
Juan Villoro
La fama es un malentendido que simplifica a sus favoritos. Roberto Bolaño, escritor y amigo imprescindible, se ha vuelto leyenda.
Cuando murió en 2003, a los 50 años, sus allegados sabíamos que sus libros iban a perdurar, pero ignorábamos que recibiría algo que nunca cortejó: la aceptación masiva. Roberto admiraba los relatos de quienes resisten en las calles traseras, las autopistas rumbo a la nada, las casas vacías, las trincheras bajo la lluvia, las plazas sin nadie en la alta madrugada.
Cada vez que caía en pecado de popularidad, escribía un texto ditirámbico contra un escritor de fuste para preservar su condición de outsider. Era su forma, algo ingenua y muchas veces cruel, de señalar su diferencia. Argumentaba poco sus predilecciones. Entre paréntesis reúne los textos súbitos donde sus amigos somos exaltados con la misma apasionada falta de méritos con que sus enemigos son fustigados. Esas salidas de tono eran un sistema de alarma contra la aceptación parda y rutinaria. Bolaño quería ser leído sin perder su aura rebelde. Había vivido como vendedor de bufandas y vigilante nocturno de un camping, y no aspiraba al trato de autor distinguido. La paradoja es que la posteridad lo transformó en mito. El mundo suele encandilarse con lo que se le resiste: el asocial Kafka está en todas las boutiques de Praga, y Bolaño es el superestrella que vivió para no serlo.
“Ah, que no me hubiera traicionado el triunfo con besarme”, escribió Malcolm Lowry (en versión de José Emilio Pacheco). Bolaño no ejerció la ruptura radical de quien renuncia a publicar (en este sentido, fue menos atrevido que sus personajes), pero evitó todo protagonismo.
Rehuía las fanfarrias mediáticas, pero no cultivaba el fracaso ni sus tentaciones. Cuando uno de sus amigos dejaba de escribir, lo regañaba en el tono de un manager de boxeo. Creía en el trabajo duro; en rendir contra la adversidad; en la afrentosa afirmación de quien hace algo “porque sí”.
Aunque sus héroes son poetas sin obra o sin otra obra que su existencia, celebrar esa divina gandulería era labor pesada. ¡Cuantas fatigas asumía para escribir de los que no dan golpe! No le pedía lo mismo a sus amigos, pero mantenía un ojo vigilante para saber si alargaban la siesta. El cumplimiento del oficio representaba para él una moral.
Esto no implicaba ser apreciado. No he conocido a nadie más seguro de su talento y menos necesitado de elogios. Roberto jamás se ufanaba de una frase suya ni caía en la vulgaridad de citarse a sí mismo. Hablaba de sus novelas con la tranquila seguridad del alguacil que ha aceitado su revólver. Le gustaban los solitarios intrépidos; se imaginaba como un investigador de homicidios, un marine, un cazador de cabelleras. Varias veces comentamos un hecho curioso: la única prueba confiable del talento es sentir que el texto ha sido escrito por otro. Esta autonomía de la voz revela que la obra vive por su cuenta. ¿Es posible enorgullecerse de un registro que ya es ajeno? En modo alguno.
A los amigos que amenazaban con convertirse en vagos de buhardilla, los instaba a trabajar; a los que parecían a punto de “triunfar”, les hacía bromas que juzgaba terapéuticas y servían para ejercer una de sus habilidades más desarrolladas y divertidas: dar lata.
El reparto de prestigios literarios le parecía un tema social intrascendente y una pasión personal irrenunciable. Era fanático de las listas, que solía llevar con criterio de combate. Tenía sus autores favoritos de artillería, marina, infantería y fuerza aérea. En todo momento podía decir cuáles eran los tres nuevos escritores catalanes que más le interesaban, los cinco trovadores medievales que nadie podía perderse o los diez mejores paracaidistas literarios de su generación. Esta maniática ponderación contrastaba con su desinterés por la bolsa de valores promovida por las ferias, los premios y la prensa.
Bolaño descreía de los juicios unánimes. Le gustaba atacar a los consagrados y defenderlos si tú los atacabas. El silencio era su castigo, la discrepancia era su afecto.
Leerlo con lealtad significa discutirlo, discernir entre sus obras impecables (Estrella distante), descomunales (2666), interesantes (Monsieur Pain) y malas (Una novelita lumpen).
Su inmensa fama reciente ha provocado toda clase de reacciones. Conocí en Nueva York a un brillante joven escritor que pagó 50 dólares por una copia de las pruebas de imprenta de 2666 y las despachó en dos días inacabables. El Bolaño leído con fervor coexiste con el clásico exprés recomendado por la revista de la reina televisiva Oprah Winfrey.
En la mixtificación que lo ve como el Jim Morrison de la escritura, el mayor equívoco es pensar que sacrificó su vida por la escritura. No quiso ser un mártir. Fue un sobreviviente.
