
MARCELO CONTRERAS
El tiempo le dio a Dylan la imagen que siempre buscó. A los 68 años es la viva estampa de la sabiduría que no se aprende en bibliotecas sino viajando, juntando polvo en la cara. Los empalagosos lo ven como un Quijote y un mesías, pero, por favor, esto no es más que rock & roll. Por suerte Dylan lo sabe y, tal como en "Modern times" (2006), hace un álbum que es una manera de afrontar la nostalgia y reinterpretarla como un acto de celebración. Nuevamente se inspira en los años que formaron su temperamento musical, el filo entre las décadas del 40 y 50, cuando el folk y el blues estaban a punto de parir al rock. Él lo reconoce, que la idea del disco fue rescatar el ambiente de grabación patente en los vinilos de etiquetas históricas como Chess y Sun, cuando los músicos se miraban a la cara y tocaban de una, palpando el pulso del otro. "Together through life" mezcla el sabor crudo del blues y el rock primitivo, matizado por el gen bucólico del folk estadounidense. Como reflejo a esa combinación, la voz de Dylan es una lija sobre una banda que lleva tiempo rodando, el tipo de músicos capaces de interpretar lo que les pidan. "Jolene" y "It's all good" son blues rock, de esos que se deslizan con la gracia inevitable de una bola de billar. La hermosa "This dream of you" mira hacia la frontera del sur con acordeones y violines. "Shake shake mama" es libidinosa como el rock de los inicios, mientras "It's all good" lleva la clase de ritmo que hace 50 años hacía girar faldas plato y agitaba jopos con gomina, huellas de una era que Dylan atesora, revive y tributa.
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