
MACARENA GARCÍA
Desde Venecia
El mundo tiene más de treinta bienales de arte contemporáneo. De Yokohama a Usuahia, cada ciudad con ambición de figurar y una mínima soltura financiera para permitírselo, inventó su encuentro de arte contemporáneo, se plantó en el mapa y pidió su espacio en el calendario. Las hay dedicadas al arte en el espacio público, a las nuevas tecnologías, a la fotografía o las especializadas en zonas: para la bullente escena asiática, para llevar modernidad a las emergentes metrópolis de Medio Oriente, para el arte latinoamericano, y todos los etcéteras. En la última década los encuentros se multiplicaron, y como era de esperarse, esa multiplicación acabó erosionando su sentido. A poco andar, los antiguos entusiastas de las bienales arremetieron contra ellas con voces críticas, cansados de tanto discurso que intentaba determinar cuál era el futuro del arte.
Pese a las modas y esa sed insaciable de recambio que define al arte contemporáneo, Venecia ha logrado mantener el sitial de evento más importante del calendario. No es el más prestigioso, no, sería imposible lograr un acuerdo sobre eso, pero sí el de mayor poder de convocatoria entre los profesionales del mundo del arte. Cada dos años, la ciudad de los canales se transforma en una sala de reuniones donde se gestan exposiciones, se reúnen fondos, se intercambian toneladas de catálogos y se lanza cuanto proyecto de arte contemporáneo existe. Nadie quiere quedarse fuera, aunque es cada vez más caro estar adentro.
Así, buena parte de la importancia de la Bienal de Venecia tiene que ver con lo que pasa fuera de la exposición misma. O al menos de su bullada exposición internacional, esa que organiza un curador de renombre y lleva el título tan rimbombante como elusivo que aparece en los carteles que cada dos años cuelgan de los puentes sobre el Gran Canal.
La Bienal de Venecia fue creada hace 115 años a imagen y algo de semejanza de las exposiciones internacionales que comenzaron en París y siguieron en Londres. Esa idea de feria mundial en la que cada país paga por presumir de sus avances. Venecia, fiel a su historia renacentista con poco que ofrecer en tiempos de industrialización, propuso que compitieran por arte, y tuvo suficiente credibilidad como para que los países fueran construyendo pabellones en uno de sus parques públicos. Así nacieron los Giardini, donde los otrora poderosos —no es que hayan cambiado mucho en el último siglo— levantaron pabellón. De Latinoamérica, Venezuela, Brasil y, créanlo o no, Uruguay. De Europa, casi todos los países que definieron fronteras tras la primera guerra mundial (algunos de los cuales han tenido que adaptarse a los nuevos tiempos: Serbia se quedó con el pabellón yugoslavo, pero no pudo borrar el nombre esculpido en piedra; la República Checa y Eslovaquia comparten un pabellón que todavía dice Checoslovaquia). De Asia, Rusia, Japón y Corea; las economías emergentes han tenido que buscarse sitio en otros lugares. Chile, claro está, ni de lejos.
La bienal es hoy, también, una operación de geopolítica. Hace algunos años la sorpresa era el pabellón chino, y desde entonces ese boom por los artistas de China. Ahora, la sorpresa son los Emiratos Árabes Unidos —para los perdidos en el mapa, el país que creó Dubai, la ciudad que pretende ser capital económica y cultural del petromundo—, que debutan con un pabellón que no se queda corto en nada: siete artistas, 1.000 metros cuadrados, audioguías que se sincronizan inalámbricamente con videos, humor occidental y gentiles mujeres de velo e inglés perfecto para atender al visitante. El pabellón de los EAU es una de las sorpresas de esta edición, y da la casualidad de que está junto a otro país que debuta con pabellón —lo que no es tan cierto, porque en 2001 se trajo a Juan Downey, en una muestra que recibió mención especial): Chile.
Con Iván Navarro, Chile debuta en uno de los espacios más visitados de la bienal y establece su diferencia con los otros países latinoamericanos con los que solía compartir un palacete ubicado en un canal alejado a media hora en vaporetto de donde las cosas pasan en Venecia.
“Chile es un país emergente y está creando su propio sistema de país emergente”, dijo Alfredo Jaar, el artista chileno más conocido entre los asistentes a Venecia, ante un grupo de directores de museos, galeristas y críticos, reunidos la mañana del jueves. “Si no creamos nuestro propio sistema, seremos esclavos del sistema de otros” dijo Jaar recordando lo que fue la inauguración del pabellón Chino en Venecia. Jaar intervino en el lanzamiento del sitio web del libro “Copiar el edén”, una publicación sobre los últimos 30 años de arte chileno. Ahora el libro está digitalizado, y así lo agradece Gabi Scardi, curadora italiana, que dice que después de leerlo entiende mejor de qué va la obra que Alfredo Jaar —un habitual de las exposiciones ‘colaterales’ de la bienal— presenta en el pabellón de Murcia.
Sí, Murcia, esa pequeña región española, tiene pabellón. También Cataluña, y ni más ni menos que el Kurdistán. No es necesario ser un país aceptado por la ONU para venir a Venecia, donde las reivindicaciones se juegan en los símbolos.
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