
Criticar La novela luminosa del uruguayo Mario Levrero (1940-2004) puede parecer, en una primera mirada, fácil. Ante todo, porque su autor proporciona la mayoría de los argumentos para ello. Sí, porque Levrero —en un monólogo en primera persona escrito con una prosa rápida, corta, sin complicaciones, a ratos desprolija— es un escritor maduro, ilustrado, perspicaz y que en las extensas 567 páginas del libro, en varias oportunidades, se cuestiona su texto, contiene la crítica de la misma obra y pide paciencia al lector en una captación de benevolencia sólo parcialmente eficaz. Es importante advertirlo (ya que el autor lo confiesa sólo en la página 561) que, a pesar de las expectativas que crea su título, La novela luminosa no es en absoluto una novela. En 1984, Levrero redactó cinco capítulos para una obra con ese nombre que, finalmente, quedó inconclusa. En el año 2000, alentado por algunos amigos, postula y gana una beca Guggenheim para corregir esos capítulos y, en lo posible, redactar su continuación. El libro, del que el lector puede disponer ahora, editado en el año 2008, consta, así, de cuatro partes: una introducción de un par de páginas; "El diario de una beca" (de unas 450 páginas); los cinco capítulos originales corregidos (de unas 90 páginas), y un muy breve epílogo. El grueso del libro es, por consiguiente "El diario de una beca", una suerte de atestado, en extremo naturalista, del intento frustrado de terminar de escribir la novela que inició en 1984. La obra en su totalidad contiene una serie de circunloquios, disgresiones y meticulosa descripción de los impedimentos para concluir la obra. Es decir, La novela luminosa consiste en el relato del periplo fracasado en busca de escribir la novela "luminosa", la novela que fluye del deseo en contraste con la novela "oscura" impuesta por el deber. Lo luminoso, que Levrero quiere narrar, es una secuencia escalonada de experiencias trascendentes (casi místicas) que comunican con lo que él denomina la "dimensión ignorada" de condición humana, experiencias vividas intensamente pero que, al momento de ponerlas por escrito, parecen inenarrables, pues se hallan, en rigor, más allá de la literatura. La sensación de fracaso que sintió Levrero con su texto del año 1984 es compartida por el lector: el conjunto de anécdotas allí descritas es débil, algo pueril y disparejo en su divagar, conclusiones y modo de transmitirlo. "Había en el fondo una comprensión—añade en la introducción posterior— de que el fracaso de mi relato se debía a la falta de un entorno, de un contexto que lo realzara, de un clima especial creado con una cantidad de imágenes y de palabras para reforzar el efecto que la anécdota debía provocar al lector". Precisamente el "Diario de una beca" busca colmar ese entorno, ese contexto, ese clima especial que faltaba en el ensayo de 1984. El viaje relatado por ese diario sirve a Levrero para añadir toda la argamasa gris que en el texto original eludía, sin la cual los chispazos de iluminación no adquieren relieve y sentido. Sin embargo, la simple yuxtaposición en un libro de los capítulos de la antigua novela, "el diario" y las otras adiciones menores no se integran ni logran ese efecto, quizás porque provengan de autores ya demasiados distintos en edad, formación y estado de ánimo. Cada fragmento de este libro es una parte escindida del otro, y el retorno de un Levrero maduro, depresivo, escéptico (con humor sarcástico) a un Levrero juvenil, casi eufórico, libre y muy creyente (a su modo), es un retorno imposible, como lo es novelar lo inenarrable.
El "Diario de una beca" leído por sí solo es, con todo, un indudable aporte al género, por la entrañable figura del propio autor convertido, en cuanto narrador y personaje principal, en un neurótico escritor atrapado en sus fobias y manías (los solitarios, las novelas policiales y la computación), expuestas con honestidad (y a veces con demasiada latitud), prisionero de sus rutinas, repetidas todas las veces que sean necesarias para que el lector las experimente también de algún modo, aplazando con culpa la tarea de continuar la escritura de su obra, batallando contra el calor y la burocracia, angustiado por su erotismo de edad tardía y observador pertinaz e inútil del comportamiento de las palomas de su azotea.
Levrero incluye pormenorizadamente en ese diario todas aquellas banalidades y trivialidades que los grandes cultivadores de este género excluyen, por considerarlas detalles insignificantes, pero que añaden verdad (con un costo indudable de tedio) y van conformando un clima gris, casi kafkiano, en el que destaca su capacidad de mostrar (y no sólo discurrir) acerca de la soledad (sobre todo del creador) y las trampas de lo útil y de las tecnologías contemporáneas que, a veces, lejos de concedernos más holgura y libertad, las roban.
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Posteado por: marcelo lopez garcia 22/02/2009 15:06 [ N° 1 ] |
Parece una soberana lata.Paso |
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