
Otros colores del Premio Nobel 2006, el turco Orhan Pamuk (1952), reúne escritos de diversa naturaleza, publicados en ocasiones y para públicos distintos (textos autobiográficos, ensayos literarios, reflexiones políticas acerca de Turquía y su cultura, su encuentro con Estados Unidos, consideraciones y entrevistas sobre sus lecturas predilectas y sus novelas más célebres, extractos de un diario, incluyendo un relato final), pero, más allá de esa inicial disparidad, transmite una poderosa y cálida unidad sustentada en el estilo, la sutil intimidad que, de modo paulatino, va entretejiendo con el lector y, sobre todo, por el mundo personal e inconfundible, desde lo doméstico y cotidiano a lo político y universal, que transmite.
Hasta pasado los 20 años, Pamuk quiso ser pintor y estudió tres años arquitectura. En el prólogo de este libro señala: “Con el paso de los años creo cada vez más que la literatura consiste en ‘ver el mundo con palabras’, más que narrarlo. Desde el momento en que comienza a usar las palabras como colores que componen un cuadro, el escritor redescubre por sí mismo lo sorprendente y maravilloso que es el mundo y, además, encuentra su propia voz, rompiendo el esqueleto de su lengua”. En su obra, desde los títulos (El libro negro, El castillo blanco, Me llamo Rojo) hasta su estilo y los temas escogidos, es posible reconocer las huellas de ese principio estético. Otros colores vuelve a ese mundo pictórico y visual por medio de una escritura plástica o a través de ensayos que abordan con singular conocimiento y elegancia el arte del retrato en el renacimiento y su influencia en el Islam o la historia y sentido de las miniaturas persas a raíz de su novela Me llamo Rojo. Pero también esa policromía puede entenderse de un modo más amplio: la variedad de matices que componen el mundo personal, intelectual e histórico de Orham Pamuk.
Otros colores incluye textos de centro autobiográfico, porque para este autor la lectura y la escritura tienen sentido sólo si son comprendidas en relación con la vida. Así, su aproximación al arte está muy lejos de la pesantez de una gravosa teoría y su prosa posee esa virtud (que él reconoce en las obras maestras de la literatura) de “hablar al oído del lector”, de susurrarle con un tono casi confesional y simpático. La obra de Pamuk, y este libro en particular, está atravesada por su biografía: el lector encontrará aquí a su familia, su infancia, Estambul, su residencia en Estados Unidos, sus conflictos sobre la identidad cultural turca (“el problema de Europa” y la “occidentalización”) y su propia identidad (la novela es un género esencialmente occidental, dirá). Desde allí entonces se puede atisbar una conexión con nuestra realidad “tercermundista” de caos urbano, de construcciones demolidas, de aspiraciones europeizantes (a pesar de estar en la periferia), de institucionalidad precaria. También ofrece en él, siempre trabados con su vida y avatares, excelentes ensayos sobre sus autores y lecturas preferidos (hay tres magníficos sobre Dostoievski) en los que Pamuk recurre a una inteligencia que nace de la afinidad, frescura en la aproximación y a una no poca dosis de buen humor.
Dividido en seis partes, Otros colores posee, además, el encanto de adentrarse en las novelas que han hecho célebre a su autor; en la sección titulada “Mis libros son mi vida”, en notas, resúmenes de entrevistas y en la entrevista final, publicada en Paris Review, se refiere a los procesos de escritura que acompañaron a títulos como El libro negro, La vida nueva, La casa del silencio o Me llamo Rojo. A raíz de éste señala, por ejemplo, que una de las obsesiones presentes en él es el estilo, “Tal y como se entiende hoy, el ‘estilo’, un descubrimiento de la civilización occidental posterior al Renacimiento…”. Pero el lector recibe todavía más, pues el autor emplea —lo cual le otorga amenidad— la narración como vehículo permanente, como hilo conductor del libro. De hecho Otros colores se cierra con “Mirar por la ventana (un relato)” en el que la infancia se hace presente, entre pequeñas rivalidades de hermanos, y la recreación de tiempo, lugares y atmósferas se halla plenamente satisfecha.
Quizá uno de los aspectos más llamativos de esta compilación resulte ser la vivacidad del estilo (no en vano es admirador de Tristram Shandy, de Lawrence Sterne), siendo, a la vez, una escritura muy honesta, en la que ni la acumulación gratuita ni la retórica hueca tienen espacio.
En conclusión, Otros colores es un libro bellamente escrito, con innumerables hallazgos acerca del oficio de narrar, de la literatura en Occidente (vista por alguien que la conoce y ama, pero también es en alguna medida foráneo), conmovedor e íntimo en lo biográfico y un documento de primera mano para apreciar la obra y el mundo de Pamuk.
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