
Patricio Tapia
Hay escritores que trabajan por años en una actividad rentable para poder escribir y publicar una novela no comercial. Ildefonso Falcones trabajó por años en una actividad rentable para poder escribir y publicar una novela que ha vendido millones de ejemplares. Y continúa trabajando en lo de siempre y sigue publicando libros destinados a superventas.
Abogado novelista
Cuando Ildefonso Falcones (Barcelona, 1958) tenía 17 años, la muerte de su padre le impidió seguir con su carrera deportiva como jinete de saltos (fue campeón de España junior). Le gustaba leer y escribir, pero se dedicó a estudiar derecho y a la vez trabajar en un bingo para ayudar a su madre.
Luego de varias décadas de labor ha llegado a ser un abogado reconocido, con bufete propio y buenos clientes. Siguió montando caballos (y su moto) y siguió escribiendo. Escribió una novela durante cinco años (dedicándole una hora diaria, de 8 a 9 de la mañana) y que tras ser rechazada por algunas editoriales, una vez publicada en 2006 por Grijalbo como “La catedral del mar”, se transformó en un inesperado y espectacular éxito de ventas.
Best sellers
Los escritores de más éxito suelen recurrir a un truco: unir una fórmula más o menos trillada con una aparente gran cantidad de información sobre un tema determinado (sea los aztecas prehispánicos, el Santo Grial o la aviación moderna). En el caso de Falcones, la información era sobre la Barcelona medieval (siglo XII). Narra la historia del joven Arnau —nacido siervo, pero que va pasando por todos los estratos sociales hasta alcanzar la nobleza— con la construcción de una iglesia, Santa María del Mar, como trasfondo.
No obstante el éxito arrollador de su libro, Falcones siguió trabajando como abogado y también escribiendo, cada día, ahora de 8 a 11 de la mañana, para en tres años concluir “La mano de Fátima”, que transcurre entre 1568 con la rebelión de los moriscos en Las Alpujarras de Granada y 1609, año de su expulsión de España.
En el libro, Hernando o Ibn Hamid, su joven protagonista, es fruto de la violación de un sacerdote a una morisca y, en cuanto mezcla de cristiano y musulmán, no acaba de ser reconocido ni por unos ni por otros. Participa en la guerra alpujarreña y finalmente llega a la Córdoba cristiana, donde trabaja, entre otras cosas, en las caballerizas reales de la ciudad —construidas por Felipe II, decidido a crear una nueva raza de caballos— y donde se tramaría la falsificación de los libros plúmbeos del Sacromonte. La “mano de Fátima” es un amuleto; Fátima es también uno de sus amores (el otro es Isabel, una cristiana).
Es cierto que Falcones reitera ingredientes: reconstrucción histórica, lenguaje sencillo y eficaz, jóvenes que luchan por sobrevivir en un ambiente adverso. También lo es que la información auténtica que transmite no es dejada caer como edificios en el desierto del argumento, sino que está hábilmente engarzada en la atmósfera del relato.
—¿A qué atribuye la popularidad de la novela histórica y de sus novelas en particular?
“Esto no deja de ser una opinión personal, pero creo que la gente está cansada del bombardeo de noticias, las que a veces superan a la ficción. La lectura de las novelas históricas permite huir de la realidad aunque también, quizá, permite entender lo que está ocurriendo. ¿Por qué las mías tienen éxito? Respecto de esta última, falta ver la respuesta del lector, que es la única que vale. En todo caso, creo que tiene que ver con lograr una recreación fidedigna dentro de una trama histórica consistente, además que sean de lectura ágil, estén escritas sin barroquismos y cuenten cosas. Busco que el lector se entretenga y logre evadirse de sus problemas”.
—Hay quienes recelan de los best sellers. ¿Le incomoda ser un autor superventas?
“En absoluto, al contrario. Por otra parte, no creo que nadie decida escribir best sellers. Simplemente se escribe un libro y son los lectores quienes lo prefieren, lo compran y lo leen, de manera que el best seller lo hace el público. Por lo mismo, no creo que nadie decida escribir un ‘worst-seller’.”.
—¿El éxito no le ha hecho pensar en dejar la abogacía?
“No. Yo creo que hay que mantener un pie en la realidad. No quisiera que la imaginación me ocupe todo el día”.
—Alguna vez señaló que le quitó páginas a “La catedral del mar” porque no había que enfrentar al lector a mil páginas. “La mano de Fátima” las tiene. ¿Cambió de opinión?
“Las mil páginas salen después de editarlo; en el ordenador eran ochocientas. Es más largo que ‘La catedral del mar’, sin duda. Veremos cuál es la respuesta del lector. Pues si mil páginas son buenas, el lector querrá mil quinientas y si son malas, doscientas serán demasiadas”.
