
Durante el mandato de Harry Truman, los demócratas rivalizaron con los republicanos en el Congreso de los Estados Unidos para ver quién trataba con más dureza a la izquierda. La gente perdía el empleo o veía truncadas sus carreras por cosas que había dicho o causas que había apoyado quince años atrás. Muchos fueron acusados, investigados y despedidos sin saber cuáles eran los cargos ni quién los había formulado. Se confeccionaban listas negras en todo ámbito de profesiones. Las confesiones públicas de “errores” juveniles se habían convertido en el nuevo deporte nacional. En definitiva, una verdadera psicosis se apoderó de los dirigentes y los habitantes del país del norte.
Fueron los tiempos de la “temible” amenaza roja.
Este escenario histórico es el que acompaña este relato: inspirado en los juicios a que fue sometido el matrimonio compuesto por Ethel y Julius Rosenberg, ambos acusados de traspasar información confidencial a la extinta Unión Soviética sobre secretos relacionados con la creación y producción de la bomba atómica, y condenados, por ello, a morir ejecutados en la silla eléctrica, E. L. Doctorow (1931) estructura una novela dura, amarga y cruel que proyecta destruir conciencias tranquilas e inquietar al lector desprevenido. El protagonista de la novela es Daniel Isaacson, un joven universitario que prepara su tesis y encerrado en la soledad de una biblioteca comienza a recordar los hechos que marcaron su infancia. Cuando empieza la narración, sus padres, los Isaacson/Rosenberg, han sido ejecutados hace más de catorce años, y pese a que ya ha transcurrido el tiempo suficiente como para aceptar la pérdida, la herida continúa abierta. Son los últimos años sesenta, Daniel abraza la causa del hippismo, cuyos cánticos de protesta por Vietnam se confunden con las reivindicaciones de los negros, mezcladas con las canciones de Paul Robenson y Janis Joplin. Época de una revolución que no fue, de un sueño que no llegó a transformarse en esperanza y que murió sepultado por toneladas de realismo.
Daniel tiene veintisiete años, unos padres adoptivos que él quiere y respeta, una esposa que lo adora, a la que él somete a enfermizas humillaciones pues se siente incapaz de llegar a amarla, un hijo pequeño que sólo le produce rechazo y una hermana menor que ha sobrevivido a un intento de suicidio y con la que había roto relaciones las pasadas navidades. Su vida carece de mayores sentidos, hasta que se descubre removiendo las ruinas de su infancia en busca de alguna explicación, una pista o algún indicio que termine por ofrecerle una salida. Esta es una novela que, más que perseguir verdad o justicia, se centra en la búsqueda del protagonista por alcanzar su propia salvación. En efecto, del mismo modo que su homónimo bíblico, Daniel se da cuenta que necesita contar su historia y la de su familia para cerrar esa herida abierta que no le permite mirar con optimismo el futuro.
Es un libro salpicado de recuerdos, rico en personajes interesantes e imágenes de época que abarcan desde el problema del inmigrante y la quema de cartillas de reclutamiento frente al Pentágono, hasta otros más íntimos, como el escape junto a su hermana de un orfanato, los fines de semana pasados junto a sus padres mientras éstos esperaban condena en el corredor de la muerte; pero también es una denuncia contra la hipocresía de un país entero y sus actores políticos, contra la complicidad del mundo artístico y la pasividad de una izquierda que terminó por desaparecer ahogada en su propio egoísmo e inacción. Con todo, El libro de Daniel (publicado originalmente en 1971) parece haber sido escrito para servir como manifiesto político de una generación a la cual la literatura no ha sabido interpretar muy bien.
Escrita en una prosa desordenada y con pluralidad de capas textuales —que a ratos se torna difícil de seguir— salpicada de proclamas, juicios de valor, canciones de la época, saltos temporales, cambio de narrador y de estilo, E. L. Doctorow, en sus mejores momentos, si bien no alcanza a imponer su obra como manifiesto político de toda una generación, sí triunfa en algo mucho más importante: logra, mediante recursos estilísticos notables, imponer el drama personal (ya no el colectivo) de Daniel Isaacson y hacernos partícipes de su búsqueda, involucrándonos en su perdición o salvación. Así, el único que gana es el lector que encuentra en la pluma de Doctorow a una de las voces más interesantes de la literatura estadounidense posterior a Hemingway.
La traducción, eso sí, perjudica su estilo, ofuscándolo con vocablos de la jerga española coloquial que poco tienen que ver con la realidad estadounidense de los años de la posguerra.
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Posteado por: victor hugo andrade fuentes 25/08/2009 13:24 [ N° 1 ] |
que fome el articulo |
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