Pedro Gandolfo
Domingo 18 de Enero de 2009
Diluvio de detalles

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Pedro Gandolfo

En El Diluvio J. M. G. Le Clézio (1940), Premio Nobel de Literatura 2008, exige al lector una lectura atenta y, por sobre todo, paciente. En palabras de su autor: “El caos era notorio, la desintegración perfecta”.
Porque de eso se trata en gran medida. El derrotero incierto de su protagonista indagando en los conflictos urbanos, en las calles, en la contemporaneidad abismante. Y el lector sentirá la carga, el peso de las palabras que conforman la historia de François Besson, quien experimentará un cambio drástico en su existencia al ver pasar a una muchacha en motocicleta: “Ella avanzaba, muy derecha sobre la silla de su velomotor azul, con los cabellos echados atrás, alrededor de su figura infantil…”. Lo nefasto entonces, las formas y los seres en una enumeración agotadora, bajo la sombra permanente de la muerte: “Los hombres, los perros, los escarabajos y las zarzas han mezclado sus cementerios”.
El Diluvio, publicada por primera vez en 1966, es la cuarta novela de J.M.G. Le Clézio, un autor prolífico que más tarde ha optado por una escritura más asequible para el lector común. Sin embargo, en esta novela temprana el oficio de la escritura, la forma esmerada y morosa, determinadas (y efectivas) disposiciones tipográficas parecieran ser el leitmotiv, y lo demás, los seres conformes o desgraciados que pululan por sus páginas, simples piezas que obedecen a una representación sofocante que da pie a muy pocos respiros ya que el lector con frecuencia se enfrentará al caos y a la lentitud: demasiados trámites. La acción que razonablemente se espera de una narración queda detenida en laberintos verbales. Por ejemplo, en la página 89, el protagonista, se dirige a un quiosco de diarios, “con rodeos —escribe Le Clézio—, evitando las miradas, evitando los golpes”. “Al fin”, anota el autor, Besson, logra llegar al quiosco. No obstante, aquí comienza una somnífera revisión del escaparate donde se hallan en exhibición periódicos y revistas: “Todo estaba escrito, pintado, impreso en todos los sentidos. (…) En la cubierta de una revista ilustrada, una mujer rubia sonreía, enseñando sus dientes muy blancos. Sus labios eran rojos, sus ojos azul pálido, y la piel de su cuello y de sus espaldas, lisa como la seda. Sonreía, así, sin ver a nadie, como si estuviera al abrigo en una pequeña cabaña donde el tiempo fuera siempre bueno. Al lado de ella, en el cuadro de un diario, otra mujer salía de la misma forma. Esta vez sus cabellos eran negros, pero sus ojos profundos, inmensos, habían sido pintados de un color extraño, a la vez verde y violeta, tan transparentes, que parecía que se les pudiera penetrar, atravesar con su cuerpo”. Y de esta manera continúa, en una narración detallada de la que se desearía huir a toda prisa, hasta llegar a la página 91, en la que Besson, intimidado por una “vieja” que lo miraba (la encargada del quiosco) compra un diario y se aleja.
Lo esencial en esta literatura (y acaso en cualquiera) es la calidad y fuerza de las descripciones. En ello Le Clézio logra fragmentos de nitidez y diafanidad a veces significantes como cuando señala respecto de la madre de Besson que “los ojos, las manos, la boca, los cabellos grises, todo llevaba su mensaje de piedad y amor” pero, otras decae en una vacua trivialidad, como cuando enumera las razones por las cuales Besson abandona a una mujer: “1) La mujer empieza a gustarle. 2) Estaba cansado. 3) Deseaba ver lo que pasa afuera. 4) La cama era mala. 5) La joven tenía mal aliento y a veces olía a sudor. 6) El tiempo pasaba y era necesario actuar de prisa”.
Así, el autor abunda en el detalle prolijo, interesante de evaluar en sus aciertos y desaciertos, en búsqueda de un nuevo realismo, que establece una filiación notoria entre el estilo de esta novela y el de algunos autores del Nouveau Roman, tales como Natalie Saurrate, Claude Simon o Alain Robbe-Grillet. También, en la construcción del personaje y de la atmósfera, la influencia de Albert Camus (sobre todo, de El extranjero) es visible. Pero la supuesta novedad formal de esta obra ha perdido relieve. Y si bien El Diluvio intenta expresar la confusión y el temor de una urbe, exponiendo, a la vez, los temores de una época, son demasiados los elementos que pueblan su espacio y que muchas veces, al superponerse, se opacan. Incluso si se apela a una intención simbólica, a una protesta de la sensibilidad ante la sinrazón de nuestros días (prueba de esto es Franz Kafka, autor que podrá causar angustia, pero nunca sueño), el exceso de acumulación y alargamiento parece injustificable y es, sin duda, oneroso para el lector.

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