
La idea de las tradiciones literarias nacionales es bastante absurda. En sus comienzos, y aún durante el largo período de su madurez, los escritores se ven inconscientemente conminados a “hacerse cargo” de todo cuanto se ha escrito en su país como una manera de no perder las referencias de un camino.
Si uno entiende la tradición como una especie de flujo transgeneracional por cuyo rumor se siente íntimamente convocado, es claro que debe contar con la libertad para integrarse a él, aunque su fuente se encuentre en Roma y sus afluentes se diversifiquen desde Inglaterra hasta Argentina. Más que una imposición, la tradición literaria se parece a un descubrimiento.
Yo a veces paso por el trance de opinar sobre Gabriela Mistral, cuestión que me resulta dificultosa. Me gustan mucho algunos de sus poemas, entre ellos “Ronda de la ceiba ecuatoriana”, pero la siento extranjera, tan extranjera como podría considerarla un escritor dublinés. No entiendo bien sus motivos biográficos ni su concepto del mundo. Se ve más fácil armar vínculos con William Blake, un demente que dejó algunas huellas lumínicas en el polvo de un lugar remoto y de un tiempo extinguido.
Borges contaba en una entrevista que una vez unos estudiantes mendocinos le dijeron sentirse más cerca de Chile que de Argentina, y que encontraban a Neruda mejor poeta que a él. Aparte de la enmascarada respuesta de Borges (“estamos empezando a ponernos de acuerdo, porque yo opino lo mismo”), el hecho indica que la vigilancia fantasmática de Neruda en nuestras mentes pierde vigencia un par de miles de kilómetros hacia el este. Los jóvenes que interpelaron a Borges estaban finalmente apelando a la conjunción de la sensibilidad y de la geografía política.
Enrique Lihn, según pude observar, trataba de sacudirse de los automatismos locales y disfrutaba la libertad de sentirse un poeta argentino en Buenos Aires o un poeta norteamericano en Nueva York. Creía que estas transformaciones se podían hacer, incluso mediante un par de técnicas actorales. Me atrevo a firmar que para él lo chileno era el lastre pegoteado sobre las alas. Pero se trataba de ejercicios o juegos. De Chile conservaba algo fundamental, el habla, en la que parecía sentirse en propiedad, sin el dramatismo que le asigna a la persistencia de esta categoría en uno de sus poemas más exitosos.
Yo no podría a estas alturas vivir en un país que no fuera éste. De extranjero tengo muy poco. Lo que no quiere decir que deba asumir el peso de cada uno de los emblemas literarios que se han ido imponiendo con el tiempo. No quiero que se cuestionen mis indiferencias, por ejemplo, hacia Huidobro o hacia De Rokha. Pedro Prado, un poeta fallido, me suscita un mayor caudal de pensamientos, precisamente porque sus intuiciones poéticas estaban todo el tiempo a punto de revelarse en las palabras y en un punto se desvanecían. En ese intento se me hace más evidente la poesía que en los textos consagrados de las celebridades.
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