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Domingo 28 de Junio de 2009
La construcción de Barack Obama

Gonzalo Garcés

Los cómicos profesionales, en Estados Unidos, se quejan de lo difícil que es hacer humor con Barack Obama. Hay algo en ese hombre que desalienta el humor. En parte es la falta de esos rasgos salientes que son el material del parodista: el optimismo incombustible de Reagan, la rigidez patricia de Bush padre, el aura de indecencia de Clinton, la rusticidad de Bush hijo.

Lo más parecido a esto, en Obama, sería su famosa calma. Pero el tema apenas arranca alguna sonrisa; después de todo, la calma no es un defecto. “Bromear con los puntos fuertes de un gobernante no es humor”, se irrita Christopher Hitchens, “es obsecuencia”. Quizá quien más se acercó a una parodia eficaz fue el propio Obama, que durante una de las cenas con la prensa bromeó: “Debo confesar algo: mi nombre no es Obama. Vengo del planeta Kryptón, y el nombre de mi padre es Jor-El”. Eran los días finales de la campaña presidencial, cuando algunos lo acusaban de mesianismo.

Y si tampoco esa autoparodia fue especialmente graciosa, al menos tocó una posible línea de quiebre en la imagen de Obama, un lado desmesurado que ya es, en cierta medida, una antesala del ridículo. Porque Superman no es sino la versión pop de otra figura, también perfecta, también venida de fuera de nuestro mundo con una misión salvadora, y que siendo más que un hombre se rebajó, por compasión, a vivir la vida de un hombre.

El descenso voluntario

Estas reflexiones se me ocurren a cuenta de “Los sueños de mi padre”, la autobiografía que Obama. El libro relata su infancia viajera: su nacimiento en Hawaii, como hijo de una blanca de Kansas y un negro de Kenia, sus años en Indonesia, su paso por Los Ángeles, Nueva York y Chicago, antes de emprender un viaje a África en busca de sus raíces. Mucho se ha hablado de la calidad literaria del libro, que Obama, según se repite, escribió sin ayuda; pero hay un aspecto, creo, todavía más sorprendente.

Las autobiografías de políticos son, típicamente, el relato de un ascenso. Se narra la infancia y adolescencia; luego aparece la llamada del deber, que conduce al protagonista o la protagonista hasta la cima. “Mi vida”, de Bill Clinton, no deja de enfatizar el contraste entre el simple muchacho de Arkansas y el líder que presidió sobre uno de los períodos más brillantes en la historia de los Estados Unidos. Incluso Charles De Gaulle, con su inocultable sentimiento aristocrático de haber nacido para mandar, relata su ingreso en la actividad política inequívocamente como una elevación. Pero Obama no. “Los sueños de mi padre” es el único caso que conozco en que una iniciación a la política se relata como un descenso. Desde el origen en el luminoso y tolerante Hawaii hasta el trabajo como organizador comunitario en los violentos suburbios fabriles de Chicago, Obama no está muy lejos de presentarse como alguien que, a la manera de Cristo, ha renunciado en forma voluntaria al cielo para compartir los sufrimientos de los hombres en la desdichada Tierra.

Claro que Obama nunca presenta su descenso como un asunto de caridad. Si, pudiendo quedarse para siempre en Hawaii, decide terminar sus estudios en Los Ángeles, si tampoco este lugar lo satisface y se traslada a Nueva York, y si una vez ahí decide abandonar un empleo lucrativo para ir a ensuciarse con el barro del South Side de Chicago, se trata —como nos recuerda a cada paso— de una busca de su propia identidad.

