
Cut & paste: "Tuve la extraña sensación de que en 1960 había decidido vivir en Shepperton, porque inconscientemente sabía que escribiría una novela sobre Shanghai y que un buen día mis vecinos que trabajaban de extras aparecerían en una película basada en la novela".
Lo anterior lo dice J.G. Ballard, refiriéndose a la adaptación que hizo Spielberg de El imperio del sol, su novela más popular, y es uno de los momentos claves de Milagros de vida, su libro de memorias. El otro es la confesión final de que está enfermo de un cáncer en estado avanzado. Antes de ese breve capítulo que cierra el libro, Ballard ha descrito con detalle su infancia en el lujo de la colonia británica de Shanghai, su adolescencia en un campo de detención japonés y su adultez como padre soltero en Shepperton, un suburbio de Londres. También, por supuesto, se ha encargado de contar cómo se convirtió tardíamente en lector y escritor de sci/fi ("un estilo de ficción que trataba sobre el presente, y a menudo era tan elíptico y ambiguo como las obras de Kafka"), radicalizó y abandonó el género (con la colección de novelas condensadas de La exhibición de las atrocidades y el porno automovilístico de Crash) para volverse él mismo una tradición propia que no duda en coquetear con la autobiografía, el nihilismo pop y el terrorismo doméstico.
Por ahora, acá es imposible no pensar en Extraterritorial, donde George Steiner se refería a las tensiones que el extrañamiento provoca sobre la lengua literaria. Steiner usaba a Nabokov, Beckett y Conrad como ejemplo: autores que se perdían y encontraban en los mecanismos de una lengua que no es la suya. Ballard, a pesar de que nunca abandona el inglés -aunque se aterra una y otra vez de volverse tal- puede ser, quizás, leído en la misma categoría. No en vano la primera mitad de Milagros de vida relata el Shanghai de la infancia del autor cuyo paisaje cambia de las mansiones con criados sin nombre al de las privaciones de un campo de concentración. Como la Rusia de Habla memoria de Nabokov, aquél es el paisaje irrecuperable -¿idílico?- que fija para siempre su patria.
Shanghai como un fantasma, la infancia como un trauma o un locus amoenus: así, entre los suburbios y la farra con Kingsley Amis, las reuniones de apoderados y los ready-mades, entre la intensidad de las adaptaciones cinematográficas y la placidez de la vida doméstica, está la vida de un testigo del paisaje confuso del siglo XX. Porque Ballard fue demasiado joven para pelear en la segunda guerra mundial y demasiado viejo para entusiasmarse con los hippies londinenses, pero es justamente esa extrañeza, ese desarraigo, lo que dota al libro -como al resto de su obra- de un aura de desoladora inquietud que él mismo liga, más que a la literatura, al arte surrealista o los trabajos de Damien Hirst y Tracey Emin.
Milagros de vida es el making of de esa desazón, pero esta vez, en vez de indagar en los temas de la cultura contemporánea -las nuevas formas de la perversión, la lucha de clases, el espectáculo-, el autor la vuelca sobre sí mismo y sus propias e irrecuperables pérdidas. Sobre la posibilidad de visitar todo eso de nuevo por medio de la ficción o la cienciaficción o la autobiografía, o lo que sea. Sobre la imposibilidad de eso mismo: "Shanghai se había olvidado de nosotros, del mismo modo en que se había olvidado de mí (...). Había visitado aquellos santuarios dedicados a mi yo de infancia, había permanecido unos instantes con la cabeza inclinada y me había ido directamente al aeropuerto".
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