
Carolina García Huidobro L.
Iban uno detrás del otro, saltanban, se gritaban para darse ánimo. Sus rostros, duros como una roca, lo decían todo… estaban a la salida del túnel. Chile jugaba contra Colombia, partido crucial en la carrera para llegar a Sudáfrica 2010. El clamor de miles de personas producía un eco que retumbaba y les movía, literalmente, el piso; al lado, muy juntos, los jugadores del equipo rival, con la misma ansiedad de saber que, después de esos 90 minutos, la suerte les podía cambiar. No es el escenario del Coliseo Romano, que Hans Ulrich Gumbrecht describe y analiza en detalle, pero, en momentos así, estos futbolistas son lo más parecido a aquellos gladiadores que emergían a la superficie en medio del griterío de la turba, hace casi dos mil años.
Ahora, contra Colombia, “no salen a morir, pero sí a hacer historia”, asegura Iván Zamorano, capitán y el gran protagonista de la selección chilena que llegó a Francia 98. Cuando le pedimos que detallara lo que era estar ahí, en la primera línea del túnel, para un encuentro de este tipo, afirma: “El único pensamiento es el deseo de gloria, de dejar puesto el nombre en la historia del fútbol chileno”. “En esos instantes, somos once guerreros. Recuerdo ese partido decisivo para la clasificación de Francia 98, cuando le ganamos 2-1 a Paraguay en Santiago, que yo les gritaba: ‘¡Vamos… escuchen cómo canta la gente!’. Éramos como animales encerrados, ansiosos por salir a la cancha y romperla”. Son los protagonistas de una experiencia que el filósofo alemán Hans Ulrich Gumbrecht rescata y elogia por la posibilidad de “producir momentos sagrados”.
Como en la Grecia antigua, donde apuntar al máximo nivel de perfección física era un modo objetivo de acercarse a los dioses, de “llevar la vida a un grado de intensidad más alto, trascendental” —dice en el libro— “donde los presentes se sentían no ya bien, sino infinitamente bien, infinitamente bien consigo mismos y con el mundo del cual, por estar en ese preciso lugar, eran una parte”.
La jugada magistral
Gumbrecht ha enfocado sus áreas de estudio y enseñanza en la historia y teoría de la literatura, la teoría de los medios y la historia cultural del cuerpo. Desde fines de los 80, ha sido colaborador regular de importantes medios de prensa: entre otros, del Frankfurter Allgemeine Zeitung, de Alemania, y Folha de São Paulo, de Brasil. El libro que más fama le ha otorgado es precisamente “In praise of athletic beauty”, traducido a doce idiomas y con cerca de 90 mil ejemplares vendidos.
Este “Elogio de la belleza atlética” es también un homenaje a los grandes deportistas modernos y a sus momentos inolvidables, de un autor que hace un riguroso viaje intelectual para entender su propia obsesión como espectador deportivo.
—¿Puede explicar su pasión por el mundo del deporte? La filosofía pertenece al mundo de lo abstracto, mientras que el deporte es pura presencia escénica.
“He llegado a un cierto punto en mi carrera académica donde podría continuar escribiendo infinidad de artículos sobre temas literarios o filosóficos, pero sería algo repetitivo. En cambio este libro me interesa visceralmente. Soy alguien que está muy consciente del tiempo que tiene, más que del dinero que tiene. En ese sentido, hay pocas cosas que escapan de mi control, una de ellas es mi obsesión por el deporte: cada día veo y leo más sobre deporte, cada año compro más boletos para asistir al fútbol americano, al básquetbol o al hockey sobre hielo. Con este libro, quería encontrar una respuesta a la pregunta de por qué el único aspecto de mi vida que se me escapaba de control era mi fascinación por ver deporte”.
—De las seis categorías o fuentes de fascinación deportiva que menciona (esculpir cuerpos, enfrentar la muerte, mostrar gracia, hacer más complejo el potencial del cuerpo, corporeizar determinadas formas y generar epifanías de forma), ¿cuál fascina más al espectador de hoy?
