
Respecto de La encantadora de Florencia es muy patente el carácter fuertemente epigonal de su texto. Aquello, en efecto, de que, según una conocida y debatida tesis, la literatura de hoy y los escritores últimos o póstumos operan tan solo como correctores de prueba de una inmensa prueba de imprenta original, que su escritura es, por lo tanto, “reescritura”, cae como anillo al dedo al menos en este libro de Salman Rushdie. El lector se encontrará aquí con una reutilización y combinación de los tópicos más conocidos de la narración maravillosa de sesgo oriental, tópicos acerca de los cuales el escritor anglo-indio intenta introducir variantes que cautiven al lector. Este carácter de narración de segundo o tercer grado respecto de los textos originales queda en evidencia, ya de modo marginal, en los epígrafes, en las citas internas (ocultas y visibles) y, sobre todo, por la completa bibliografía que añade al final (incluyendo páginas web) que suele encontrarse más bien en un trabajo de investigación científica o un libro de historiografía.
La narración principal (hay innumerables relatos derivados) es la de un joven florentino, Niccolò Vespucci que viaja a la corte del Gran Mongol Akbar con el propósito del contar a él y sólo a él un secreto extraordinario. Todo ello transcurre en el esplendor del imperio Mongol, en la segunda mitad del siglo XVI, y el escenario principal es la ciudad rojiza de Fatehpur Sickri. Niccolò, quien también se hace llamar a sí mismo “mogor dell’Amore”, es mago, nigromante, embaucador y cuentero, de hecho, el secreto que tiene que transmitir al Gran Mongol es una historia. Este esquema narrativo de un personaje que pospone su propia muerte, seduciendo al rey-verdugo con sus historias que prologan durante días y noches interminables, que se alargan y disgregan, tiene un símil visible con Las mil y una noches. La narración secundaria, aquella que Niccolò narra al Gran Mongol, interrumpe, vuelve a iniciar y modifica (“Un hombre que siempre cuenta su historia con las mismas palabras se delata como embustero que ha ensayado demasiado bien su mentira”) ocurre en la Florencia de la segunda mitad del siglo XV (cien años antes), durante el ducado de Juliano y Lorenzo II de Médicis. Cuenta el retorno a su ciudad natal, del condottiere Arcalia o Argalia El Turco, que combatió victorioso por persas y árabes y regresa acompañado de cuatro gigantes suizos, un ejército de 100 jenízaros y, lo que es esencial, una princesa de sin par belleza y también hechicera, de origen mongol, Qara-köz, Ojos Negros, y de Espejo, su sirviente y casi réplica.
La prosa de Salman Rushdie es cuidada y certera en cuanto a dar con el tono adecuado a lo maravilloso, es decir, se mantiene fiel a un estilo que, en el plano del lenguaje, da cuenta de un mundo fantástico, irreal, exótico, en el cual abundan los prodigios —donde el prodigio es casi la normalidad—, con un verbo torrentoso, en el que se advierte una investigación esmerada de ambas épocas y escenarios, aunque no faltan los “anacronismos” como, por ejemplo, al poner en el pensamiento del Gran Mongol, las siguientes expresiones: “infantilización del yo”, “derecho a formar estructuras éticas por sí solos” o “cultura de inclusión”. También en ocasiones la fábula o fábulas propiamente tales pierden protagonismo porque la narración se centra en la historia de la dinastía Mongol y la política del Renacimiento y de Florencia. Uno de los personajes secundarios, no menor, es el mismo Niccolò Macquiavello.
Hay momentos, sin duda, en que esa prosa precisa y esplendente logra hechizar al lector y produce una legítimo gozo estético casi puramente hedonístico. Con todo, la complejidad de la trama y la necesidad de establecer una conexión circular entre las dos historias de modo que el narrador y protagonistas de la primera tengan un papel también en la segunda, confunde al lector y agota, confusión y cansancio a los que se agregan algunas vueltas de tuerca inverosímiles dentro de lo inverosímil.
Si se acepta, pues, la premisa del propio Rushdie de que “el lenguaje permite encantamientos de sobra”, los logros de esta novela en la perspectiva de su obra y de la tradición literaria que la precede son menores. Es casi imposible eludir la comparación, en lo más inmediato, con algunos libros de Marguerite Yourcenar, en particular, con Memorias de Adriano (ante el cual las meditaciones y el erotismo del emperador Mongol resultan casi bastas), Opus Nigrum (en lo que se refiere a la reconstrucción del mundo medieval de la alquimia y la hechicería) y, en fin, los Cuentos orientales. En “Como se salvo Wang-Fô”, de esa colección, por ejemplo, plantea en pocas páginas, y con una eficacia y limpidez luminosa, temas en que se advierte el dominio de un hechizo mayor comparado con el de La encantadora de Florencia.
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