

En el lago, de Yasunari Kawabata, se publicó en Tokio en 1954, poco después de Mil grullas y El sonido de la montaña, consideradas obras supremas de su madurez creativa y modelos en la contención del arte prosístico japonés. Los admiradores de Kawabata sufrieron una conmoción y la crítica se dividió en forma radical, pues el repelente protagonista Gimpei Momoi parecía representar una amoralidad, un cinismo, una falta de valores, tanto con respecto a los personajes previos del autor, como en cuanto al contexto de la cultura feudal de Japón. Aun teñida de modernidad e influencias extranjeras, esa civilización conservaba normas de comportamiento humano por completo incompatibles con los hechos expuestos en esta historia. El escándalo, como ocurre con frecuencia en el terreno de la literatura, fue pasajero. Las sociedades con un elevado nivel de ritualismo y jerarquización muchas veces se manifiestan en formas más liberales y anárquicas que aquellas calificadas de permisivas. En la riquísima tradición poética y narrativa nipona, muchas acciones que juzgamos aberrantes o desusadas son lo más normal del mundo.
En el lago (Emecé, $9.900) es una novela escrita según la libre asociación de ideas —no en el significado freudiano— donde lo sórdido y lo excelso coexisten a la par, en un flujo continuo, sin división en capítulos; la importancia concedida a las alucinaciones auditivas y visuales va, poco a poco, dando a conocer el marco de perturbación de un ser miserable y a la vez valiente, arriesgado hasta lo suicida. Gimpei está obsesionado con sus pies —que encuentra feísimos— y con la belleza de las jovencitas que persigue, sin resultados concretos. Muy luego percibimos que mirar, ver, contemplar a las niñas es lo único que le interesa, ya que sea por la razón que sea —Kawabata no explica los motivos ni tampoco describe cuestiones psicológicas—, la observación de la hermosura femenina en la etapa infantil y la adolescencia le basta y le sobra. En su época hubo un paralelo con Lolita, de Nabokov, su coetáneo, y se vio un anticipo de la entronización de las nínfulas como objetos eróticos en la década de los 60. Pero Yukio Mishima, amigo y discípulo de Kawabata, destacó con clarividencia que “la delineación del sexo se expresa libre y natural, y en un sentido que conduce a un antiguo y tradicional país; no en la tradición del naturalismo moderno tomado de Occidente, sino como algo más ancestral”. Y Kawabata detestaba que lo tildaran de nihilista o decadente: “Lo que así aparece es en realidad un modo de anhelar la vitalidad. La vida pura es dinámica, es una energía que se genera por porfiar en un ideal”.
Gimpei no corresponde a lo que podríamos llamar un viejo. Al comienzo, nos enteramos que tiene 34 años; hacia el final, su edad es menos clara. Ex profesor de lenguas en un colegio secundario, ha sido despedido por seducir a su alumna Hisako, quien pasa muy pronto a desempeñar un rol bastante activo en la relación, ya que lleva al maestro a escondidas a su dormitorio y, al ser sorprendida por sus padres, continúa frecuentándolo en un descampado, hasta que su íntima amiga Onda los denuncia a las autoridades. Kawabata es demasiado fino para insinuar siquiera el tipo de vínculo que une a ambas chicas, aunque entrega delicados retazos para que los mal pensados sospechen que algo sucede entre Hisako y Onda.
En adelante, Gimpei irá siempre tras ese ideal inalcanzable, encarnado en las muchachas de efímero esplendor. Gimpei, lejos de ser un depravado, se convierte en un héroe, y así define su creador al que ansía algo tan distante que parece inaccesible. El tránsito repleto de peripecias conduce a Gimpei hacia la perfección de la hermosura inapelable. En la ruta, se encuentra con toda la complejidad femenina: Yayoi, la prima, Hisako y Onda, Miyako, amante de un anciano, y Machie, la estudiante de liceo, novia de Mizuno, a la cual Gimpei le desliza en la cintura una jaula con luciérnagas, que hace resaltar su indescriptible encanto.
Finalmente, en una suerte de caída en el infierno, Gimpei se ve también sometido a la persecución de una prostituta ambigua y desastrada, consumida por la pobreza. En el lago contiene el vértigo y la precisión de un sueño y la persistencia del juicio estético sobre cualquier consideración moral. En palabras de Kawabata, “la belleza es pura, pues provoca una energía consumida inútilmente, una energía empleada en alcanzar un ideal fuera de alcance”.
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Posteado por: Carlos Gumucio 17/08/2009 18:30 [ N° 1 ] |
¿Otra exquisitez japonesa, aderezada con un poco depedofilia, donde nada es claro y todo debemos intuirlo? Por suerte, el libro es barato, pero creo que a lo mejor me gusta más la crítica que el libro. Y eso no es tan raro como parece. |
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Posteado por: Margarita Fernandez 18/08/2009 00:08 [ N° 2 ] |
Creo que también me terminaría por gustar más la crítica que el libro. Solo he leído a Murakami entre los japoneses y me gusta tanto, en realidad me encanta, que por ahora prefiero seguir fiel con él. |
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