“Sin duda alguna, la epifanía o emergencia de forma, y yo la asocio con los deportes de equipo, que se consolidan en las primeras décadas del siglo XX, con la emergencia de los grandes estadios, con encuentros que podrían ser catalogados de sublimes o sobrecogedores. Se trata de un fenómeno históricamente nuevo. Con epifanías de forma —o de emergencia de forma— me refiero no a que el equipo de uno gane, sino a la fascinación que provoca en el espectador la realización de una jugada magistral. Imaginemos un equipo que ataca y otro que defiende; el que ataca equivale a la contraentropía, y la defensa, a la entropía, que quiere evitar que salga una forma. Lo maravilloso es que se trata de una forma temporalizada: el espectador observa la jugada emergiendo, pero no sabe cómo acabará. Es decir, esa forma es irrepetible, sólo podrá tener lugar una vez y el espectador es parte de eso. La fascinación es estar ahí y verlo por primera vez”.
—En la categoría “enfrentar la muerte” se remonta a la Roma Antigua y a los gladiadores, quienes, contrario a la creencia, no eran héroes por vencer al rival, sino por la “compostura” con que enfrentaban la llamada “hora de la verdad”. ¿Existe algún símil de esta categoría hoy, en el deporte moderno?
“Obviamente, el boxeo, pero ya no estamos en la gran era de este deporte, que tuvo su apogeo, pero ya pasó. También habría que mencionar el alpinismo de esa misma época. Creo que, en la actualidad, el deporte masivo que mejor representa —aunque metafóricamente— esa lucha, ese enfrentamiento ‘con la hora de la verdad’, es el tenis. Hay que ver lo que sucede cuando se enfrentan Rafael Nadal y Roger Federer. Para mí, el suizo es la gracia infinita, mientras que Nadal es el cuerpo perfecto, una especie de máquina. También, hay varias competencias de equipo que, en ciertos momentos o partidos especiales, nos llevan a pensar que lo que ahí se juega es decisivo para la vida de esos jugadores”.
—En su texto parece prevalecer una mirada heroica y trágica del deportista de alto rendimiento. ¿Qué pasa cuando el dinero juega un rol tan importante?
“Yo creo que, por más dinero que haya en juego, prima la búsqueda de la gloria física. En el momento que el deportista se detiene a pensar que si marca un gol ganará tanto más dinero, seguro que no lo convierte. El ejemplo más gráfico es lo que le sucedió a Ronaldinho durante el Mundial de 2006, cuando Nike le puso tanta presión que él estaba todo el tiempo pendiente de mover su cintillo en la frente. El entonces presidente del Barcelona me contó que Ronaldinho no logró distanciarse de todo el dinero que había en cuestión y de las exigencias de su auspiciador. Sé que, pese al mucho trabajo psicológico, nunca se recuperó de esto. Es el caso clásico de un deportista que permite que eso se entrometa en su rendimiento hasta el punto de matar su carrera.
“Creo que el dinero, tanto en los espectadores como en los atletas, juega un rol mucho menor del que se le supone. Cuando el dinero pasa a tener un papel muy importante, incluso atenta contra el deporte. El caso de Beckham, por ejemplo, fue muy contraproducente para el fútbol norteamericano, porque fue evidente que sólo llegó para cobrar mucho dinero. No tengo ningún prejuicio moral al respecto, obedece a una racionalidad de mercado. Se podría decir que, a pesar de la moralización del deporte, que odio, y de la obsesión del deporte para estar más sano, su esencia y gran poder radica en la posibilidad de provocar esos momentos tan intensos y únicos. Para eso existe”.
—En el libro, el nadador Pablo Morales, tres veces ganador de medalla de oro en la Olimpiadas de 1984 y 1992, se refiere a la fascinación que producen los deportes como un “estar perdido en la intensidad de la concentración”. Toda su descripción es parecida al goce estético del que hablan los artistas. ¿Cuánto de manifestación estética hay en el deporte de alto rendimiento?
“El paralelo se justifica absolutamente. Cuando se habla de ‘estar en la zona’, es algo que se asocia a que, llegado un momento, el deportista es incapaz de cometer un error. Son esos momentos en que todo sale bien y que los deportistas describen como un movimiento en cámara lenta, donde todo fluye muy fácil. En ese instante, pareciera darse una unidad entre lo que hace el deportista y el público. Como espectador, te sientes muy importante, pero creo que esa sensación es solamente por estar ahí, en un momento tan especial, único, “aurático” (de aura). Un momento que nunca más se olvidará. Y la gracia es que el deporte produzca este tipo de momentos tan especiales, que hacen la vida más plena, que compensan todos los otros momentos que tiene la vida que a veces son tan aburridos. Tengo recuerdos de grandes momentos deportivos grabados y que puedo activar. Por ejemplo, en Alemania se pudo ver en directo la final del Mundial de Suecia, en 1958, cuando Brasil ganó 5-2. Y tengo varios movimientos del famoso Garrincha guardados en mi cabeza, que jamás olvidaré. Yo de verdad siento una enorme gratitud hacia esos jugadores, casi trascendental, que se vuelve gratitud hacia la vida misma. Yo no creo en Dios, pero cuando esto sucede, siento que hay algo bueno en la vida”.
