
Andrew Wilson irrumpió en el ámbito de las letras inglesas con una premiada biografía de Patricia Highsmith y, poco después, con el thriller Mentiras en Venecia (la traducción correcta sería “La lengua dice mentiras”, una cita de Aretino incluida en el libro). A primera vista, el relato posee rasgos en común con los de la maestra en el género negro: una atmósfera viciada pese al esplendor circundante, un tema central que se ramifica en direcciones insospechadas, un héroe completamente amoral, patológico, pero las semejanzas terminan pronto. Mientras la prosa de Highsmith es líquida, parca, sin ostentaciones cultas, la de Wilson es artificiosa, trabajada, a ratos algo petulante.
Mentiras en Venecia (Ediciones Plata, Urano, $13.450), en todo caso, justifica las afectaciones debido a que, detrás de una absorbente trama, la cuestión de fondo es una interrogante acerca de la corrupción de muchas concepciones librescas, la perversidad en el anhelo por lograr la fama, el carácter deshonesto de ciertas instituciones y personas vinculadas con la literatura. En ese sentido, la primera narración de Wilson parece bastante inaudita dentro de lo que suelen ser las ficciones dedicadas a los crímenes. Y cualquier lector atento notará los perturbadores acentos de una historia bien contada, con un trasfondo bastante sórdido. En consecuencia, se perdonará enseguida el aparataje de referencias y la bibliografía, que podría originarse en la internet.
Las páginas iniciales de Mentiras... evocan Los papeles de Aspern, una obra maestra de Henry James sobre un crítico literario que se inmiscuye en la vida de dos mujeres en su obsesión por encontrar los documentos de un poeta. Adam Woods, el protagonista de la intriga, se instala en un vetusto palacio veneciano para cuidar a Gordon Crace, un decrépito escritor confinado por décadas, sin ninguna conexión con el exterior y, sobre todo, sin querer hablar una palabra en torno al título que lo hizo conocido en los años 60, llevado con gran éxito al cine y un objeto de culto para especialistas y público en general. “Club de debates”, lo único que editó, revela la civilizada brutalidad de un grupo de estudiantes de un típico internado secundario de esa época que decide dar muerte a un profesor de idiomas clásicos y queda en total impunidad. En principio, los planes de Adam consisten en desempeñarse como factótum para el extravagante anciano y aprovechar las horas libres en su primera novela. No obstante, enseguida se da cuenta de que el triunfo será mucho más fácil, con seguridad fulminante, si acomete la empresa de componer la biografía de Crace. La tarea es casi imposible porque el recluso se deshizo, en forma metódica, de todo vestigio de su pasado y también por causa de que, a pesar de que Adam se le hace indispensable, se niega a hablar de su historia personal. El joven no tarda en descubrir las propensiones homosexuales de su empleador y, como carece de escrúpulos o decencia, se fabrica falsos romances con hombres y plañideras anécdotas de incomprensión familiar y social. La estrategia surte efectos inmediatos y Crace no puede dejar de simpatizar con Adam, en quien comienza, por única vez en su existencia, a confiar, relatándole torturados fragmentos de su identidad.
Aun así, ellos resultan demasiado insuficientes, simples dichos que sirven para que Adam tome notas a escondidas. Crace es recalcitrante en extremo y nada ni nadie logrará que diga más de lo que quiere. Para entonces, el frenesí maniático en pos de información devora a Adam. Al percibir que ya no conseguirá mayores datos provenientes de su benefactor, pretexta el funeral de su abuela, muerta cuando él era un niño, decidiendo regresar a la patria con el fin de proseguir sus indagaciones.
Lo anterior es un preludio para acciones más complejas, giros súbitos y, claro, los encuentros con la competencia; es decir, literatos que andan tras los pasos de Crace para lanzar los escandalosos sucesos de su intimidad.
Esta segunda parte es menos interesante que la primera. De nuevo, se repite un fenómeno que ya es un lugar común en la narrativa contemporánea: la búsqueda en bibliotecas, archivos, museos y localidades que no figuran en el mapa con el fin de dar con las huellas de quien fue una celebridad y hoy es un fantasma de todo aquello, alguien que niega la realidad y se ha convertido en una sombra viviente. Así, Mentiras… es un promisorio debut y cumple con las expectativas de una buena crónica de suspenso.
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Posteado por: Ernesto Parra 03/08/2009 18:39 [ N° 1 ] |
Parecería que este crítico piensa que la mejor narrativa actual es la policial. Creo que nunca o casi nunca le he visto hacer malas reseñas de novelas negras. Y tal vez tiene razón, después de todo, porque lo que hoy llaman literatura "seria" es cada vez peor. |
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Posteado por: Ernesto Parra 05/08/2009 13:54 [ N° 2 ] |
Sí, insisito en que la literatura que a la crítica y a las universidades interesa consite en autores tan abrurridos como C. McCarthy, Thomas Pynchon,John Barth, William Gass, Don DeLillo y otros ladrillos peores. |
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Posteado por: Margarita Fernandez 05/08/2009 13:56 [ N° 3 ] |
Lo voy a leer como sea porque el tema me interesó enseguida y si se parece a Patricia Highsmith, aunque sea de modo remoto, tiene que ser bueno. |
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