Pedro Gandolfo
Sábado 05 de Septiembre de 2009
Dificultades de la elegancia

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La elegancia del erizo, de la escritora francesa Muriel Barbery (1969), relata la vida de dos personas afines, que corren paralelas no obstante hallarse muy próximas, dos cerrados y brillantes microcosmos insertos en el mismo mediocre macrocosmo, personas excepcionales y solitarias cuyos destinos sólo convergen gracias a la mediación final de un tercero. La narración transcurre en un elegante edificio del número 7 de la calle Grenelle, en el séptimo arrondisement de París, habitado desde hace más de 20 años por los mismos copropietarios, todos ellos ricos burgueses. Una de las protagonistas es Renée Michel, “madame Michel”, la portera, de cincuenta y cuatro años, “viuda, bajita, fea, rechoncha” y sin hijos, con su gato León, el televisor encendido a toda hora escuchando programas de concurso y de farándula y su “escasa amabilidad”. En el quinto piso vive Paloma, de 12 años, una adolescente introvertida y huraña, hija de un ex ministro y diputado socialista. Vistas exteriormente parecen corresponder al estereotipo social de “portera” y “adolescente”, pero su interioridad, que ellas tratan de mantener oculta y defender de su entorno, no corresponde en absoluto con él. Ambas, sin saberlo ni una ni otra ya que tan sólo han intercambiado miradas y rápidos saludos, guardan celosamente ese mundo privado que confían tan sólo a sus diarios íntimos. Madame Michel, tras esa coraza de vulgaridad, mal humor e insensibilidad (la fortaleza del erizo) esconde, como si corriera un riesgo por poseerlo, un espíritu inteligente, sensible e ilustrado: lee y reflexiona sobre filosofía alemana (en particular, Kant, Marx y Husserl), disfruta de Mozart (pero también del rapero Eminem), ve cine clásico y japonés; conoce bien la tradición del haikú, los tankas y el manga; es toda una experta en la pintura holandesa del siglo XVII y, sobre todo, lectora de los grandes clásicos rusos (Tolstoi más que ningún otro). Paloma, a su turno, resulta ser de una precocidad e inteligencia sobresalientes (en su diario se ha propuesto anotar “el mayor número posible de ideas profundas”) y vive una existencia torturada por la soledad y desajuste con su medio familiar y social, al cual rechaza por su falsedad y frivolidad. De hecho, Paloma, quien posee la “certeza de que la vida es una farsa” y no cree poder “resistir hasta el final”, ha programado para su próximo cumpleaños el incendio del lujoso departamento paterno y su suicidio.

Después de la muerte de uno de los propietarios llegará al edificio un nuevo habitante, el japonés Kukuro Ozu, el tercer protagonista de la novela, cuya refinada mirada captará el carácter fuera de lo común de Renée y Paloma y actuará como bisagra entre ambas. Él es quien generará, por consiguiente, la convergencia de las dos historias paralelas.

Barbery estructura hábilmente la novela, alternando los diarios de Renée y Paloma, de modo de cautivar al lector con el encanto pintoresco de sus personajes, pero luego del encuentro de ambos con Ozu la narración pierde interés y su manera de resolverla decepciona acaso porque el planteamiento inicial sea el sostén de la novela.

El estilo de su prosa es esmerado, sin recovecos, aunque ostentoso en ciertos momentos y recargado de referencias innecesarias que intelectualizan el relato, lo cual, por lo demás, contradice uno de sus supuestos de fondo: la elegancia es una suerte de refinamiento sencillo y oculto: “La señora Michel tiene la elegancia del erizo: por fuera está cubierta de púas, una verdadera fortaleza, pero intuyo que, por dentro, tiene el mismo refinamiento sencillo de los erizos, que son animalillos falsamente indolentes, tremendamente solitarios y terriblemente elegantes”.

Si este libro, con todo, se quiere plantear como un alegato emocionante contra los estereotipos y la incomunicación a que dan lugar, lo hace al precio de morderse la cola y caer en alguno de ellos: los modelos exteriores de “portera” y “adolescente” que dibuja Barbery son “estereotipos de estereotipos”, así como la galería de personajes pertenecientes a la “rica burguesía parisina”, las críticas a la sociedad occidental contemporánea, su visión unilateral y únicamente luminosa de la cultura japonesa (que es útil contrastar con la matizada que proporciona la propia literatura japonesa) son ejemplos de ello.

No obstante sus imperfecciones, en este libro se advierte un esfuerzo genuino de autenticidad. La profusión de referencias filosóficas (bastante fáciles de digerir, por lo demás) acerca La elegancia del erizo a narraciones del tipo El mundo de Sofía, de Jostein Gaarder, aunque si hubiera que aproximarlo a alguna tradición correspondería situarlo dignamente junto a la fábula, ya que su historia “hace hablar, pensar y sentir”, de un modo inesperado y sorprendente, a personajes que callan o hablan de otra manera (una portera y una niña) y porque se trata de una narración edificante, plagada de moralejas, pero también, sobre todo en la primera parte, armada, cual erizo, con bastantes púas.

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