
Marcelo Contreras
Paul Anka está en una posición práctimente única, donde muy pocos llegan. Puede pasearse por la historia del pop de los últimos 50 años con una propiedad envidiable. Una de las escasísimas estrellas que amenazó en su minuto el reinado de Elvis, es capaz de dibujar -o desdibujar- la canción que desee. Puede, como lo hizo anoche, cantar "Smells like teen spirit" de Nirvana o "Jump" de Van Halen, y convertirlas en piezas para gran orquesta y voz de crooner, sin que la radical transformación resulte forzada.
Con 68 años, su energía es envidiable. Armó un set de casi 40 canciones que interpretó con urgencia parecida a la de The Ramones depachando cortes de dos minutos sin descanso. Antes de la media hora ya había interpretado clásicos como "Diana", "You are my destiny", "My hometown", "Adam & Eve", "Having my baby" y "Crazy love". Los puristas podrán alegar que no respeta los arreglos originales y que todo suena como si se tratara de un número estelar de un casino, pero Paul Anka simplemente transita por un sendero apartado. Es el camino de un gigante omnipresente por medio siglo, sin señales de agotamiento.
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