

Pablo Oyarzún pertenece a esa tradición de pensadores chilenos que han dedicado una parte no menor de su reflexión al arte y la literatura, sea en la forma de ensayo o de traducción. Entre sus obras anteriores (que es preciso tener a la vista para la apreciación de estos textos) cabe mencionar, a modo de ejemplo, Entre Celan y Heidegger (2005), La desazón de lo moderno (2001), El meridiano, de Paul Celan (1997), Sobre lo sublime, de Pseudo-Longino (en colaboración con Eduardo Molina, 2007), El spleen de París, de Baudelaire (2003-8) y El narrador, de Walter Benjamin (2008), todas estas últimas traducciones acompañadas de notas y valiosos estudios críticos. Los 16 ensayos incluidos en La letra volada se inscriben, pues, en un prolongado trabajo de pensamiento que ha rendido ya visibles frutos.
En cuanto a la escritura, desde luego, La letra volada se remonta a los fundadores del género ensayístico en la edad moderna, Michel de Montaigne y Francis Bacon, sobre todo, al primero, por estilo y por afinidad de pensamiento. A Montaigne, precisamente, dedica el segundo ensayo del libro, pero su impronta está presente en el ensayo inaugural y también, de modo a veces subterráneo y otras aparente, en los restantes escritos. El ensayo sobre Borges y las distintas figuras de la traducción es, quizás, el más cercano, en este sentido, al pensador francés.
Es imposible aludir aquí, ni siquiera a la pasada, a la totalidad de estos textos sin ejercer violencia sobre ellos, ya que se caracterizan por un despliegue cuidadoso de la filigrana del pensamiento, una atención celosa hacia lo insignificante (incluso uno de los ensayos, en que se aplica a la obra de G.C. Lichtenberg, se plantea la posibilidad y problemas de una teoría acerca de lo nimio), a los pliegues y excursos de la compleja argumentación en que se fundan. La forma de razonar de Oyarzún, y el trazo que ella deja en su escritura, es fuertemente dialéctica, armada de conjeturas y refutaciones y contraataques a esas refutaciones, en un progreso dificultoso porque hay un oído muy sensible a lo resbaladizo del terreno y a sus múltiples “estribaciones” que, si bien no se quieren dejar “ciegas” y “dispersas”, a veces quedan entregadas a una suerte que, como lo advierte el autor, presiente escasa.
Se advierten, asimismo, dos corrientes tensionadas que convergen en la mayoría de estos ensayos literarios: una que, desde Aristóteles a Walter Benjamin, designa un orden de razones, una exposición sistemática, el apego a una argumentación estructurada; otra, una inclinación a la subversión y al deslizamiento del lenguaje y sus significados (que hunde sus raíces en el propio Montaigne, en vertientes más antiguas del escepticismo y en una incertidumbre proyectada en la forma de decir y articular los enunciados). Esta corriente se manifiesta de modo visible en la preferencia por autores como Jonathan Swift, Lewis Carrol, Lichtenberg y Borges (a quienes dedica sendos estudios), y por figuras como el retruécano, el juego de palabras, la paradoja y la ironía.
El libro, a pesar de ser una compilación de ensayos independientes escritos en oportunidades distintas, está dotado de unidad de estilo y contenidos. El lector se encontrará aquí, por lo mismo, con problemas, autores y formas de aproximación a éstos que son familiares en la trayectoria de Oyarzún: “pido disculpas —dice el autor— por recurrir a cosas sobre las que siempre estoy volviendo. Pero, a fin de cuentas, uno siempre es rehén de sus propias obsesiones”. El libro admite, es cierto, esa versión de recurrencia, pero también, y no menos, la de una deliberada circularidad, la de un tema con variaciones. Como se insinúa en el perspicaz prólogo hay ejes que recorren y anudan estos ensayos, ejes que se concentran en los dos ensayos iniciales y finales de La letra volada. Estos ejes —lo advertirá cualquier lector atento— se refieren a la relación entre literatura y escepticismo —el primero— y literatura y utopía —el segundo. Es también manifiesto cómo ellos se vinculan estrechamente, moviendo al lector a indagar la analogía profunda entre ambos.
El nexo entre literatura y escepticismo (“la cifra secreta” que reúne a filosofía y literatura) es planteado como rasgo propio de la edad del capitalismo tardío y también como tesis conceptual general (no sólo referida a esa fase histórica), según la cual “la literatura, en su conjunto, podría ser considerada como una rama o una variante del escepticismo”. Paralelamente, indica en los escritos finales, “toda literatura, quizás, extrae su propia posibilidad de la secreta relación entre lenguaje y lugar, entre lenguaje y utopía, que acaso es una misma relación”. Las propuestas de Oyarzún, no obstante las peripecias y cautela con que aparecen formuladas, resultan, así, al final poderosas y resonantes; avanzan, envuelven y fecundan, en la literatura y el pensamiento, sin asomo de arrogancia y dogmatismo.
La letra volada
Pablo Oyarzún
Ediciones UDP, Santiago, 2009, 334 páginas, $12.900
ENSAYO
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Posteado por: Nathalie Ortiz n, 26/06/2009 06:22 [ N° 1 ] |
A que se debe que nadie comenta la nota de literatura, serÁ que vivimos en un paÍs donde la lectura no es parte de la cultura. honestamente me parece sumamente preocupante! |
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