La celebridad es una confusión. Bolaño, autor reacio al reconocimiento, ocupa hoy un sitio fashion y es visto como un Paul Auster con cafeína. Tal vez el excesivo porvenir nos depare todas las adaptaciones que puede tener una obra de éxito hasta llegar a Los detectives salvajes sobre hielo.
De estar entre nosotros, Roberto Bolaño miraría intrigado su peculiar destino, se alzaría de hombros y seguiría imperturbable su camino.
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Posteado por: Marcelo Munch Puente 18/01/2009 18:55 [ N° 1 ] |
Simplemente brillante. www.marcelo |
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Posteado por: Jorge Alvarado Robles 19/01/2009 19:00 [ N° 2 ] |
Somos dueños de nosotros, de nuestras opiniones y de nuestros actos mientras tengamos el poder de modificarlos o suprimirlos. No lo somos de lo que ocurre una vez que el acto se ejecuta, después de que la palabra fue dicha. Desde ahí sólo cabe responsabilizarnos por los daños, las heridas provocadas, más no modificarlos ni menos intentar controlar, como parte de nuestro poder, la reacción de los demás. La obra de Bolaño no escapa a esta realidad. El autor la escribió con innegable talento. Fue publicada, y lo que ocurra después, no depende de él, sino de nosotros. De quienes leímos. No me interesa el autor, sino su obra. Su vida es tan privada como la mía. Sus fobias e intereses son irrelevantes. Interpretar el texto de acuerdo al pensamiento del autor no me parece válido. Al revés sí. desentrañar el sentimiento del autor a través de lo que se lee. La literatura de Bolaño es completa en ese sentido. Para que nadie lo fastidiara después de publicar con preguntas que le molestaban, nos daba en sus textos todas las respuestas. Esperaba más del lector que lo que publicamente reconoíó. Yo prefiero leer a Bolaño que leer sobre Bolaño, debido a que hablando era bien latero, pecado que no tenía escribiendo. Al autor no le interesaban los premios, y le habría sonado extraño ser tan exitoso. eso lo dice alguien que lo conoció, en una exelente columna. Más, como consuelo, sólo se le puede decir que el tenía razón. Los premios no se merecen, se otorgan. Y se reciben por que si, o porque el ego, o a causa de la necesidad, o de la gratitud. La fama tampoco se merece y no se gana, la otorgan las personas que hablan de uno. No queda más que seguir adelante. Uf, quiero tomarme un cafecito con leche!!! |
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Posteado por: Verónica Alonso Allende 20/01/2009 19:00 [ N° 3 ] |
Parece que Bolaño es lo más grandioso que ha ocurrido en Chile desde el descubrimiento y la conquista. Sin embargo, este escritor, de gran talento, vino solo dos veces a su país natal en los últimos 30 años de su vida, en ambas ocasiones lo hizo por períodos de una semana o menos y he aquí que ahora se está desenterrando todo lo dijo o no dijo, lo que hizo o no hizo y cualquier cosa sobre la que se le ocurriera opinar. Y no porque ahora lo lea el público norteamericano significa que estamos ante un clásico: esperemos 50 o 100 años más para saberlo. Claro, la mayoría no estaremos vicos, pero sería interesante hacer ese ejercicio. |
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Posteado por: Jorge Alvarado Robles 21/01/2009 12:39 [ N° 4 ] |
Posteado por: No sea Chaquetera. A mi me da lo mismo que haya sido Chileno o que no haya vivido acá. a mi me interesa lo que escribem, sus libros ¿A leído Ud. alguno?. La verdad es que si bien hay mucho de Mexico en ellos, la verdad es que son bien cosmopolitas. Además, no somos nosotros solamente quien le conferimos reconocimiento, son sus pares (fuera de Chile, porque aquí solo los buenos, como Jorge Edwards han tenido la hidalgía de reconocer el talento y no dejarse llevar por la envidia. le confiezo que me habría encantado escuchar la crítica de José Donoso), la crítica especializada y sus lectores. No por nada ha recibido premios y reconocimientos. el favor de la crítica y de ventas, lo que no siempre viene junto (si no preguntele a Isabel Allende). No se si en 50 o 100 años estaremos frente a un Clásico. Pero si estaremos frente a literatura de la mejor que se ha producido en este lado del mundo, a la altura de Borges, Cortazar, García Marquez, Vargas Llosa. Eso ya es suficiente ¿o no le parece a Ud.? PD: Espero estar vivo en unos 50 años más, pero para eso debo dejar de fumar y de tomar café (no le aseguro en todo caso mi lucidez a esas alturas). En 100 años, le concedo que no estaré vivo. |
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Posteado por: pablo andres rivera mejias 30/01/2009 22:11 [ N° 5 ] |
"No quiso ser un mártir. Fue un sobreviviente" que bonita definicion para este escritor, que chile no subo apreciarlo en vida, bueno, nadie es profeta en su tierra |
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