Pedro Gandolfo
Domingo 12 de Julio de 2009
Un Levrero de primera

La lectura de estas tres novelas breves del uruguayo Mario Levrero (1940-2004) atrapa por los múltiples y enigmáticos sentidos que ofrece. En ellas se reúnen diversos atributos.

Ante todo, una prosa impecable, en ningún caso académica, pero que podría ser llamada rioplatense, concisa, despojada de cualquier barroquismo, indicada para la ironía: clara y, a la vez, con cierto toque de misterio (semejante, en cierta manera, a la de Borges, Bioy Casares, Sabato, Arlt y Denevi, por nombrar a algunos). Así, La ciudad, París y El lugar extienden, a través de una voz singular y atractiva, esa importante tradición de la narrativa hispanoamericana.

Con todo, hay otros influjos que se advierten de modo más nítido y poderoso. Levrero, antes que a nadie, le debe mucho a Franz Kafka, pero es de aquellos autores que captan el principio profundo (no la mera superficie exterior) del otro y lo incorporan con vivacidad a lo que se narra, disponiendo aquí y allá los elementos necesarios —en una sucesión de imágenes logradas— a su propia impresión de la realidad. En el caso de Kafka, como bien lo señala Ignacio Echevarría en el prólogo a La ciudad, Levrero hace suyo el papel central de la distracción (“El mal es lo que distrae”). Los personajes de estas novelas son colocados, desde la partida, en una cadena de accidentes que los alejan o desvían de su destino u objetivo: llegar o retornar es una empresa casi imposible porque algo lo retrasa en una sucesión incierta de “excursos”. A veces, ese “algo” asume el carácter de una institución impersonal, abstracta, omnipresente, aunque poco visible; otras, es el azar disperso de la existencia.

Otro aspecto importante de subrayar es la personal forma que adquiere en estos relatos el mundo onírico, lo cual lo vincula con el surrealismo: Levrero subvierte la distinción entre lo real y lo irreal, entre el sueño y la vigilia, confundiendo los límites y las categorías de ambos, pero siempre sometido a una coherencia no menos precisa que indefinible. En algunos casos, especialmente inquietantes, el escritor uruguayo logra crear esa sensación onírica despojando a la realidad cotidiana de las señales e informaciones usuales que le conceden un aparente sentido. La realidad desnuda, entonces, al igual que en Kafka, viene a ser una alegoría de la condición humana, de lo absurdo, de lo equívoco y retorcido de la misma.

En La ciudad (1970), un personaje, cuya identidad no se indica, llega a una casa en ruinas. La historia se inicia cuando decide ir de compras a un almacén. El extravío original, en medio de la lluvia, lo conduce a una extraña “ciudad”, en que un tal Giménez y otras búsquedas, encuentros y desencuentros lo retienen de modo exasperante. Es un viaje en que nunca llega a su objetivo y, finalmente, no sabemos si regresa.

En París (1980), desde que el protagonista, también sin nombre conocido, llega (o regresa) a la Ciudad Luz, en una tarde gris, se desencadenan una serie de eventos extraordinarios que terminan por desestabilizar al lector. El París que presenta Levrero es un París enrarecido, a veces espectral, y su peregrinaje incluye alteraciones del espacio-tiempo de modo que la invasión alemana es traída hasta nuestros días, transmitida por televisión, y en ella se enfrenta la caballería con modernos tanques. El personaje se encuentra, en determinadas ocasiones, dividido entre dos mundos: uno, el del “sueño voluntario”, autoinducido, que después deja de serlo, y, el otro, el de la realidad, la realidad de ese París que tampoco tiene nada de real, y más bien enrostra el patético absurdo de la existencia. Levrero, pues, tiende una efectiva trampa al lector, envolviéndolo en su lógica particular como en las novelas de Lewis Carrol.

El lugar (1984) es una novela tal vez menos dispersa que la anterior. En ella, el protagonista (también innominado) despierta en una pieza desconocida (su despertar evoca, inevitablemente, el despertar de Gregorio Samsa, en La Metamorfosis), de la cual intenta salir. Ese afán se transformará pronto en una aventura onírica espantosa, con momentos de calma y erotismo —el erotismo, siempre trunco y deprimente que se encuentra también en La Ciudad y París—. El personaje se halla encerrado en una construcción que únicamente le permite ir de pieza en pieza sin poder regresar sobre sus pasos. El humor (otros de los atributos comunes de esta trilogía), un humor absurdo, cruel a veces y otras sutil, irrumpe en varias ocasiones en diálogos, escenas o atmósferas. Como contrapartida, la violencia (actual o amenazante) y la inclusión de seres pusilánimes y dañinos son recurrentes en las tres obras.

La reedición de estas novelas de Mario Levrero, “La trilogía involuntaria”, se justifica plenamente por la visión única de la realidad, extraña y a la vez familiar, que este escritor uruguayo logra transmitir.

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