
En Tubab, el protagonista y narrador, un joven chileno recién egresado de medicina, inicia un viaje a África con razones poco claras para él, llega hasta la mítica Tombuctú, atraviesa El Sahara y retorna a Chile. El viaje se lleva a cabo en un pasado indefinido un par de décadas atrás. Paralelamente, se aferra al recuerdo de una mujer que dejó en Santiago al partir —“La Polaca”—, por quien siente un amor que no sabe si es plenamente correspondido. La narración enlaza, pues, la crónica de viaje con una historia de amor. Además, añade otros episodios relativos a la infancia del protagonista (“El colegio americano”), al grupo de amigos con quienes publica un periódico llamado “Noreste” (“Equis”) y, al final, un viaje al sur de Chile (“Panamericana sur”, “Puerto Montt”, “Calbuco”).
El cruce de ambas historias y la digresión (en los otros casos), sin embargo, le restan ritmo al relato, y, sobre todo en su prolongación final, le quitan protagonismo al viaje por África, lejos el núcleo más importante de este libro. De un lado, el autor cede a la convención de lo que es una novela (le añade una trama) y a la necesidad de escribirla según esa convención y, del otro, a una falta de percepción de que algunos textos, quizás con valor en sí mismos, no calzan en una narración en particular, corren el riesgo de romper su unidad y es preciso, por consiguiente, esperar otro libro para que encuentren en él su ubicación o preservarlos como simples fragmentos.
La prosa de Tubab es, en general, llana, concisa y cuidada. Las ligeras pinceladas de lirismo que cierran párrafos o capítulos están medidas y perfilan un estilo depurado en el que prevalece la economía del lenguaje y la expresión justa. Las reflexiones son más bien breves y dirigidas a las razones del viajar, pero no son el fuerte del libro. Al contrario, el logro mayor de esta obra es su capacidad para atrapar, como señala el autor en el prólogo, momentos, personas y paisajes en su singularidad y fugacidad, mostrándolos con sencillez en esa combinación de fealdad y belleza, mezquindad y grandeza, atonía y emoción que sólo la buena literatura puede dar.
El narrador mantiene una distante y honesta fidelidad a lo acaecido, llevándolo a decir, por ejemplo, a la llegada a Tombuctú: “Traté de emocionarme sin éxito. En algún momento habíamos llegado. Eso fue todo”, o al iniciar el regreso a París camino a Chile (cuando quizás realmente termina la novela): “El vuelo 1006 de Air Algerie, un 767, despega del suelo de África a las 15:15. Pronto volamos sobre un manto de nubes. Así terminan ahora los viajes”. Esta atmósfera de desencanto y de persecución de un sentido que se escapa subsiste durante todo el libro.
El autor se aparta del modelo del viaje histórico y literario —cuyas cimas más conocidas en el siglo XX son Danubio, de Claudio Magris, y En Patagonia, de Bruce Chatwin—, y opta por un acercamiento sin información y relleno que encubran las vidas, encuentros y lugares. Y no es que no tenga conciencia de aquella mediación cultural que es tan fuerte tratándose de África: en el capítulo 4 incluye un artículo, atribuido al profesor Robert D. Marrow, acerca de la “Conformación del mito del Tombuctú en la imaginación europea”. También hay referencias a Joseph Conrad, a una novela de Paul Bowles y a un artículo, aparecido en la revista Atlantic Monthly, sobre la “ruta transahariana” y Salah Addoun, quien colocó “balizas” para orientarse en medio del desierto. Pero el registro de esas referencias históricas, literarias y periodísticas al momento de narrar su recorrido no es esencial: la escritura de Mena, en la cual quizás influye la formación científica del autor, se empeña en que el lector pueda sentir, oír y, sobre todo, ver de la manera más directa posible el mundo experimentado en su viaje: es, en sus mejores momentos, una sucesión escueta y límpida de protocolos de observación. Mena construye Tubab, en efecto, como un viaje esencialmente extravertido, en que el narrador opera como una cámara (y una esponja), y no un viaje interior, ensimismado y que rezuma subjetividad, en el cual se pueda pesquisar el pasaje de la adolescencia a la madurez sicológica.
Como lo demostró Edward Said en Orientalismo, en el lenguaje de un texto literario sobre África no existe algo que sea la experiencia o el reflejo directos del mundo. En el caso de Mena y Tubab sería ingenuo plantear que lo hay en términos absolutos. Sin embargo, su mirada en cierto modo cándida, solitaria, y desde el Tercer Mundo (frente al cual los paisajes que atraviesa parecen pertenecer a un cuarto o quinto mundo), ofrece una perspectiva distinta, sin el peso gravoso de los vestigios de colonialismo e imperialismo de un viajero del Primero.
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