Álvaro Bisama
Domingo 06 de Septiembre de 2009
Ectoplasma

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Lo único que tenemos son los fantasmas. Pienso eso en el momento exacto en que veo una foto de tamaño natural de Germán Marín en el Drugstore de Providencia. En la foto Marín aparece sosteniendo La segunda mano, su último libro. En la portada de él está esa vieja araña que era el emblema de Patria y Libertad. En esa imagen de cuerpo entero Marín aparece borroso, pixelado, como si viniera de otro mundo. Su cara está interferida por algo, por una bruma que en realidad puede ser una catarata en la visión. Marín parece un fantasma de sí mismo y yo no sé si esa condición espectral de la publicidad haya sido a propósito (el mundo del marketing literario casi siempre acierta por azar), pero la idea de presentarlo así calza perfecto con el espíritu de esta novela donde el alma de un primo muerto le habla desde el más allá a su madre dictándole, en una sesión espiritista realizada en Quilpué, sus memorias, que ella anota nerviosa o automáticamente en un cuaderno. No son recuerdos agradables: la literatura de Marín nunca se ha caracterizado por un ánimo que no sea ironizar con su desamparo. Por supuesto, eso ya lo sabíamos: Marín vuelve cada cierto tiempo de modo majadero y nos enfrenta a la soledad del calabozo de nuestra propia memoria, al despeñadero vintage de nuestra conciencia nacional. La segunda mano no es la excepción: Miguel Sessa habla desde el más allá, pero es un más allá hecho con los fragmentos de su pobre y a la vez fascinante fascismo, de un deseo de orden idiota, con los sueños mojados de exterminio total respecto del enemigo. Ellos aparecen en el karaoke que Marín hace con la voz de su primo muerto, y ese karaoke es el devaneo fantástico de la violencia, la escritura de los muertos que se internan quizás en el origen mítico de todo: el paisaje íntimo de la familia chilena del siglo veinte, el patio de atrás de las casas del barrio alto, la pieza oscura de la infancia donde dan vueltas los niños en Este domingo y los adolescentes se enamoran en todas esas pésimas novelas de Rosasco. Leer a Marín es someterse a esa vuelta de tuerca, a un epílogo generacional tardío que despide la miseria del siglo pasado y la lanza a la cara como una literatura que escabulle cualquier consuelo. Es el adiós al siglo veinte casi diez años después de su fin, la última vuelta de tuerca a ciertos monstruos que vuelven acá como espectros templados por la violencia de la que alguna vez fueron capaces y que terminó por consumirlos: “Fuimos condenados a una contingencia dirigida a la muerte, como les sucedió también a otros que, sin pertenecer a nuestras filas, hoy tampoco están, desaparecidos para siempre o presentes en los nichos, con sus cuerpos tatuados ayer por las bayonetas, agujereados por las balas, quemados por las llamas”. Pero Marín no hace juicios sumarios. Su voz —ese fraseo que respira en frases largas y mascadas como si cargara con quizás qué cadenas— se equilibra en el alambre de un mundo que sólo puede ser literatura de terror. La segunda mano es fascinante por eso mismo, porque es la historia de unas voces de ultratumba escribiendo su propia elegía. Hay una moraleja ahí; todo siempre vuelve. Y La segunda mano es el ectoplasma sucio de cuerpos hechos huesos y polvo que intenta, por obra y gracia de Marín (que es, realmente, el médium más extraño que uno puede imaginar), decirles buenas noches a todos.

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