
Me resulta inquietante la resurrección literaria de Mario Levrero (1940-2004). En parte, creo, la esperaba del mismo modo en que se espera el retorno de un pariente perdido y en cuya vuelta es posible ver las cicatrices de las heridas que el tiempo le ha infligido. Eso, porque más allá de que “La novela luminosa” sea una obra mayor de la literatura latinoamericana de los últimos diez años, nunca he dejado de recordar al uruguayo como ese autor de ciencia ficción que Elvio Gandolfo publicaba generosamente en la revista “El Péndulo”, a mitad de la década del ochenta, al lado de Gene Wolfe o Angélica Gorodischer. Por lo mismo, siempre pensé en Levrero como un autor de género, del mismo modo en que creo que lo mejor de Leo Masliash —que tiene algunas canciones firmadas con Jorge Varlotta, el nombre real tras el seudónimo de Levrero— es un cuento semiporno donde un hombre se despierta en la mañana convertido en un agujero negro.
Me he acordado de ese cuento —publicado en “El Péndulo”, por supuesto— estos días, cuando he vuelto a leer “La novela luminosa” como ese agujero negro: misma sensación súbita de acercarse una obra y un autor capaz de devorarse todo. Reverso exacto de las “novelitas” Aira, el Levrero final parodia la imposibilidad de contar algo y deja amarrada la ejecución de su novela —como género o utopía— a la simple exhibición de la imposibilidad del acto de narrar algo, al diario de su fracaso. Ese algo no es otra cosa que el abismo del propio sujeto, un abismo que, gracias al tedio de los días y la dispersión de lo cotidiano, se transforma en lo único susceptible de ser relatado. Este es uno de los costados más terribles de “La novela luminosa”, donde los meandros de un relato pasan por su nimiedad, por los detalles borrosos que reemplazan una claridad que nunca llega. Dice Levrero: “Cada vez más me siento un personaje de Beckett”.
Para alguien como yo, que conoció a Levrero desde el absurdo del fantastique latinoamericano, aquel gesto puede resultar conmovedor, pero también natural: un hombre escribe un diario porque no puede escribir una novela. El diario se transforma en novela y usa como apéndice aquella novela original que nunca llegó a buen puerto, que nunca fue corregida. Se leen ahí, más que las señas de madurez del autor, las perspectivas de su abandono; más que una sofisticada teoría de los géneros literarios, el reconocimiento de los límites exactos donde dejan de ser útiles; más que la percepción de acercarse a una obra total y terminal, las posibilidades de pensar dicha obra como espejismo.
De este modo, no habría que leer a Levrero como un flamante zombie literario que tiene extasiado a casi todo el mundo, sino colocarlo al lado de Ballard, Dick, Emar o Gombrowicz, autores expertos en desbarrancarse, en borrar cualquier presunción o certeza sobre cómo ser leídos. Como ellos, Levrero se sabotea alegremente a sí mismo. Diario de ruta para escritores perdidos, bloqueados e infravalorados, “La novela luminosa” es quizás uno de los destinos más atractivos de la literatura latinoamericana futura: el coqueteo con el desastre de la literatura como reemplazo de la experiencia, con la lengua que no alcanza a ser otra cosa que parodia, tal y como antes no alcanzaba a ser otra cosa que ciencia ficción; con el vértigo que induce el despeñadero de la absurda banalidad de lo cotidiano. Dice Levrero: “No tengo mucho más que contar de este sueño tan largo y tan cargado de instancias argumentales; como siempre, hay allí una novela que se me fue perdiendo”.
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