
Alguna vez, presenciando una conferencia de Juan Villoro, pensé que los escritores mexicanos tienen una idea del profesionalismo que no cunde mucho entre los chilenos. Villoro hablaba inteligentemente, con fundamentos, y añadía un corolario de certezas, aun en sus apreciaciones sobre la incertidumbre.
Pero no era tanto una cuestión de tomarse en serio el tema, sino que de tomarse en serio la situación. Se me ocurre que ningún escritor chileno aguanta mucho rato la solemnidad de una mesa redonda, foro, charla o lo que sea. Recuerdo haberme reído mucho con las intervenciones en público de Enrique Lihn, que a despecho de la complejidad de la reflexión siempre incluían pequeñas bromas sulfúricas, sutiles pesadeces escépticas. Recuerdo igualmente a Martín Cerda en la presentación de un libro de Marco Antonio de la Parra, confesando que se le había olvidado completamente el compromiso y que no le quedaba más que improvisar unas cuantas ideas, lo que nadie se tomó a mal. Un par de veces he constatado la molestia de Jorge Edwards ante el exceso de información de algún expositor, el fastidio de que alguien se tome la palabra por el codo (yo mismo hablando sobre Joaquín Edwards Bello, por ejemplo). En otra ocasión, en un homenaje póstumo a Lihn, Germán Marín se puso a leer uno de sus poemas como si fuera un cura recitando un salmo responsorial, y los asistentes le llevaban el coro.
Cuando joven fui a la sesión inaugural de un taller de poesía dirigido por Nicanor Parra. Lo primero que dijo fue: “Ustedes me dirán lo que hay que hacer, porque yo no tengo la menor idea”.
Sigo con mi arbitraria generalización: me da la impresión de que cuando los escritores mexicanos son eruditos además lo parecen. Es cosa de asomarse a cualquiera de los infinitos tomos de la obra de Alfonso Reyes y darse cuenta de su fruición —palabra a palabra— por el conocimiento.
Últimamente he sido deslumbrado por un autor mexicano que la ignorancia me había escamoteado: Christopher Domínguez Michael. Su libro La sabiduría sin promesa, que acaba de ser editado en Chile, reúne ensayos sobre escritores del siglo XX, europeos y americanos, de primer, segundo y tercer orden.
Domínguez es a la vez un aventajado especulador y un perseguidor de pistas borradas. Se las arregla al escribir para no apabullar con sus numerosas informaciones, sino más bien logra ponerlas en funcionamiento con el efecto del vértigo. No tengo nada inteligente que decir sobre él salvo una lista de adjetivos elogiosos. Se me disculpará esta falencia, ya que con La sabiduría sin promesa me encuentro en pleno entretenimiento. No he terminado el libro simplemente porque se trata de uno de esos libros que uno quiere tener a la mano durante mucho tiempo: volver a él e ingresar por cualquiera de sus disímiles frecuencias, ya se trate de Herman Hesse, Jacques Rivière, Henry James o el inverosímil Vargas Vila.
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