
Pedro Pablo Guerrero
La gravitación de Enrique Krauze (Ciudad de México, 1947) en el medio cultural de su país se puede aquilatar con testimonios que atraviesan las fronteras. Según el crítico Christopher Domínguez, el autor de Biografía del poder cambió la idea de la historia mexicana, destruyendo, con calidad literaria, el daguerrotipo oficial de héroes y villanos en el que había quedado congelada la Revolución. El historiador inglés Hugh Thomas, por su parte, ha elogiado su “emocionante y entretenida” historia de México desde el siglo XIX, y califica a su autor —nieto de un sastre polaco judío que le hacía trajes a un conocido dirigente del PRI— como el “contundente obituarista” de ese partido y su dinastía de presidentes imperiales.
Ingeniero, historiador, biógrafo, director de la influyente revista Letras Libres y de la editorial Clío, su temple liberal (título de un reciente libro colectivo dedicado a la obra de este autor) ha sido caracterizado por Mario Vargas Llosa: “Discípulo y admirador del gran Isaiah Berlin, Krauze sabe que incluso la tolerancia y el pluralismo son peligrosos si nadie los refuta, si no deben hacer frente a contestaciones y desafíos permanentes”. En efecto, al revisar la historia de su país, Krauze sopesa las visiones de liberales y conservadores, aceptando, con frecuencia, juicios de estos últimos y discrepando de aquéllos.
Una distancia que este ensayista atribuye, en parte, al hecho de provenir de una familia de inmigrantes que no vivió las grandes querellas y mitificaciones que luchan todavía en el alma nacional. “México —asegura— es mucho más dado a los mitos que otros países de América Latina”.
—¿Lo atribuye al fuerte pasado prehispánico?
“Quizás el shock de la Conquista sólo es comparable en México con el del Perú. Su pasado imperial, el haber sido Nueva España, plantea en la mentalidad nacional un concepto de grandeza, de riqueza y un destino histórico que fueron excesivos y que han sido desmentidos una y otra vez por la realidad. En México la historia ha jugado un papel casi de escritura sagrada. Yo he querido practicar la biografía como una forma de desmitificar esa historia, pero es tal la propensión mitologizante del país que a veces se ha creído ver en mi trabajo una insistencia en la idea del héroe, cuando lo que yo he intentado hacer es bajarlo del pedestal. Todos los países tenemos una propensión neoclásica al culto del héroe, esto viene de Francia, pero en México va más lejos: los héroes no pertenecen a una avenida con estatuas ecuestres, sino a un retablo sagrado. La historia católica del cielo poblado de santos se transfiere a la historia profana. El trabajo del historiador es arduo en México, un país mucho menos republicano, mucho más marcado por el barroco español”.
—Usted echó mano de Plutarco, Carlyle y Emerson cuando estaban en su apogeo tendencias historiográficas que acentuaban la mirada de la historia como proceso. ¿Cree que ciertos individuos pueden cambiar la historia?
“Déjeme decirle que soy muy anticarlyleano. Yo no creo en el gran hombre, creo en el liderazgo. Quiero ser un biógrafo a la inglesa, en la tradición del doctor Johnson o, en todo caso, de Emerson, porque él cree en los hombres representativos. No se puede negar que, cada cierto tiempo, surgen hombres que representan una tendencia histórica, pero rendirles pleitesía es justamente a lo que yo me opongo. Más bien creo buscar sus defectos. Haber dicho que el presidente Plutarco Elías Calles era un hijo ilegítimo y por eso odiaba a la Iglesia, o que Porfirio Díaz tenía una amante que lo obsesionó, o que el padre Hidalgo era un asesino a sangre fría de españoles no son cosas edificantes. O lo son a contrario sensu”.
—Su libro más reciente, “El poder y el delirio”, aborda la figura de Hugo Chávez desde esta perspectiva de los caudillos, ¿lo guía una urgencia que sobrepasa el ámbito histórico-biográfico?
