Camilo Marks
Domingo 20 de Septiembre de 2009
Atracciones internacionales


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Patricio Jara es, entre los prosistas que publican en Chile, no sólo uno de los más talentosos y originales, sino también el único que se ha mantenido fiel a temas, épocas y estilo. En El exceso (2006), su excelente novela previa, el argumento transcurría en la Francia del siglo XVII en torno a una asociación de científicos, muy sueltos de cuerpo, que practicaban transfusiones de sangre entre animales y enfermos. Quemar un pueblo (Alfaguara, $8.900), su último relato, nos lleva al escenario y el tiempo preferidos por Jara: los años 1876 y 1877, poco antes de la Guerra del Pacífico. Esta vez el horizonte geográfico se amplía a Paraguay, Perú o Chile, específicamente las ciudades de Asunción, Lima, Arica y varias más.

Hay que decirlo con todas sus letras: los intereses de Jara son, para expresarlo de una forma comedida, muy curiosos, cuando no peregrinos, estrafalarios, peculiares. A dichos tópicos les sirve una escritura seca, de elegante precisión, que evita el sensacionalismo, puesto que es desapegada, casi clínica, pero también consigue ser próxima a los individuos que pueblan sus fantasiosas tramas. De este modo, la verosimilitud de ellas jamás está en duda, por lo cual leemos sus rocambolescas historias como si los inauditos sucesos que desfilan en ellas fueran lo más normal del mundo. En lugar de hacer gala de erudición literaria, que por cierto posee, Jara opta por exhibir conocimientos raros que nos dejan pasmados, si bien luego terminamos por habituarnos tanto a ellos, que el resultado final, aunque nos produzca perplejidad, siempre es satisfactorio.

Quemar... describe la travesía de un circo de monstruos, reclutados por Lucio Carbonara en Asunción, en los confines septentrionales de Argentina y los enclaves urbanos a los que ya nos referimos. Lucio enrola en la capital paraguaya a los hermanos Dámaso y Gastón Ildefonso, que al comienzo creemos siameses, en circunstancias que son un niño con dos cabezas, ambas de gustos y propensiones distintas; asimismo, rescata de un sanatorio a Oliverio Tovar, un licántropo, esto es, un lobo humano cubierto de pelo, y a Alcides Arapí, un adolescente que parece sapo. Para armar un espectáculo, no basta con un cuarteto de sujetos diferentes y reiteradamente se nos insiste en la diferencia como don apreciable, digno de afecto. Es preciso que aprendan a cantar, tocar instrumentos de percusión, efectuar malabarismos. El debut es un éxito y el empresario empieza a ganar dinero, repartiéndolo con generosidad entre sus empleados. Un principio inamovible de sus giras será permanecer un par de días donde se presenten, para evitar agresiones contra sus artistas y extender la fama de “Atracciones Internacionales”, nombre que recibe esta troupe tan colorida.

Antes de montar el show en Lima, una escueta introducción nos sumerge en la fábrica de cerveza del matrimonio holandés compuesto de Elisa y Jaap Sneijder, asistido por Benicio Carranza. Cabe destacar que en 1876 el brebaje era desconocido en América Latina. Aparte de informársenos acerca de su preparación, Quemar… nos proporciona una breve crónica sobre el remoto pasado del espumante trago de cebada, que se remonta a la noche de eras inmemoriales.

Lucio, entonces, convence a Benicio para que se incorpore a su grupo. Ni Manolo Zamorano ni Marie Sabouret, su corpulenta esposa, pensaron que el rígido y gazmoño prefecto Florencio Muruaga se atrevería a cerrar “Las Carabelas”, una casa de tolerancia que alegraba a los habitantes del pueblucho Cristo de la Roca. Además, el policía manda encarcelar a los negros de la región, que, salvo Emmanuel Nkome, apenas entienden español. Mientras jura venganza, Manolo está lejos de sospechar que Lucio cumplirá sus propósitos, lo cual explica el título del libro, culminando con la destrucción por el fuego de un ciclo que principió con el incendio del manicomio donde tenían recluidos a Oliverio y Alcides.

La purificación por las llamas es un antiquísimo ritual. Quemar…, más que una trama con rasgos ácratas —léase el epígrafe de Kropotkin—, es una metáfora de la libertad amenazada, del trabajo creativo sujeto a restricciones autoritarias, de la diversión aplastada en cuanto actividad social y de lo que pueden hacer hombres y mujeres cuando se les conculcan tales derechos. En un corto volumen, absorbente, turbulento, Jara da cuenta de la fragilidad de las empresas que al optar por la convivencia voluntaria sufren las consecuencias del poder.

4 Comentarios publicados
Posteado por:
Mónica Riveros Gutmann
21/09/2009 14:19
[ N° 1 ]

Bien por este notable periodista y escritor. Y excelente que nuestros narradores tengan el reconocimiento que se merecen, en un crítico que se juega por lo que cree y también cuando algo no le gusta, con fundamentos serios en ambos casos y sin dárselas de killer.

Posteado por:
Ulises Gomez
21/09/2009 14:24
[ N° 2 ]

Excelente. El libro me hizo recordar la extraordinaria película de David Lynch "El hombre elefante", con la diferencia de que la cinta es terrible y patética y los monstrios de Jara son tan simpáticos como cualquier hijo de vecino.

Posteado por:
Josefa Cernadas
21/09/2009 20:34
[ N° 3 ]

Por principio, prefiero lo estrafalario, anormal, extraño, asi que el libro de Patrico Jara debe ser bueno o muy bueno y no dudaré en leerlo.

Posteado por:
Josefa Cernadas
22/09/2009 20:29
[ N° 4 ]

Y tampoco dudare en recomendarlo, por lo mismo que sale en la critica.

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