
Isabel Allende en su última entrega, La isla bajo el mar, más que una “novela histórica”, en estricto rigor, propone una narración romántica y de aventuras con un trasfondo histórico: este último es sólo un pretexto para relatar aquella que bien podría desarrollarse en otro trasfondo. Se trata, pues, de una ficción y se narra como tal y “lo histórico” opera, nítidamente, como decorado o telón de fondo. A veces, el lector tiene incluso la impresión de que los personajes y las acciones se hallan en cierto modo “disfrazados” con el marco de esa otra época y lugar. Lo que se debe juzgar, por lo mismo, no es la eventual cantidad y corrección de la documentación histórica, sino la capacidad de la autora para elaborar una narración verosímil, amena, con un lenguaje y una estructura interesantes e inserta de manera coherente en ese contexto histórico.
La intriga cuenta el ascenso de una esclava negra, Zarité Sedella, que crece en “Saint-Domingue” (hoy Haití), sus amores y pesares hasta su traslado a Luisiana (Nueva Orleans), su liberación y dicha final en un período que va desde 1770 a 1810. Hay que dejar constancia, aunque sea de paso, que en la parte desarrollada en Haití no es difícil percibir una deuda no menor hacia El reino de este mundo, de Alejo Carpentier, situándose éste a una distancia inconmensurable. Así, por ejemplo, escribe Carpentier, refiriéndose a una ceremonia de creencias africanas practicadas por los negros de Saint-Domingue o Haití: “El machete se hundió súbitamente en el vientre de un cerdo negro, que largó las tripas y los pulmones en tres aullidos. Entonces, llamados por los nombres de sus amos, ya que no tenían más apellido, los delegados desfilaron de uno en uno para untarse los labios con la sangre espumosa del cerdo”, y Allende, por su parte, anota: “… se dirigió al cerdo negro del sacrificio atado a un árbol y de un solo tajo lo degolló con su brazo de guerrero, separando la gruesa cabeza del tronco y empapándose de su sangre”.
Sin embargo, La isla bajo el mar falla en lo esencial: la debilidad de su argumento (a menudo desgastado y lleno de tópicos reciclados de tantos folletines y malas telenovelas y, otras, por completo, inverosímil) y la escasa ilación y cambios psicológicos de sus personajes, construidos, según una estereotipada ecuación “blanco-negro” y “malo-bueno” que acaba en una suerte de reconciliación final: así, las mujeres blancas siempre terminan en la demencia, como es el caso de Eugenia García del Solar, la primera esposa de Toulouse Valmorian —quien llega a Saint-Domingue a hacerse cargo de la plantación de azúcar de su padre—, o bien, son seres codiciosos y viles, como viene a ser el caso de Hortense, su segunda esposa. Las mujeres negras, al contrario, son hermosas, sensuales y sabias, y se da también la unión y la procreación “interracial” al término, todo ello con una visible intencionalidad “políticamente correcta”.
La vida de los esclavos en las plantaciones de azúcar, el consuelo del vudú; la avaricia y total falta de sensibilidad de los amos blancos —y la posterior rebelión de dichos esclavos—, sazonado todo esto con escenas sexuales de una eroticidad algo cursi revelan el intento de entretener al lector (legítimo, por cierto), esfuerzo, no obstante, que se frustra por lo extenso, plano, predecible y, no pocas veces, confuso desarrollo del libro en el cual los personajes aparecen y desaparecen y la vaporosa trama recuerda, por momentos, sólo un catálogo de nombres que se pierden en la niebla, para, posteriormente, regresar alentando confusiones.
La isla bajo el mar (el título se refiere al paraíso de los negros) deja pasar demasiadas cosas, o no puede asirlas: esbozos de personajes interesantes, como vienen a ser Gambo, un negro apetecible para las mujeres, además de valiente, o Père Antoine, un hombre santo, preocupado por los que sufren. Sin embargo, ambos pasan a formar parte de una especie de decorado de otras situaciones de orden pasional, perdiendo de este modo consistencia y fuerza dramática.
La novela, que alterna un narrador en tercera persona, omnisciente, con uno en primera, una suerte de diario de Zarité misma, la protagonista (aunque según queda establecido es de condición analfabeta), pierde ritmo por el abierto afán didáctico de algunos pasajes —las consabidas “aclaraciones históricas”— y el tono edificante que se cuela, como en una suerte de larga fábula.
Es importante consignar, en fin, que el castellano de La isla bajo el mar, salpicado de patronímicos y nombres en francés y uno que otro oportuno modismo en “créole”, suena neutro, funcional a las traducciones: es un castellano descarnado, un castellano de ninguna parte, el “español internacional”, como si no importara el idioma en que se escribe porque el lector a que se aspira es global.
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Posteado por: Herman Aguirre Ayala 30/08/2009 17:07 [ N° 1 ] |
Escuche hace unos días atras a Cecilia Rovaretti en Cooperativa y dijo que la novela era ¡¡¡apasionante¡¡¡ AUn no la compramos en casa, aunque yo quiero comprar el de Luis Sepveda, peo parace que voy a perder 3-12 o tendrñe que comprar los dos. Le creo mas a Cecilia que a Gandolfo. recuerdo que cuando vino Madonna el comentario sobre el espectaculo fue ¡¡¡PERFECTO¡¡¡ UNanime. Nadie dijop que fue emocionante. No todo lo perfecto emociona. Y lo que busca la mayoria de los lectores, me incluyo, es emocion a raudales. |
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