Pedro Gandolfo
Domingo 22 de Marzo de 2009
Vampiros enamorados

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Amanecer, de la escritora estadounidense Stephenie Meyer (1973), es el cuarto libro de una saga iniciada en 2006 con Crepúsculo y seguida por Luna nueva y Eclipse. Se trata de un producto vinculado a la industria de la entretención, fenómeno que desborda con mucho a la sola consideración literaria. En este ámbito, no obstante, puede estimarse una obra inferior a Harry Potter, de J. K. Rowling, su precedente más próximo. La paradoja de las obras de Meyer (y quizás una de las claves de su éxito comercial) es que los contenidos de horror y terror se comunican en un revestimiento literario de máximo convencionalismo, con lo cual se elimina, precisamente, la eficacia amenazante de esos contenidos: son terroríficamente inocuos.

Para ello, Amanecer (y las otras entregas de la saga) combina los tópicos de la novela fantástica, de atmósfera gótica, con los propios de una novela romántica, dirigida a un público más bien adolescente. En una prosa simple y lenta, el lector puede revisar sin sobresalto ni sorpresa algunos de los respectivos recursos, fórmulas, figuras e imágenes de ambos géneros.

El libro de Stephanie Meyer trae a la memoria otras obras de jerarquía, permitiendo así separar aguas: el tema de las sagas de corte fantástico no es nuevo. En esta línea, Las Crónicas de Narnia de C.S. Lewis, es un ejemplo de narración de calidad destinada a lectores jóvenes, así como El señor de los anillos de J.R. R. Tolkien. El hecho de que Amanecer utilice elementos de esas tradiciones literarias no significa mucho, pues menos parece moverse guiada por una inquietud artística que sólo servirse de un punto de apoyo útil. Por lo mismo, en vez de cercanía, se percibe una gran distancia en relación con las obras, por ejemplo, de Anne Rice (Entrevistas con el Vampiro), superiores tanto por la profundidad y complejidad en la construcción de sus personajes como en el manejo de sus recursos narrativos.

La primera parte de Amanecer relata el matrimonio entre Bella y Edward (Bella es una mortal y Edward, un vampiro). Episodios como la luna de miel en una isla tropical y sus respectivos encantos sazonan la historia. De algún modo, aquí el lector recordará situaciones acaecidas en películas del estilo de “La laguna azul”. Además, el recurso de una playa nocturna bañada por la luna evidencia un facilismo que se repetirá una y otra vez. La descripción del atractivo de Edward ratifica lo enunciado: “Estaba inmóvil (Edward), con las palmas de las manos descansando boca abajo sobre el agua. Las débiles olitas rompían contra su cuerpo como si fueran de piedra. Me quedé mirando las suaves líneas de su espalda, sus hombros, sus brazos, su cuello, su forma intachable”.

Luego Bella queda esperando un hijo. Pero es un embarazo terrible, pues la criatura que lleva en sus entrañas consume sus fuerzas: “Tenía el vientre abultado y el torso se le había redondeado de un modo anómalo y enfermizo. Se remarcaba sobre la sudadera de color gris gastado que le estaba muy ancha a la altura de brazos y hombros. El resto de la anatomía de la enferma parecía más chupada, daba la impresión de que el abombamiento hubiera crecido gracias a la sustancia que le había extraído a ella”.

La disputa entre vampiros y hombres lobos es otro de los recursos típicos a los que apela la novela. El libro está lleno de situaciones cuyos antecedentes, más que en la literatura (no hay un punto de encuentro con Drácula de Bram Stoker o con los cuentos de Joseph Sheridan Le Fanu), se hallan en el cine y la televisión.

La hermosa Bella, en fin, logra dar a luz, y se convierte en una vampiresa. La trama, poblada de persecuciones, de datos seudoingeniosos, de odios rabiosos, de poderes fantásticos, desemboca en la paz para los protagonistas. La inclusión de un personaje mapuche que contará la historia de Nahuel, su sobrino (quien cumplió los ciento cincuenta años sin envejecer), y que, al igual que Renesmee, es “semihumano y semivampiro”, puede resultar curiosa.

En cuanto a la traducción, la presencia de supuestas equivalencias españolas al habla coloquial que la autora quiso imprimir resulta particularmente molesta: localismos como “pírate”, “vale”, “apañarán”, “chorradas” o “venga”, se hallan, sin discusión, fuera de lugar.

Un mérito de Amanecer de Stephanie Meyer es que responde a las necesidades de una literatura sin prisa, dirigida a personas que dispongan de tiempo y deseen acompañar largamente las peripecias de los personajes pero que, a la vez, se las arregla para satisfacerlas de modo de no ofrecer ninguna dificultad al lector y logra entretenerlo en base únicamente al reconocimiento: el placer reside en reconocer las mismas situaciones que ha leído y visto antes sólo que ligeramente variadas y combinadas.

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