Pedro Gandolfo
Domingo 01 de Marzo de 2009
Una pequeña infamia

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Estructurado a partir de tres carpetas, Expediente del atentado, del mexicano Álvaro Uribe (1953), se vale de distintas voces para adentrar al lector en una trama donde “el único crucificado sería el traidor”. Y se trata del destino de Arnolfo Arroyo, un alcohólico consumado que, tras haber atacado de manera absurda al dictador mexicano Porfirio Díaz, enseguida es detenido por las fuerzas de orden. En un principio, la narración muestra cierto tono tragicómico, ya que Arroyo, inmediatamente después de su fallido acto, discierne “con certeza intuitiva, que en la caprichosa economía de los destinos personales ese padre inalcanzable estaba hecho para mandar, y que a todos los demás, sin excluirlo a él, no les correspondía otra función que obedecerlo como si fueran sus hijos”. Además, Arnolfo Arroyo, quien esperaba un desenlace fulminante hacia su persona, comprende “con amargura que, ahora sí, había perdido la apuesta”, pues “el viejo taimado” (Porfirio Díaz) se había limitado a decir: “Que no se le haga nada a este hombre. Cuídenlo. Ya pertenece a la justicia”.

Uribe presenta al lector un punto de vista esencialmente literario. No es historia lo que aquí se pretende, sino que narración pura. La ironía inicial, expresada en frases tales como: “¡Un sujeto mal vestido y alcoholizado, no se sabe aún si anarquista o anárquico, atentó minutos antes contra la persona del jefe de la nación!”, luego comienza a desdibujarse por distintos motivos. Un tono menos vivaz, y a veces más duro, que sigue diversos caminos (notas de periódicos, cartas de amor, anotaciones de diarios personales, expedientes, el testimonio de la propia madre de Arroyo), nos conduce hacia una trama donde la presencia del fallido magnicida modifica el presente de quienes le rodean. La brutal muerte de Arroyo, apuñalado repetidas veces en una torpe maniobra dispuesta por el jefe de la policía, desata un nudo del que surgen oscuros amores, ridículas traiciones y pobres maneras de enfrentar la vida. Aquí se recalca lo gregario de la existencia en aquella época, una moral retorcida, el fantasma del anarquismo y la presencia desmesurada de Porfirio Díaz. Quizás por lo mismo, el autor se permite la libertad de incluir una frase manida: “Las manchas que enturbian esta hoja son lágrimas”, en clara sintonía con el ambiente que imperaba en el México de fines del siglo XIX: pequeños detalles de una crónica literaria.

La prosa de Uribe es rápida y limpia. Su estilo pertenece a lo mejor de la tradición hispanoamericana (en la cual sobresale la poderosa influencia de Borges). De dos pinceladas transporta al lector a otro ambiente, haciéndolo cómplice de una intromisión o testigo de la naturaleza humana: “Con el mayor Manuel Bellido se podía contar para todo, salvo para lo esencial”. Los diálogos crean una tensión dramática de gran factura. Indudablemente, Álvaro Uribe es un escritor que conoce el valor exacto de las palabras. Por lo mismo, extraña el abuso (o el facilismo) en el que incurre al utilizar la repetición monótona del verbo “dicen”, en los capítulos “Los que saben 1, 2 y 3” (aquí resulta necesario aclarar que las tres carpetas del informe están subdivididas en capítulos). “Dicen los que saben (porque sólo ellos lo saben y los demás no tenemos manera de corroborarlo) que hacia la una de la tarde de ese día fértil en omisiones y sobrentendidos, el coronel y licenciado”… Para repetir un poco más adelante el “dicen” que ya comienza a importunar. Y así en las cinco páginas siguientes y en los tres capítulos ya mencionados.

Otro aspecto que desentona en Expediente del atentado es el recurso a una farsa en un acto, la que queda fuera de lugar, porque el lector, a pesar de hallarse conscientemente inmerso en una ficción, ha seguido una narración que se basa en recursos del todo verosímiles.

La intercalación de la farsa, con su extensa lista de “dramatis personae”, viene a entorpecer el ritmo de lectura, accidente no menor en un relato que ostenta rapidez y que mueve con exactitud sus piezas. El truco se nota demasiado, y del mismo modo habrían desentonado unas estrofas rimadas.

Álvaro Uribe ha traído desde el pasado una intención de magnicidio. Arnulfo Arroyo, el que antes de perderse en el alcohol había pasado por el Colegio Militar de Chapultepec, y que, posteriormente, al darse cuenta de que sus “ambiciones eran estrictamente civiles”, optó por estudiar derecho, representa un modo de decadencia. Aunque, por supuesto, no el único. El libro de Uribe refleja, además, la pobreza espiritual de quienes le rodean: el miedo y el interés, con sus distintos rostros y tristes argumentos.

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