
A veces me felicito de no haber cumplido treinta años en la década del sesenta. Cuando escucho los relatos de los escritores de esa época, íntimamente experimento una leve incomodidad. La mitología que resume sus vidas literarias es, según mis parámetros, espantosa: la ingesta de vino tinto sin atender a su calidad, la discusión ideológica, la toma de posiciones en relación a Cuba, el compromiso político en general, los almuerzos prolongados hasta el amanecer del día siguiente.
Sin duda, los escritores de ahora —o los que hoy estamos en la edad peak— somos producto de un sistema muy distinto. Contamos con que la vida es una cadena de responsabilidades y de apuros. No ralentamos la cháchara con el efecto aletargado del vino, sino que vamos directo al estímulo más fuerte de algún destilado de mayor gradación alcohólica, brebajes a los que nadie se le ocurriría dedicarle lagrimones nostálgicos ni panegíricos ni odas.
Hace un tiempo una revista sacó un reportaje a los “poetas gerentes”, entre los que se contaban, según me acuerdo, Matías Rivas, Juan Cristóbal Romero, Cristóbal Joannon. La idea es graciosa, por cuanto para las viejas oleadas y resacas románticas un poeta era equivalente a un loco tembloroso, desharrapado, despojado, cuya sensibilidad superior lo obligaba a hacer de su cuerpo la carne sufriente de las injurias del mundo. En el año 83, en el Il Bosco, un poeta de aspecto cristiano y de apellido San Martín pedía plata a los profesores de los liceos nocturnos que ahí se reunían. Cuando había juntado una cantidad mediana de dinero, sacaba de su bolsillo un billete muy superior a esa suma y se los enrostraba a sus benefactores.
Es extraño que en la poesía —al menos en la chilena— el resentimiento constituya una tradición que no retrocede. Muchos explican sus fracasos grisáceos echándoles la culpa a fantasmales “camarillas”. Creen que en la feble actividad de la poesía opera “el poder”, como si estuvieran hablando de la Bestia Negra a la que hacía mención Richard Nixon.
Si mis archivos no andan mal, puedo decir que Eliot tiene que haber sido el primer poeta gerente y que se trataba más que nada de un neurótico. Sus fantasías de identidad no eran románticas: carecía de la necesaria grandilocuencia. Probablemente él era el primer sorprendido de haber logrado una obra significativa. Como a los escritores actuales, lo agobiaba la falta de tiempo y de energía. En sus textos en prosa adivinamos el esfuerzo que hacía por ser a la vez claro y complejo.
Quien me ha dado informaciones sobre el tono de la vida literaria santiaguina de los sesenta es Germán Marín, y sin duda conserva los tics de esa época que marcó en su caso el tránsito de la juventud a la madurez. Pero hay algo en Marín que no lo ha estancado en el estilo de un momento pretérito: su curiosidad por la vida y la diversión que le procura la cercanía de escritores jóvenes y notoriamente insolentes.
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Posteado por: eugenio salas rivera 19/07/2009 10:17 [ N° 1 ] |
Distinguido señor Merino: Yo también podría darle informaciones sobre el tono de la vida literaria santiaguina de los sesenta, la que no estaba circunscrita, como usted proyecta, a tertulias de advenedizos resentidos en peñas hediondas donde se consumían empanadas recalentadas bajadas por el gaznate con vinos tintos execrables, todo servido en platos y vasos de greda de Pomaire sobre la madera desnuda, "quemada", de las mesas. Me alegra de que usted se considere en edad "peak", pero me preocupa de que nos eche a todos en el mismo saco, indicando de que no "ralentamos" la cháchara con el efecto "aletargado" del vino. Es asunto suyo si usted se estimula habitualmente con algún destilado de mayor graduación alcohólica. Por si tiene planes de viaje, no compre boleto a Salamanca. Tiempo perdido. Saluda a usted respetuosamente, Un escritor chileno aún en edad "peak", no neurótico, sin aspecto de poeta gerente, poeta cristiano y nada de tembloroso. |
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Posteado por: Armando Arrabi Andueza 19/07/2009 11:03 [ N° 2 ] |
Lúcidas sus palabras. Y ud., que los conoce, dígame: ¿hay alguno de esos poetas, que hubiere dedicado a la humanidad, algunos versos de excusa por frivolidad, esa que les hizo santificar y recomendar a los pobres del mundo regímenes como el de Cuba, los socialismos de Europa Oriental, idealistas como Ernesto Guevara, aquel "Tirofijo" argentino? Hay algún poeta de entonces, que haya pagado sus culpas con los hombres? |
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Posteado por: Hernán Castellano Girón 22/07/2009 11:56 [ N° 3 ] |
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Posteado por: Hernán Castellano Girón 22/07/2009 12:00 [ N° 4 ] |
continuación... Los sesenta fueron la culminación de valores humanos como la solidaridad y el deseo de justicia social, expresados en un lenguaje y un estilo de vida y de creación donde aún se podía ser un literato y no sólo un competidor encarnizado entre envidiosos y arteros. Cuando existían las tertulias literarias, los talleres dirigidos por verdaderos maestros como Braulio Arenas, Enrique Lihn o Alfonso Calderón, y se daba un diálogo respetuoso y la fraterno entre los creadores grandes y chicos. |
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Posteado por: Daniel Beza Islas 22/07/2009 14:12 [ N° 5 ] |
"Recordemos que la insolencia de por sí no tiene ningún valor, al menos literario." Qué es la insolencia para usted señor Castellano? (en este contexto). |
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Posteado por: Hernán Castellano Girón 24/07/2009 15:43 [ N° 6 ] |
Esa definición--de por sí resbalosa--habría que preguntársela al articulista. |
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Posteado por: Daniel Beza Islas 26/07/2009 17:53 [ N° 7 ] |
Je! La verdad, me pareció divertido preguntarle a usted, al señor 'Castellano' respecto a tal definición. Quizá el señor Merino lo asocia al mentado peak? En todo caso, cada uno tendrá su opinión. Creo que justamente en la literatura no hay nada que a priori carezca de valor. La forma (si la insolencia viviese allí) siempre puede ser tan divertida. |
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Posteado por: Hernán Castellano Girón 28/07/2009 00:23 [ N° 8 ] |
Estimado Daniel Beza, claro que usted tiene razón (también) |
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