
Inglaterra es, tal vez, el país que ha aportado la mayor cantidad de políticos o criminales que fueron escritores de calidad: Isabel I, Marlowe, Raleigh, Disraeli, Churchill son claros ejemplos que relacionan a la literatura con el poder o lo ilícito. Ahora debemos agregar a Jeffrey Archer, quien, tras su carrera como diputado, ingresó a la Cámara de los Lores en 1992. Después de uno de esos escándalos que la prensa británica adora, fue sujeto a un proceso penal y condenado a 4 años de cárcel por perjurio. Ni corto ni perezoso, Archer redactó sus memorias y Juegos del destino se convirtió en un best seller internacional. A ese texto siguieron La falsificación y Casi culpables, con idéntico éxito de público. La crítica se ha rendido ante Archer y un influyente diario americano lo llama “uno de los 10 mejores narradores del mundo”.
El impostor (Grijalbo, $17.000), que acaba de aparecer, es un extenso melodrama judicial y, a primera vista, se diría que es una crítica al más antiguo procedimiento para enjuiciar a las personas, esto es, el sistema de jurados, establecido en la Carta Magna de 1215: doce ciudadanos, tutelados por un juez, se pronuncian acerca de la culpabilidad o inocencia de un acusado. Los libros, el cine, la televisión, nos han acostumbrado tanto a ese teatro, que inclusive en Chile, donde las actuaciones y procesamientos eran por escrito —hoy son orales—, la gente creía que acá todo era igual que allá, o sea, que bastaba con la astucia o la capacidad oratoria de un letrado para que el más duro hampón quedara en libertad o alguien inocente fuese enviado a la sombra porque le tocó un abogado inexperto. Un ritual que descansa en las sorpresas, los testigos inesperados o vuelcos que dejan sin aliento a los reporteros, se presta para toda clase de manipulaciones. Y si no hay ninguna nación en el orbe cuyos habitantes se vean a sí mismos cual máximos epítomes de civilización, tampoco existe otra que considere a sus tribunales de justicia insignes pilares de la más excelsa virtud del planeta. Conviene recordar que el Reino Unido fue el penúltimo socio de la Unión Europea que abolió la pena capital, debido a la cantidad de personas que fueron sentenciadas mediante aberrantes errores jurídicos.
Archer juega con estas y más variantes en una trama muy efectista. De este modo, leemos las 600 páginas de El impostor con placer, ansiosos a la espera de acontecimientos fenomenales, en ocasiones tan absurdos y ridículos que, si no fuera porque Archer tiene buena pluma, luego cerraríamos el tomo al advertir las incoherentes concomitancias de la historia. El joven Danny Cartwright, de origen obrero, es enviado a cadena perpetua por un asesinato que nunca cometió, mientras los homicidas, de la élite gobernante, quedan impunes. En la celda conoce a Moncrieff y Crann, sometidos a reclusión por un consejo de guerra durante el conflicto serbocroata. Moncrieff y Danny parecen gemelos, y cuando el primero es ahorcado, el segundo puede salir del recinto de máxima seguridad de Gran Bretaña adoptando el físico y los conocimientos de su compañero. El impostor debe su atractivo a las alusiones a dos novelas clásicas en torno a fugas o casos que duran generaciones: El conde de Montecristo, de Dumas, y Casa desolada, de Dickens. Una vez que circula por Londres, Danny se familiariza con Wilde, sobre todo La importancia de llamarse Ernesto. A estas alturas, Archer ha renunciado a cualquier reproche inicial contra el sistema de castas imperante en su patria, el surgimiento de una plutocracia fundada en los intereses, la inicua repartición de tierras, en fin, los tabloides que hace poco tiempo lo hicieron picadillo. Por el contrario, todo lo insular le encanta: el té, conducir por la izquierda, la negativa a adoptar el euro, el Old Bailey y el histrionismo de los tinterillos. No es raro que el volumen comience y termine con esas liturgias que fascinan a legos y especialistas.
Tampoco es raro que nos subyuguemos con los lugares comunes de El impostor. Para qué estamos con cuentos: a todos nos encandilan los palacios con mayordomos, la suprema ironía de los magnates de la City, los matrimonios de aristócratas y plebeyos, siempre que tengan un distinguido toque anglo. Sería entonces torpe esperar algo distinto a clichés, autocomplacencia y una cuota de amenidad en los títulos de Archer. Al dar vuelta la última página de este folletín, dan ganas de ponerse a cantar “God save the Queen”.
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Posteado por: dario araya rios 05/07/2009 18:34 [ N° 1 ] |
...Good save the Queen" |
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Posteado por: Mónica Riveros Gutmann 06/07/2009 01:44 [ N° 2 ] |
Encuentro algo aventurado eso de decir que Inglaterra es el país que ha producido la mayor cantidad de escritores ligados con el crimen o la política. Francia no le va en zaga: Rimbaud, Genet, Verlaine, Sartre, Voltaire, Rousseau, Victor Hugo son solo botones de muestra de lo mismo. |
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Posteado por: Ernesto Parra 06/07/2009 01:49 [ N° 3 ] |
Muy buena crítica y muy divertida. Marks se ríe de los ingleses, pero también de nosotros mismos, que durante siglos hemos reverenciado todo lo british como máximo símbolo de cultura, prestigio y civilización. |
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Posteado por: Ernesto Parra 06/07/2009 22:35 [ N° 4 ] |
Y es cierto eso de que Inglaterra y los ingleses deben ser el país y la gente más arrogantes, autosatisfechos y creídos del paneta. |
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Posteado por: Sonia Arnal 07/07/2009 12:06 [ N° 5 ] |
Si la novela se parece remotamente a "El conde de Moncristo" es entonces excelente. Pero no lo creo, realmente no lo creo. Por desgracia, ya no se escriben ni se escribirán más esos libros y lo que viene, como se ve, será cada vez de peor calidad. |
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Posteado por: Sonia Arnal 07/07/2009 18:52 [ N° 6 ] |
¿Y son tan creídos y arrogantes los ingleses, como se desprende de esta crítica? Yo pensaba que, ahora que prácticamente son los representantes de EEUU en Europa algo habrían agachado el moño. |
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Posteado por: Bernardo Gutierrez 08/07/2009 20:28 [ N° 7 ] |
Se les olvidó poner que somos los ingleses de América. ¿Significará algo positivo a estas alturas y tal como quedan en esta crítica? |
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Posteado por: Bernardo Gutierrez 09/07/2009 22:00 [ N° 8 ] |
En Inglaterra se originó el racismo, el sistema de clases infranqueable, imposible de superar, el prejuicio contra nacionalidades extranjeras, la creencia de que todo en ellos es superior, supremo, la altanería y engreimientos nunca vistos en otras partes. |
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Posteado por: Carlos Gumucio 09/07/2009 22:06 [ N° 9 ] |
Y donde tuvieorn colonias, dejaron tras sí caos, anarquía, desastres políticos y económicos insolubles: India, Banglaldesh, Paquistán, Irak, para no hablar de las naciones africanas, sumidas en la miseria y las guerras permanentes. Los españoles se fueron de aquí hace 200 años y, a estas alturas, nada podemos criticarles. |
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Posteado por: Carlos Gumucio 10/07/2009 17:02 [ N° 10 ] |
No debemos olvidar, sin embargo,que la literatura inglesa es una de las mejores del mundo y eso redime los defectos de gobernantes o colonizadores. Jeffrey Archer no será un genio, pero es entretenido, culto, divertido y eso puede decirse de pocos autores del ámbito hispanoparlante. |
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