El momento sagrado
—¿Cuánto del fervor popular que generan estos eventos deportivos obedecería a una cierta nostalgia del hombre moderno por recuperar lo sagrado en un mundo tan racional?
“Creo que no se trata siquiera de una compensación. La gente va al estadio porque existe la posibilidad directa de experimentar algo sagrado. Por razones históricas, estamos demasiado acostumbrados a creer que lo sagrado tiene que ver sólo con los dioses. Sin embargo, etimológicamente el adjetivo latino sacer significa algo “separado”. Y, en este sentido, el deporte no sería una sustitución; cuando acontece ese momento único en que el atleta se siente en la zona, y donde el espectador se siente uno con el deportista, donde todo va bien, es sin duda un momento sagrado”.
—Su libro parece una filosofía del deporte; de hecho, Friedrich Nietzsche está presente en parte del texto, ya sea por esta búsqueda de “lo sublime” o por la idea de mostrar todo el “temple” en la hora decisiva; es decir, por esta idea tan nietzscheana de no mostrarse débil… ¿Fue ésa su intención?
“Para un alemán como yo, y de una generación posterior a la Segunda Guerra Mundial, Nietzsche está contaminado para siempre por su figura de filósofo preferido de los nazis. A pesar de esto, el libro es nietzscheano, no cartesiano: existen posibilidades de la especie humana de alcanzar la excelencia, y que no se basan ni en una moral ni en una forma de pensamiento. La filosofía cartesiana no acepta la excelencia simplemente física. No comparto para nada esto. Garrincha, mi jugador de fútbol favorito, no tenía el nivel intelectual siquiera para terminar la secundaria, pero eso a mí no me importa. Yo no soy de los que creen que el deporte sirva para garantizar la educación del carácter. Al deportista, no le exijo que sea moralmente superior”.
La experiencia religiosa de Foster Wallace con el tenis
Dos años antes de quitarse la vida, el escritor norteamericano asistió a la final de Wimbledon 2006, entre Roger Federer y Rafael Nadal. Foster Wallace llegó a ser, como adolescente, uno de los mejores jugadores de Illinois, y el tenis es un tema muy presente en varias de sus ficciones. Producto de esa final, escribió para The New York Times un extenso artículo titulado “Federer as religious experience”. Él, uno de los más valiosos representantes de los escritores del malestar norteamericano, le hace un homenaje literario-intelectual a la belleza del tenis jugado a un nivel como suele ser el de estos dos colosos, casi perfecto.
“La belleza no es la meta de los deportes competitivos, pero (éstos) son el primer escenario para la expresión de la belleza humana”, dice. Según él, se trata de la expresión de un coraje como el necesario para la guerra y de una belleza que llama “cinética” (de movimiento), que apelaría a una aspiración tan humana como el deseo de reconciliación con el hecho de tener un cuerpo. “Existe una enorme discusión acerca de lo malo que es tener un cuerpo”, explica. ¿Algunos ejemplos? Menciona el dolor, las irritaciones, los olores apestosos, las náuseas, las infecciones, las enfermedades. “Hay un desencuentro —sigue— entre nuestros deseos físicos y nuestras capacidades actuales. ¿Puede alguien dudar que necesitamos ayuda para reconciliarnos? (...) Después de todo, es nuestro cuerpo el que muere. También, hay cosas maravillosas de tener un cuerpo, obviamente. Es sólo que son más difíciles de sentir y apreciar en tiempo real (…) Los grandes atletas parecen catalizar nuestra conciencia de cuán glorioso es tocar y percibir, moverse a través del espacio, interactuar con la materia. Lo que los grandes atletas pueden hacer con sus cuerpos es algo que el resto de nosotros sólo podemos soñar. Pero esos sueños son importantes. Nos suplen en buena medida lo que falta”.
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Posteado por: Michel D'Alencon Bravo 17/10/2009 21:24 [ N° 1 ] |
Siempre es interesante la aproximación al deporte desde una perspectiva filosófica o antropológica más amplia. Como experiencias ritualistas y simbólicas donde queda demostrado la genuina condición humana, sus miedos y pasiones atávicas. Sus límites y sus epopeyas. |
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