Hijo de una blanca, criado por blancos y crecido en un lugar de bajo conflicto racial, Obama podría asimilarse a la cultura americana mainstream; pero no olvida su lado negro. No se lo permite el recuerdo de su padre ausente, a quien el joven Obama imagina como un luchador por la dignidad de Kenia. No se lo permiten sus abuelos blancos, que le cuentan cómo se fueron de Texas porque les disgustaba el racismo imperante. Ni tampoco la ocasional anciana que aprieta su bolso, inquieta, cuando lo ve pasar. Así pues, hasta el entorno suavizado de Hawaii ascienden esas burbujas de un conflicto muy anterior, que Obama intuye como el fundamento mismo del drama americano, pero también, como mestizo, inseparable de su identidad personal. Así, su descenso representa, al mismo tiempo, un acto de contrición —la renuncia a la tentación de “blanquearse”—, un reconocimiento de que la historia de su país es una historia de conflictos raciales y sociales, y una apropiación de esa historia turbulenta.

La naturaleza del poder

¿Y qué descubre Obama en su viaje? Antes que nada, una manera de entender el poder: el hecho elemental, pero típicamente ignorado o negado por los privilegiados, de que el poder se ejerce inevitablemente sobre alguien, y la mayoría de las veces a costa de alguien. En “Los sueños de mi padre” hay un pasaje que vale la pena citar entero, porque revela como pocos la visión del mundo del actual Presidente de Estados Unidos: “Poder. La palabra se fijó en la mente de mi madre como una maldición. En Estados Unidos, por lo general, permanecía oculto hasta que escarbabas bajo la superficie de las cosas; hasta que visitabas una reserva india o hablabas con un negro cuya confianza habías ganado”. Es decir que el poder tiende a ser invisible para sus beneficiarios; para éstos —los blancos, los ricos, los habitantes del primer mundo— es quizá irreprimible la tentación de considerar el orden que los encumbra como natural, una repartición armoniosa de los papeles o incluso una forma de justicia. Sólo mirándolo desde el lado menos favorecido aparece el poder como es realmente.

Pero aquí vuelve a aparecer el costado mesiánico de la personalidad y la figura pública de Obama, y lo que lo separa definitivamente de la figura de tipo revolucionario. Porque, aun aceptando el punto de vista de las víctimas, se niega a aceptar el resentimiento contra los victimarios. Otro aspecto notable es esta renuencia a construir su legitimidad por oposición a un adversario o enemigo. De nuevo: Reagan tenía al “Imperio del Mal” comunista, Clinton denunciaba la “vasta conspiración de ultraderecha”, Bush tenía su “Eje del Mal”. El organizador comunitario Obama, lo mismo que el presidente Obama, rechaza cada ocasión de aglutinar a sus tropas señalando a un enemigo, y prefiere apelar a la idea del progreso, a la busca de intereses comunes.

La retórica de Obama tiende a denunciar, en abstracto, al prejuicio, a la intolerancia, al conformismo; rara vez a quienes lo ejercen. Esto puede comprobarse en su reciente discurso oficial en la Universidad de El Cairo tanto como en el relato de sus esfuerzos juveniles en “Los sueños de mi padre.” Cuando un amigo negro del liceo se queja de que las chicas blancas a las que invita a salir son racistas, Obama responde que probablemente no sea así, sino que prefieren salir con alguien que se parezca a su padre o su hermano. Cuando lo ofende un entrenador de básquetbol que trata de niggers al equipo adversario, o una chica que se pregunta en voz alta de qué de quejan tanto los negros, no tarda en encontrarles excusas: no han vivido el prejuicio en carne propia, no pueden darse cuenta. Y cuando llega a Chicago y comprueba el resentimiento, el autodesprecio y los impulsos autodestructivos que doscientos años de desfavor han inculcado en la comunidad negra, reconoce que el activismo de Malcolm X o el nacionalismo de la organización Nation of Islam han logrado restaurar en los negros una parte de necesaria autoestima; pero se niega a aceptar que ésta deba apoyarse en el odio a los blancos. Obama no lo dice, pero en su libro este dilema se resuelve desplazando el conflicto desde lo racial hacia lo social. En concreto: el primer relativo éxito que Obama se anota en Chicago consiste en lograr movilizar a los vecinos del barrio pobre de Altgeld —negros y blancos— para reclamar que una alcaldía renuente se decida a retirar el amianto de las viviendas baratas donde, se sospecha, está presente. Típicamente, Obama se felicita del logro que supone lograr que gente de razas, edades y oficios diferentes se movilice para sobreponerse a “la inercia”.

