
A veces me complazco en imaginar a un personaje —alguien así como un joven cansado— que una tarde de viento deriva por un camino de gravilla que parte desde una playa vacía y se interna en unos terrenos arenosos con esporádicos arbustos y casas cerradas. En un poste que parece marcar una bifurcación del camino hay un letrero de cartulina casi desprendido por el viento. El letrero anuncia una fiesta a realizarse esa noche en un casino. El casino se ve a lo lejos y en su terraza algunas personas indistinguibles ordenan unas mesas y unos toldos. El joven se vuelve a mirar el mar que ha dejado atrás y luego observa el cielo que acaba de nublarse y se da cuenta de que la espuma y las nubes tienen casi la misma apariencia.
No sé bien qué significa todo esto pero tengo claro que corresponde al inicio de una historia. Una historia que me gustaría escribir, sin glamour ni pobreza, sin estridencias argumentales ni descripciones de la “vida interior” de los personajes.
No me serviría, en tal sentido, que el joven en cuestión —al que habría que encontrarle un nombre— hubiese matado a alguien unas horas antes. Para mí el tiempo que transcurre entre el crimen y el castigo es una brecha existencialmente intolerable. Prefiero a un individuo aburrido y volátil antes que a un asesino. Si tuviera que insertar un crimen en un relato quisiera hacerlo desde la perspectiva del perseguidor y no del fugitivo.
Hay una película de los años 60 —llamada en castellano Baile de ilusión— que comienza parcialmente así. Está el viento, el balneario desolado, las nubes y el errático protagonista (Michael Sarrazin). Lo que sigue en esa película es una historia absurda, dramática, un naufragio del sentido batido por los ritmos bailables. Hay un muerto también, pero se trata de un caballo.
Recuerdo dos asesinos literarios no delictuales. Uno es el protagonista de El miedo del arquero ante el penal, de Peter Handke. El otro aparece en El inocente, de Ian McEwan. La diferencia entre ambos es que el primero, el futbolista, mata porque sí a una mujer con la que pasa la noche y hasta donde yo sé en vez de la culpa experimenta cierto desarraigo; el crimen que comete el segundo, en cambio, parece más bien una trampa burlesca de las circunstancias, y lo que sobreviene al asesinato es el terror que permea su conciencia y que le confiere al mundo en el que se mueve una espantosa hiper-realidad.
El paisaje de mi comienzo de historia lo he tomado de unos perdidos recuerdos infantiles. El mar que he mencionado, la espuma, el largo camino, el letrero, el casino y la fiesta son reales, o mejor dicho alguna vez lo fueron, al menos durante un par de horas ya diluidas en el tiempo. Es un lugar que se presenta a veces en mi memoria sin nombre y cuyas coordenadas no alcanzo a fijar.
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