
La contadora de películas es una novela que se lee con facilidad pero que al final deja una sensación de frustración, de gusto a poco, de un texto que sólo verificó a medias sus potencialidades y que se evapora como si no tuviese consistencia alguna.
La historia de esta obra prácticamente ya está contenida entera en el título. No es más que eso: una muchacha de una oficina salitrera se hace célebre, primero en su casa (un hogar muy pobre) y luego en el pueblo entero por su talento para narrar las películas que semanalmente se dan en el cine del pueblo. Sus narraciones y escenificaciones resultan más atractivas que las películas mismas. La idea es buena, aunque no original.
La forma en que el autor relata esta historia se caracteriza por la pobreza de los recursos narrativos empleados. Hay que señalar, a su favor, que la biografía de un cuenta-cuentos o, en términos más abstractos, la defensa del origen popular de la literatura, el elogio a la oralidad, el relato de formación de una narradora innata, la reivindicación de la palabra sobre la imagen cinematográfica, está planteada en esta breve novela (118 páginas apenas) con sencillez y sin pretensiones. Salvo una innecesaria referencia a Shakespeare, esta obra se ubica en las antípodas de la pedantería e incursiona, deliberadamente, en una simpática estética del lugar común.
La novela es un monólogo en el que la narradora y protagonista relata su ascenso y decadencia como contadora de películas. No hay, sin embargo, ningún asomo de elaborar personajes con profundidad ni anudar situaciones complejas que levanten inquietudes. Tanto la protagonista (que colma la historia) como los personajes secundarios son tratados superficialmente como si apenas tuviesen un mundo interior. En este sentido, el narrador de La contadora de películas, no cumple la promesa de su protagonista: “Mis narraciones de películas los sacaban de esa nada agria que era el desierto y, aunque fuera por un rato, los transportaba a mundos maravillosos, llenos de amores, sueños y aventuras. A diferencia de verlos proyectados en una pantalla de cine, en mis narraciones cada uno podía imaginar esos mundos a su antojo”. El lector, en esta novela, al contrario, reposa en una sosegada tranquilidad: nada despierta e incita su imaginación —esa virtud que la protagonista se jacta de dominar a su arbitrio— y se adormece aquí plácidamente, pues el narrador, en cierto modo, le acuna. Esta novela de Rivera Letelier tiene, en efecto, algo de cuento infantil. El lenguaje empleado es llano, sin rebuscamiento y es coherente con la identidad del narrador, salvo quizás allí donde dice: “Cuando se detuvo y, mesándose la barbilla, volvió a mirarme, recordé —por su gesto de mesarse la barbilla— haberlo visto una vez en casa hablando con mi madre”.
El problema central de esta novela, no obstante, es la falta absoluta de tensión y, a raíz de ello, de un desenlace convincente. La temporalidad es plana y el paso del tiempo es marcado sólo por datos exteriores. En ningún momento se produce un giro, una sorpresa, una torsión en el relato. Cuando parece que lo está preparando, cuando la narradora anuncia que ya llega algo que va cambiar su destino y el destino de la historia, las circunstancias, aunque terribles, acaecen sin mayores efectos sobre la protagonista que permanece inconmovible. Falta en este relato un mínimo manejo del suspenso y ello es paradójico porque los contadores populares de historias (con los cuales se podría asimilar la figura del escritor del estilo de Hernán Rivera Letelier) son personas que tiene un gran sentido del suspenso y son capaces de mantener en vilo a la audiencia, con pocos elementos, sin necesidad de grandes disfraces. En el desenlace, opta Rivera Letelier por acumular desgracias y, como si estuviese dudoso de su primer final, le añade un segundo pero ambos débiles o postizos porque no existe auténtica trama que resolver. Es que todos los hilos de esta novela son cortos, predecibles y nunca se separan, ni mínimamente, de las concesiones a un género de relato de entretención ligera.
La facilidad de lectura (que esta obra, sin duda, proporciona) no es, con todo, sinónimo de goce literario. Rivera Letelier sólo se queda en un embrión de novela, porque le falta introducir los pliegues, densidades, vueltas de tuercas, perplejidades en la estructura de su texto y en la forma de su lenguaje. Aprovechar las virtualidades enormes que tiene la palabra escrita para generar un lector activo, copartícipe en la labor creativa de autor —lo que la sigue distinguiendo del cine o la televisión— es lo que precisamente se echa de menos en La contadora de películas. En definitiva, un texto simpático pero lejano muy lejano a la literatura de calidad.
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Posteado por: Arturo flores Pinochet 05/07/2009 13:38 [ N° 1 ] |
Una forma de desacreditar una novela es enrostrarle la pobreza de recursos narrativos, la carencia de elaborar personajes con profundidad ni anudar situaciones complejas que levanten inquietudes. Tambien decir que "hay una absoluta falta de tensión, con una temporalidad plana y sin un desenlace convincente".A eso añade "un minimo manejo del suspenso, no existe auntentica trama que resolver y falta introducir pliegues, desnsidades, vueltas de tuercas, perpejlidades en la estructira de su relato", etc. |
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Posteado por: isidoro hood stirman 05/07/2009 22:57 [ N° 2 ] |
Reitero mi que me sorprendió el libro ¿Brujas o princesas? |
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