Álvaro Bisama
Domingo 25 de Enero de 2009
Mafia

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Por razones azarosas, leí Gomorra después de ver de un viaje las seis temporadas de “Los Soprano” y me pareció distinguir en una la extensión de la otra: aquella presencia ominosa y shakesperiana de un horror cuyos redactores —el italiano Roberto Saviano y el norteamericano David Chase— desean, a como dé lugar, no convertir en épica. Aquel gesto, por supuesto, me conmovió casi como la soledad de sus protagonistas, la de aquel Tony Soprano que cargaba tanto con sus muertos como con sus ataques de pánico y la imagen de Saviano arriba de su Vespa contemplando los muertos diarios. Algo, en el caso de ambos, se quebraba en un momento. Tanto para el Saviano narrador como para Tony Soprano, el antihéroe de la serie de Chase, algo se licuaba y resquebrajaba, colocándolos al borde del colapso.

Así, los mejores momentos de Gomorra de Roberto Saviano se parecían a los mejores momentos de “Los Soprano”. Ahí, los lugares comunes sobre la mafia dejaban de aparecer y el peso de la obra recaía en su propia mutación, en cómo se desfiguraba para volverse otra cosa. En el caso de Gomorra, esto sucedía en la mitad del libro, cuando ya la carnicería había insensibilizado al lector. Ahí, Saviano tomaba un tren y se iba a visitar la tumba de Pier Paolo Passolini. El gesto hacía que Gomorra adquiriera un peso mayor: Passolini era un patrono profano, un mártir de esa misma Italia que le dolía a Saviano. Con “Los Soprano”, aquello aparecía en cada uno de sus capítulos pero se acrecentaba de modo terrible hacia el final, cuando ya la serie de Chase se había vuelto una colección de momentos muertos y anticlímax y, más que las balas, lo que conmueve de los mafiosos eran sus rostros que delataban el cansancio, la pena, el paso del tiempo, la certeza de la extinción. Porque quizás ése sea el destino de las obras que reproducen los códigos del crimen: volcarse hacia la propia sospecha, desarticularse, destruirse en el camino. De este modo, por más que el libro de Saviano sea leído como un reportaje sobre la Camorra lo que queda es el gesto del intelectual que intenta fijar su posición respecto a la relación entre violencia y cultura. Gomorra, más que reportear, traza una biografía doméstica marcada por la experiencia de habitar una ciudad intervenida, luchando contra el entumecimiento moral provocado por el abuso mediático de la mafia como tema. Ahí quizás está su cercanía con Chase: lo que más importa es el paisaje de la intimidad arrasada, los ecos privados de lo que sucede en la calle.

Y lo que ocurre en la calle es confuso. Tanto “Los Soprano” como Gomorra son obras realizadas desde el fragor de un universo que desaparece. Relatan la vida íntima americana y el paisaje social italiano narrando desde el lugar exacto en que el mundo global está acabando con todos sus puntos de referencia. En su cuarta temporada, “Los Soprano” abandona la felicidad de la parodia y se vuelve tan sofisticada como sombría. En su recta final, Gomorra se llena de indignación. Ambos cambios daban cuenta de que algo se ha salido de su curso y que no volverá a componerse jamás. Pura confusión contemporánea. James Gandolfini puede hacer que su Tony Soprano haga lucir la ternura como una forma de la amenaza, mientras que a Saviano, para denunciar a la mafia, no le quede otra opción que redactar una autobiografía con la violencia como una sintaxis entrecortada, haciendo que la escritura funcione como una respuesta —inútil, personalísima e insoslayable— al tartamudeo de las metrallas de las Kalishnikov que suenan como ecos omnipresentes tras los decorados de su Gomorra.

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