
MARCELO CONTRERAS
The Kooks es una de esas bandas inglesas que la prensa de su país, siempre entusiasta con el producto interno, pondera con grandilocuencia. Con apenas dos discos, el cuarteto liderado por el guitarrista, cantante y compositor Luke Pritchard está muy lejos de ser el próximo punto aparte en la historia del rock, pero a la vez cerca de una encantadora consistencia artística, trazada sin mayores artificios.
El sábado por la noche repletaron el teatro Caupolicán de un entusiasta público en la medianía de los 20, que coreó y bailó prácticamente todas las canciones de "Inside in/inside out" (2006) y "Konk" (2008).
Aunque la nostalgia comienza a soplar en dirección inevitable hacia los años 90, The Kooks es el tipo de artista nuevo que en su propuesta sigue incubando devoción por el sonido post-punk de comienzos de los 80: guitarras ligeras con impulso rítmico inspirado en géneros como el ska, sometidas al dogma de armar canciones radiales y bailables, de acordes sencillos y simple arquitectura general. En escena, todo en The Kooks es funcional a esa idea.
Sus integrantes irradian naturalidad, confianza absoluta en su material (tanto así que pronto despacharon su éxito "Always where I need to be") y alergia a la pretensión. Ni siquiera la rabieta que tuvo Pritchard por un par de guitarras que no sonaron en "Do you wanna" pareció forzada. El cantante de pantalón, polera suelta y pelo ensortijado invirtió sus energías en un espectáculo que pretendió encender la sala de comienzo a fin. Entre el desafío y la respuesta, la sincronía fue total.
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