles del estilo de Sada en esta novela: uso abundante de los dos puntos (como atajos semánticos), cortes, elipsis, solecismos por montón, perífrasis graciosas (“revire contrito”), uso abruptos de exclamaciones e interrogaciones. En Casi nunca, desde luego, hay también periodos lineales y serenos, pero Daniel Sada regresa de modo frecuente a estos retorcimientos del idioma, aunque siempre manteniendo la misma estructura, el mismo ritmo y forma y en estos se siente más fuerte la originalidad de la “voz” que quiso inventar: un narrador en tercera persona que cuenta la historia con una suerte de gracioso cantinfleo.
Y eso es lo segundo que preciso señalar: esta novela es graciosa, tiene un grado importante de comicidad: hace reír a menudo y a veces se torna de frentón hilarante. Es interesante subrayar, otra vez, que una dosis importante de esa comicidad proviene del lenguaje, de los recursos expresivos que Sada despliega, aunque a veces, conviene destacarlo asimismo, la novela se alarga, declina, como un chiste que no llega a su término preciso.
Si, por su historia y personajes, hubiera que ubicarla en alguna tradición de la literatura universal, por cierto, en Casi nunca se percibe un nexo con la picaresca y la literatura erótica. El relato sigue las peripecias de Demetrio Sordo, un grandulón atontonado, que vive con su madre, doña Telma, en Parras, un pueblo minúsculo y remoto de un México premoderno (la novela ocurre entre 1945 y 1947). Demetrio, atenazado por su familia, un trabajo fatigoso y el paisaje opresivo, desfoga sus urgencias sexuales entre putas y burdeles mientras los goces de un futuro matrimonio se dilatan de modo exasperante. La novela se concentra, precisamente, en esa espera irritante y en las estratagemas de su hermosa prometida, Renata, y de su madre, doña Luisa. De este modo, si hay novelas de viaje, ésta, en cambio, es una novela que tiende a la inmovilidad, es una novela de acoso, como si aquella mujer y su promesa de felicidad fuesen una ciudad sitiada, casi inaccesible (a eso alude el “casi nunca” del título). Esta demora y carácter circular inclinan por ello mismo a que el lector preste mayor atención al lenguaje y se quede un tanto más adherido a sus particularidades.
Daniel Sada es un erudito y virtuoso del lenguaje. Leer esta novela proporciona al lector una inigualable experiencia que acaece primariamente en ese plano. La historia juega un papel menor, por momentos resulta predecible y, a veces, decepcionante. Los personajes (Demetrio, Mireya, Renata, las madres respectivas, parientes y sirvientes) son figuras convincentes y tragicómicas. Casi nunca, en efecto, no sólo es una elaboración idiomática, sino además una obra abundante en matices emotivos y escenas de delicada intimidad. Con el pretexto de contarnos las desventuras sexuales de Demetrio Sordo, Sada va construyendo, a la vez, una poderosa imagen del paisaje y pasaje (el desajustador arribo de la modernidad) del mundo mexicano de la época. La decisión de situar la historia a mediados de siglo no es gratuita. Así, por los fondos y márgenes de esta novela, que obedece a una cuidadosa reconstrucción histórica, corre también una novela de época y de costumbres.
Casi nunca
Daniel Sada
Editorial Anagrama, Barcelona, 2008. 384 páginas, $28.200
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