
Leí La deuda, de Rafael Gumucio, muy poco después de que la novela fuera publicada en Chile. La leí con el interés y la afición que siento por todo lo que escribe Gumucio, de quien soy amigo y a quien admiro. La novela me gustó mucho, y así se lo dije a Gumucio enseguida que la hube terminado. En su respuesta, Gumucio me hablaba del casi unánime rechazo que los críticos chilenos habían expresado hacia la novela. Me procuré las críticas en cuestión, y hube de experimentar con sorpresa, con perplejidad, con cierto escándalo mi casi completo desacuerdo con lo que decían. A algunos de los críticos los conozco personalmente, a todos los aprecio, y de ninguno albergo dudas acerca de su competencia ni de su honestidad intelectual. Pero las críticas, en conjunto desfavorables (la que menos la que se publicó en este mismo periódico), pulsaban toda la gama que va de la irritación a la condescendencia, y no sólo pasaban por alto algunos méritos para mí muy evidentes del libro, sino que malentendían, a mi juicio, algunas de sus estrategias y le afeaban algunas de sus cualidades.
He ejercido regularmente la crítica durante años y he padecido con frecuencia la soledad de quien sostiene un juicio en minoría respecto a los de sus colegas. Soledad tanto más difícil de sobrellevar en cuanto descreo de los personalismos demasiado acusados y pienso que si alguna autoridad, por incierta que sea, ampara al crítico no le viene de actuar en nombre propio, sino en el de la institución que en definitiva representa o en el de la comunidad a la que interpela. La crítica se resiste categóricamente al disolvente relativismo que impregna la cultura contemporánea. Y sin embargo —y esta es otra de tantas contrariedades que erosionan su credibilidad— debe aceptar que prosperen juicios divergentes y hasta enfrentados.
No se me ocurriría discutir o refutar ninguna crítica como no fuese escribiendo yo mismo otra más persuasiva. Pero en absoluto se trata ahora de eso. Si he traído a colación la última novela de Gumucio y la reticente recepción que ha obtenido por buena parte de la crítica chilena es porque se trata de un caso, para mí patente, de cómo el juicio crítico se halla condicionado por factores locales y coyunturales que tienden a distorsionarlo.
El tipo de notoriedad pública que en Chile tiene Rafael Gumucio, el carácter tan chistoso de su personaje, su bien ganado crédito como articulista y como cronista, la autorreferencialidad que ha solido impregnar su literatura, la expectativa que todo ello suscita, son elementos que no dejan de interferir en la valoración de un esfuerzo, como el de La deuda, por desmarcarse de las posiciones adquiridas y escribir una novela de ambición más elevada.
Por otra parte, la representatividad de Gumucio como miembro de un determinado sector del espectro social (e ideológico) chileno o su relativa familiaridad con los círculos que su novela retrata, son otros tantos datos que “resuenan” en la lectura que en Chile puede hacerse de una novela que, para discurrir sobre el pasado reciente del país, se inspira, además, en un caso real, del que el lector chileno conserva buena memoria.
Y luego está el particular horizonte y los raseros muy específicos en que, cualquier novela chilena, se perfila; la posición relativa que viene a ocupar dentro de la propia constelación literaria a la que inmediatamente pasa a integrarse.
Casi nada de esto interviene en la lectura que fuera de Chile cabe hacer de La deuda. Pero en lugar de ello entran en juego otros elementos, asimismo locales y coyunturales, que condicionan igualmente el juicio que la novela reclama. En el caso de España, por ejemplo, donde el célebre caso del “contador de las estrellas” es prácticamente desconocido, resulta casi imposible leer La deuda sin proyectar su argumento sobre las tupidas y endémicas redes de corrupción que una y otra vez emergen en los aledaños del poder y que no han dejado de ensuciar la política —y, de paso, el periodismo— del país. De hecho, cabe proponer La deuda como una excelente ilustración de la a menudo inconsciente labilidad con que se transita de una situación de relativo privilegio a una de flagrante cohecho, y de la facilidad con que esto mismo se ha dado en los medios amparados por la bula cultural. Asimismo, La deuda es también un espléndido diagnóstico de los excesos catárticos con que la palabra misma, corrupción —una palabra que “quema y congela todo a su paso”–, es conjurada en las sociedades de dudosa tradición democrática.
En otro orden de cosas, la manera tan desinhibida con que Gumucio plantea una novela de carácter coral a través de un narrador impostadamente omnisciente tiene efectos refrescantes en una tradición narrativa como la española, saturada de intimismo en primera persona.
Escribo esto, y recuerdo la sorpresa que me produjo la respuesta dada por Gumucio a quien, durante el acto de presentación de su libro en la Casa de las Américas de Madrid, el pasado mes de junio, le pregunté acerca de qué trataba su novela. Las palabras de Gumucio sugerían una novela casi tan distinta de la que yo había leído como la que reflejaban algunas de las críticas chilenas que tuve ocasión de leer. O mejor dicho: sugerían la misma novela, pero con sus énfasis repartidos por lugares muy distintos.
Se oye invocar con frecuencia la necesaria objetividad, o neutralidad, o ecuanimidad de la crítica. Quienes lo hacen, parecen pensar que la crítica establece su compromiso con esa incierta y abstracta intemporalidad que algunos confunden con la posteridad. Pero no: la deuda del crítico es con el presente, con todos sus ruidos, sus turbulencias, sus intereses, sus distorsiones. Eso es lo que explica, en los mejores casos, las divergencias entre los críticos. Y no será la mejor crítica aquella que coincida con el juicio que el futuro reserve a la obra en cuestión, sino aquella que acierte a integrarla mejor en la confusa y concreta actualidad.
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Posteado por: Herman Aguirre Ayala 05/10/2009 16:58 [ N° 1 ] |
¿cuantas novelas vende Gumucio? ¿tantas como las de Rivera Letelier o Luis Sepulveda? |
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Posteado por: Alvaro Rojas 14/10/2009 07:18 [ N° 2 ] |
Señor Aguirre |
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