Nunca Obama ha desmentido esta mezcla de idealismo y realismo duro, esa llamada a la unidad en nombre de los intereses compartidos. La línea más recordada de su discurso ante la convención demócrata de 2004 fue: “No hay una América conservadora y una América progresista: hay los Estados Unidos de América”, perogrullada que resonó poderosamente en los Estados Unidos hartos de la polarización imperante desde los tiempos de Nixon.

Y en el discurso de El Cairo volvió al mismo esquema. Siempre el garante de la ecuanimidad en el debate es él mismo, su historia, el color de su piel. Para asentar su legitimidad como árbitro entre Occidente y el mundo musulmán, empieza por recordar que él mismo es un cruce de culturas y razas: recuerda que su familia africana incluye a “generaciones de musulmanes” y que de niño él mismo pasó varios años en Indonesia y oyó la llamada del azaan al amanecer y al caer el sol. Estas credenciales son completadas con un recuento, inusualmente crudo, de los motivos de desconfianza del mundo musulmán hacia los occidentales, y de sus no menos numerosas aspiraciones. Entonces, cuando está seguro de reflejar el punto de vista y los deseos de su público, Obama pasa a la siguiente fase: los reclamos. Ayuda contra el terrorismo, paz entre israelíes y palestinos, democratización. Esto último es importante. En “Los sueños de mi padre”, Obama reconoce que la razonable busca de intereses compartidos no basta; que hace falta un elemento más, uno que no por casualidad el cristianismo considera como una de las virtudes teologales: la esperanza.

Fue la capacidad de crear una perfecta ilusión de empatía, de convertirse en receptáculo de la esperanza de sectores diversos, a veces opuestos, lo que terminó de construir a Obama como fuerza política. A este nuevo rasgo mesiánico otros lo llaman, de modo más materialista, el jiu-jitsu de Obama: se trata de usar siempre la fuerza del otro. En la actual puja para reformar la seguridad social ha optado por fomentar en forma desmesurada las esperanzas de conservadores y progresistas, esperando permanecer por encima de las trifulcas para, luego, aparecer como único árbitro imparcial y decidir realmente. No importa: mientras permanezca en su papel de generador de esperanza, Obama estará en el centro del poder sin mancharse con el poder. De ahí a caminar sobre las aguas no hay demasiado trecho.

Bromas sobre un mesías

¿Hay chistes sobre mesías? Yo conozco uno sobre Buda, aunque su calidad de mesías es discutible. Pregunta: ¿qué le pide el Buda al vendedor de hot-dogs? Respuesta: “Hágame Uno con Todo”. El otro chiste es un poco mejor. Entra Jesús donde Lázaro y le dice: “Lázaro, levántate y anda”. No pasa nada. Jesús insiste: “Lázaro: levántate y anda”. Nada. Los presentes empiezan a ponerse nerviosos. Jesús grita: “¡Lázaro! ¡Levántate y anda!” Nada. Entonces se vuelve hacia la concurrencia y exclama: “¡Pero este tipo está muerto!”.

Convencido de que el liderazgo de Obama es de tipo mesiánico —aunque sea un mesianismo “realista”—, creo que ambos chistes dan una idea de lo que puede llegar a ser, un día, el humor sobre él. Es difícil parodiar a Obama porque, psicológicamente hablando, de momento Obama no existe como individuo: es apenas un punto en el que convergen los deseos del mundo. Pero si las promesas no se cumplieran, la retórica sublime de Obama aparecería (como en el chiste budista) como grandes palabras aplicadas a una realidad banal. En cuanto al país que lo llevó al poder, ahora está postrado, y tampoco se puede descartar que, si no logra levantarse, sea porque para resucitarlo hacía falta un Dios y no un hombre.

1 Comentarios publicados
Posteado por:
Leonor Henríquez C.
30/06/2009 20:13
[ N° 1 ]

Si no hay máscaras, no hay chiste

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