“Absolutamente. Es una urgencia política. Yo escribí ese libro porque me preocupa el fenómeno de Chávez. Por eso, los instrumentos que empleé son periodismo, crónica, entrevista, coloquio, crítica ideológica, crítica política, crítica biográfica, crítica histórica. Traté de acercarme al fenómeno con todas las herramientas posibles justamente porque hay una urgencia de entender y criticar desde una dimensión de altura una reedición anacrónica del libreto revolucionario y caudillista de los años 60, que se puede extender peligrosamente por América Latina. Cuando Chávez pretende que él proviene del árbol marxista, yo ataco su argumento con argumentos de autores marxistas. Para desmontar la ideología fascistoide de Chávez —discípulo inconsciente de Carlyle y gran amigo de Norberto Ceresole—, uso a Plejánov y al propio Marx, que en El 18 Brumario de Luis Bonaparte critica el uso de la democracia y el plebiscito para construir un poder autocrático, que es exactamente lo que está pasando en Venezuela. Ese libro puede leerse ahora, a más de 150 años de su publicación, como un alegato contra Hugo Chávez”.
—¿Qué biografía de largo aliento escribirá después de este libro?
“La de José Vasconcelos. Desde hace tiempo recabo materiales. Ahora estoy terminando un libro sobre caudillos latinoamericanos del siglo XX. Es una colección de ensayos biográfico-críticos sobre figuras políticas, de la cultura, las armas y las letras. Ya he escrito sobre Vargas Llosa, Octavio Paz, Carlos Fuentes… De García Márquez pronto voy a publicar algo en Letras Libres. Esta colección de ensayos va a salir en Tusquets el próximo año y espero que después vengan nuevos proyectos. Tengo 62 años, pero muchas energías. Para el Bicentenario estoy preparando, con la productora que tengo, una serie de televisión sobre los personajes de la Independencia y la Revolución mexicana. Una visión moderna, con héroes de carne y hueso”.
—A usted se le considera un “empresario cultural”, lo que a muchos podría sonar contradictorio. ¿Cómo se concilian negocios y cultura?
“Mire, yo soy ingeniero industrial de profesión y luego estudié un doctorado en historia en el Colegio de México, pero no soy profesor universitario. Creo más en la imprenta que en el aula. Mi experiencia como empresario la puse primero en la revista Vuelta y logramos que tuviera anuncios de la iniciativa privada y se exportara. Ahora, Letras Libres está en España. Para ser plenamente independientes y poder decir lo que queremos, necesitamos autonomía económica, y no depender de la dádiva institucional o del gobierno; aunque tenemos avisos del gobierno, pero que no nos atan porque el porcentaje relativo de ellos tampoco es abrumador. Yo adhiero a la vieja tradición de los editores liberales. Creo en el autor y el público, no tanto en el aula y el maestro”.
—Es raro escuchar este escepticismo en un liberal.
“No siempre ha sido así históricamente. Los grandes liberales enciclopedistas del siglo XVIII no fueron profesores. Tengo, por supuesto, mucho respeto por lo que se hace en Oxford, Cambridge o Princeton, cómo negar eso, si tampoco soy un fanático adverso a la cultura académica; no más quiero decir que esa cultura en algunos países, y México es uno de ellos, se burocratiza fácilmente y se especializa demasiado. Se vuelve un estamento y eso no favorece la calidad intelectual”.
—¿Con su revista busca abrir ese debate intelectual a la sociedad? ¿Cómo definiría Letras Libres?
“Se refleja en su nombre. Es una revista literaria, con poesía, cuento, crítica literaria, crítica de arte. De gran exigencia y calidad. Al menos espero que así se considere, pero también una revista que subraya la democracia y la libertad, antiautoritaria, en contra de todos los fundamentalismos de la identidad en nuestro tiempo: de la identidad étnica, nacionalista, ideológica, religiosa. La vocación de Letras Libres es combatir desde una postura democrática y liberal los fanatismos de la identidad. Fanatismos que creímos haber enterrado en el siglo XX y que el siglo XXI desenterró”.
—¿Le resulta difícil conjugar cultura y política?
“No, porque es la tradición en la que se inscribió Octavio Paz con Plural, Vuelta y otras publicaciones en las que trabajé junto a él. Paz fue un formidable editor de revistas culturales. Esta tradición de combate liberal, libertario, democrático, viene de Partisan Review, del mundo cultural anglosajón y también francés en algún caso. Octavio Paz trajo esa tradición a nosotros. Vuelta fue una revista menos literaria que Sur. Se pareció a la Revista de Occidente, de José Ortega y Gasset, en cuanto a ser más de pensamiento. Todas tienen un cóctel distinto. Letras Libres es más literaria, más cultural de lo que fue Vuelta, y contiene más elementos periodísticos, sobre todo ensayo y crítica de la vida política. No hacemos periodismo de investigación puro y duro, pero sí vemos los fenómenos políticos a través del mirador de la cultura”.
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