—Los protagonistas de ambas novelas son jóvenes que logran surgir...
“Lo de ser jóvenes es resultado de querer relatar lo que sucede en una época determinada y que no es tan breve: la construcción de una catedral, que duró 55 años, en ‘La catedral del mar’ o el período desde la guerra de Las Alpujarras hasta la expulsión morisca, que duró 40 años, en ‘La mano de Fátima’. Para narrar esos hechos habría que o valerse de dos generaciones, o bien empezar el relato en la juventud del protagonista”.
—¿Tienen ellos diferencias?
“Sí. Creo que el morisco de ‘La mano de Fátima’ es un idealista mientras que el Arnau de ‘La catedral del mar’ es un pragmático que busca la ascensión social. Me parece que el protagonista de ‘La catedral del mar’ estaba más entregado al azar, en cambio el de ‘La mano de Fátima’ es más voluntarioso y sus logros se deben al esfuerzo, además de tener un desarrollo intelectual que no existía en Arnau.
—Él participa en el episodio de los libros del Sacromonte. ¿No es una forma de ascenso social vincularse con eruditos?
“No lo veo tanto como una forma de ascenso social. Los plomos del Sacromonte constituyen un hecho histórico y fueron un intento, el último y fracasado, por acercar las religiones cristiana y musulmana en España, y lograr una convivencia pacífica entre ellas”.
—¿Por qué en ambos libros está la Inquisición?
“Porque es imposible hablar de España sin hablar de la Inquisición. Bueno, según qué períodos. Pero desde el siglo XIV al XVII la Inquisición estaba presente en todos los actos de las personas. Me hubiera gustado no tener que mencionarla, pero si trataba del siglo XVI no pude sino hacerlo”.
—En los agradecimientos de “La catedral del mar” su editora en Grijalbo figura en último lugar, pero en “La mano de Fátima” en el primerísimo. ¿Ha tenido más incidencia en este libro?
“No me había dado cuenta. Pero en algún sentido es así. En esta segunda novela he trabajado con ella directamente desde el principio; en cambio, en la anterior, trabajamos una vez aceptado el manuscrito”.
—En las notas finales de ambas novelas aparecen una serie de fuentes. ¿En cuál fue más ardua la labor de documentación?
“En este segundo libro. Indudablemente sobre la Edad Media hay mucho escrito, pero aquí ya estamos en el Siglo de Oro y hay toda la bibliografía que se quiera, la cual, además, comprende teorías contrapuestas, de manera que hay que decidir qué estudio convence más. Para ‘La mano de Fátima’ consulté unos doscientos libros”.
—¿En uno de esas crónicas se menciona lo de arrancarle el corazón por la espalda a los niños?
“Eso se hacía a los cristianos en general, aunque en mi novela le ocurre a un niño. Es algo que me impactó bastante al leerlo, pero, de creerles a las crónicas, era un hecho que tenía lugar en la realidad”.
—En la novela destacan los toros y, sobre todo, los caballos (en batallas y en las caballerizas). ¿Tiene debilidad por ellos?
“Siempre he montado a caballo. La historia de las caballerizas reales de Córdoba era uno de los asuntos paralelos que me interesaban y que he mezclado en la trama del relato. Por otra parte, me gustan los toros y Córdoba es una ciudad que tiene una historia importante en ese aspecto. En la novela he incorporado en parte esas aficiones personales”.
—Hay un homenaje al Quijote, con un personaje. Con el pintor Cesare Arbasia y su última cena en Córdoba, ¿hay un guiño a “El Código Da Vinci”?
“No, en el sentido de que no sigo las tesis planteadas en la novela de Dan Brown. El San Juan de la pintura que menciona me ha parecido siempre muy andrógino, una figura muy ambigua, pero que entiendo que es San Juan y no una mujer. En el cuadro de la catedral de Córdoba (y también hizo otro en la de Málaga) el San Juan llega a tener rasgos marcadamente femeninos. Pero no quise entrar en esa discusión: para mí, es San Juan”.
—¿Le han dicho que guarda un notorio parecido con el tenor José Carreras, pero con bucles?
“Sí, algunos familiares me lo han observado”.
—Si fuera cantante, cuál sería su repertorio: ¿ópera, como Carreras, canción romántica, rock?
“A decir verdad, no me veo como cantante. Me gusta el rock. La canción romántica también. No soy mucho de ópera”.
—¿Tiene en mente otro libro?
“En mente, sí. Pero no acaba de salir de la mente”.
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