
Parloteo de sombra, de Damaris Calderón (La Habana, 1967), es un corpus de oficio vigoroso y sugestivo. La autora demuestra ser una buena heredera del legado poético contemporáneo y su temple queda impreso en versos rotundos, sintéticos y límpidos, versos en los cuales une experiencia y lecturas a la madurez poética.
Iniciando el libro, “Cementerio de Colón/Spoon River”, evoca una atmósfera que incluso “carece de historia sórdida”. La mención de Edgar Lee Masters (“Antología de Spoon River”) va más allá de la cita y funciona como viga del poemario.
Así, un poema de factura y expresión acertadísimas es “El Danzante”; su desarrollo trae consigo una pequeña lección de composición poética: “Levantándose mis huesos./ Como vara/ de Moisés se separan/ el Antes y el Después/ y todo queda/ —zarza—/ fusionado en Esto:/ crisálida, cascajo, escupitajo,/ putilla del rubor/ helado, escapo/ a férrea ley:/ devoro el agua, el pez,/ me sobrevivo./ Estoy muerto./ Estoy vivo./ Soy un rey”.
El discurrir del tiempo encuentra una compacta interpretación en “Mi Dios, qué bellos éramos”. Aquí una justa reminiscencia de “El aullido”, de Ginsberg, no habla de los mejores, sino que solamente expresa: “Yo vi perderse a una generación”. La disposición textual, además, resulta sugerente: un nombre, un verso: “Carlos/ Omar/ Sigfredo,/ Ángel…”. Cuando Calderón escribe: “barridos con las hojas/ de un otoño feroz en un país sin estaciones”, el metro y el ritmo acompañan a la amarga nostalgia del viento.
Parloteo de sombra indaga en cuestiones de existencia: “el camino de subida/ y de bajada/ no es el mismo./ No es el mismo/ el hombre que sube/ baja el camino/ se dispara/ un tiro hipotético/ habla/ de una tierra perdida”; citamos versos del poema “Vendrán días peores”, cuyo remate final es notable: “El sol rompe en migajas el país natal”.
En “Dos girasoles sobre el asfalto”, la impronta de Eugenio Montale (tan importante en su obra) se materializa de manera sugerente: “Una oruga cantándole a un gusano/ —la canción de la morfina —/ la cabeza roída por dentro/ el tallo esplendente conectado al tubo de oxígeno”. Se trata de una clara correspondencia con la “Balada escrita en una clínica”; determinados elementos como “morfina” u “oruga”, componen una trágica musicalidad, aun cuando sus acepciones sean un tanto diferentes; escribe Montale (la traducción es de Armando Uribe): “… tus gruesos/ anteojos de tortuga/ que de noche te saco y acerco/ a las ampollas de la morfina”.
La autora de Parloteo de sombra presenta sus poemas sin divisiones, estableciendo así una sutil continuidad de intención. La preocupación por lo americano, ligado a la estilización de su intimidad y la recurrencia de la muerte, sin descuidar el espíritu de otras culturas, componen la sólida urdimbre de este bello poemario.
Pablo Azócar (1959), en El placer de los demás, se halla en medio de una búsqueda formal en la que se advierten, sin duda, las virtudes de un autor talentoso.
En sus versos, de poética y referencias distintas de modo notorio a las de Calderón, se da a veces una asimilación parcial de influencias heterogéneas que no favorecen la musicalidad y el despliegue de su imaginación. Su deuda, a veces demasiado visible, se establece con poetas chilenos menos consolidados que lo conducen, a ratos, a un cierto exceso de prosaísmo y monotonía en el ritmo. Es el caso, por ejemplo, del abuso de la acumulación narrativa. En cambio, cuando se distancia de esos influjos entrega versos excelentes como los que ofrece el poema “Un vagabundo toca en sordina”. Se trata de un texto que habla de un cruce de miradas, del encuentro de dos mundos, en el cual distintos elementos, perfectamente dispuestos, producen hallazgos reveladores: “Al lado de su cama/ hay apilados tres libros de Hamsun/ en el siguiente orden:/ Bajo la estrella de otoño/ Un vagabundo toca en sordina/ La última alegría/ Según Antonia, esos tres títulos, dispuestos así,/ organizan el mejor poema del mundo./ Al lado izquierdo de su cama hay otro título, Hambre,/ pero sobre eso ella no habla”.
Otro poema destacable en este libro, que también es entregado sin divisiones (son quince poemas, varios extensos), es “Instante”. Se trata de una experiencia musical en la que los oyentes, en profundo contacto con el ejecutante, se sienten “suspendidos en el aire”. De manera sorprendente, la composición y extensión de los versos ilustran lo que el poeta dice. Aquí, contenido y forma hallan una indiscutible correspondencia.
Siguiendo los pasos de la búsqueda de Azócar es necesario mencionar el poema narrativo “Los niños sin padre se vuelven lobos” cuyo motivo conductor es el ajedrecista Bobby Fischer. Esta composición —cercana a la poesía “exteriorista” representada principalmente por Ernesto Cardenal— es un logro en cuanto a tensión poética y agilidad.
En la poesía de Pablo Azócar, no obstante aquel carácter en formación o de tanteo (manifiesto mayormente en los poemas largos), es justo destacar sus aciertos en cuanto a su vitalidad, proximidad y empleo de un lenguaje a la vez depurado y directo.
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Posteado por: Hans Bender Fuschlocher 04/07/2009 13:53 [ N° 1 ] |
Lo felicito, Pedro Gandolfo. La calidad de sus comentarios críticos es un faro dentro del devenir de nuestros días. |
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