
“Conozco el hambre, la he experimentado. De niño, al final de la guerra, me cuento entre quienes corren por la carretera junto a los camiones de los americanos, tiendo las manos para alcanzar las tabletas de chicle, el chocolate y los paquetes de pan que nos arrojan los soldados”. Con estas terribles palabras comienza La música del hambre (Tusquets, $......), última novela de J.M.G. le Clézio, publicada en Francia días antes de que le dieran el Premio Nobel. Y “He escrito esta historia en memoria de una muchacha que fue a su pesar una heroína a los veinte años” es la oración que da término al volumen. Estamos muy lejos del Le Clézio temprano, asociado con el nouveau roman por títulos como El atestado, o El diluvio; tampoco cae el autor en el vago experimentalismo de La cuarentena ni Desierto. El narrador es tan prolífico que es difícil juzgar el conjunto de su voluminosa producción porque nunca ha dejado de escribir, y si se editan sus obras completas, ellas ocuparían varias estanterías.
Dividida en tres partes, La música… relata el doloroso pasaje de la adolescencia a la madurez de Ethel, quien, tras la opulencia, se ve sumida en los horrendos años de la ocupación alemana, cuando junto su novio Laurent se juega por salvar las vidas de judíos condenados a la deportación. El estilo de Le Clézio es ahora parco, depurado, reducido al mínimo en las descripciones, y si bien hay momentos que se acercan al poema en prosa, éstos conforman remansos de una trama casi siempre lineal, desarrollada mediante una progresión sutil pero implacable, angustiosa, trágica. El lector conoce, desde luego, lo que va a venir; algunos personajes intuyen algo, aunque la mayoría, tal como ocurrió en aquella época, prefiere optar en forma deliberada por la política del avestruz. En esta oportunidad, a través de su protagonista, Le Clézio juzga sin compasión, acusando con la máxima severidad a sus compatriotas.
Son tantos los libros que han tratado este tema, que ya parecería estar agotado. Sin embargo, Le Clézio nos entrega, por así decirlo, otra vuelta de tuerca, sea en el despertar de la conciencia de Ethel, sea durante los duros días en que su país se vio subyugado por las tropas hitlerianas. La primera mitad de la ficción es más lograda, mejor concebida, y posee una garra, un nivel de tensión menos perceptible en los acelerados capítulos finales, mientras el peligro de muerte acecha en cada esquina y nadie tiene un pedazo de pan para comer.
Alexandre y Justine, los padres de Ethel, no se preocupan por la felicidad de su hija; desde que tiene uso de razón, la muchacha los ha oído pelear, principalmente a causa del affaire del jefe del hogar con Maude, una ajada cantante de ópera. La chica vuelca todo su afecto en Soliman, el tío abuelo que le deja una fortuna, de la cual se apodera Alexandre, dilapidándola a su gusto. El abogado, nacido en las islas Mauricio, nunca le ha trabajado un cinco a nadie y todos los días reúne en su mansión a un nutrido grupo de diletantes, cuyo núcleo está formado por miembros de diversos movimientos de la extrema derecha francesa; el antisemitismo, la xenofobia, el chovinismo fanático se expresan en ráfagas de afirmaciones que profieren, sin el recurso del diálogo. Esta suerte de coro también vierte comentarios sobre la moda, el clima, los automóviles y aviones, o el chismorreo local, como si todos estuvieran en el mejor de los mundos y no al borde de un precipicio.
El único consuelo de Ethel es el colegio; ahí entabla una dulce y ambigua amistad con Xenia. La primera está rodeada por la abundancia, y la segunda, hija de condes rusos refugiados en París, debe arreglárselas en una minúscula habitación con sus parientes. Las relaciones demasiado intensas duran poco y el vínculo entre las niñas se deteriora en acidez, incomprensiones, deslealtades. Una vez sola, Ethel ve con impotencia la construcción de un edificio de departamentos en el solar que le perteneció. La joven encuentra una fuente de placer interviniendo para que el inmueble sea feo, de una imponente tosquedad. Son las postrimerías de la década de 1930, y es casi imposible engañarse ante la inminencia de la guerra. Aun así, Alexandre y sus compinches niegan la realidad, hasta el punto de alabar las medidas de Hitler.
La música... constituye un singular trabajo dentro del vasto corpus de Le Clézio. Al modo de una danza macabra, elaborada en una estructura minuciosa, es uno de los mejores textos que ha compuesto.
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Posteado por: Mónica Riveros Gutmann 12/10/2009 18:04 [ N° 1 ] |
¿Y no habíamos quedado en que Le Clézio es una lata que en un par de años más nadie leerá ni recordará? |
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Posteado por: Elena Latlippe 12/10/2009 21:41 [ N° 2 ] |
Ahora resulta que este autor francés puede escribir buenos libros. ¿No resulta sumamente extraño que el mismo crítico que el año pasado vociferó contra él ahora lo alabe? |
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Posteado por: Sonia Arnal 13/10/2009 14:30 [ N° 3 ] |
Entonces, ¿los críticos no tienen derecho a cambiar de opinión? ¿Tienen que mantener siempre, por años, décadas, lo mismo que alguna vez dijeron, aunque se hayan equivocado? |
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Posteado por: Sonia Arnal 13/10/2009 21:46 [ N° 4 ] |
Además, si Le Clézio escribió tanto, en realidad demasiado, bien pudo publicar libros malos o prescindibles y otros de más valor. |
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Posteado por: Mónica Riveros Gutmann 14/10/2009 12:52 [ N° 5 ] |
El problema no es cambiar de opinión, sino hacerlo de un día para otro. O, mejor dicho, en muy poco tiempo, ya que algo qeu sabemos y siempre ha sostenido Camilo Marks es que los tiempos literarios se miden en 50, 100 años como mínimo. Y si recién el año pasado habló y escribió pestes de Le Clézio, es extraño que ahora nos hable de algo que es casi una obra maestra. |
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Posteado por: Ulises Gomez 14/10/2009 21:15 [ N° 6 ] |
¿A lo mejor las personas, sobre todo los críticos literarios, sólo pueden cambiar de opinión cada 20 años como mínimo? |
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Posteado por: Alvaro Rojas 16/10/2009 09:34 [ N° 7 ] |
Piedad con el crítico. Tiene derecho a cambiar de opinión de un día para otro, de una hora para otra y de un minuto para otro. |
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Posteado por: Bernardo Gutierrez 16/10/2009 14:32 [ N° 8 ] |
Me parece exagerado cambiar de opinión en un día, una hora, un minuto. Pero peor es encasillar a un crítico por lo que dijo -Le Clézio es una lata- en un contexto muy distinto, que fue el Nobel del año pasado. |
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Posteado por: Elena Latlippe 18/10/2009 00:05 [ N° 9 ] |
¿No es un poco exagerado eso de regalonear al crítico? En Chile, por lo menos, no se acostumbra a hacerlo, aunque no es tan mala idea. Pero también hay que criticarlos, porque eso es una forma de respetarlos. |
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Posteado por: Ernesto Parra 18/10/2009 00:07 [ N° 10 ] |
También me parece excesivo eso de cambiar de opinión a cada rato. Sin embargo, creo que la buena crítica así lo permite y estoy de acuerdo con que este país se encuentra asfixiado por el lugar común, por el pensar positivo, por la autoayuda. |
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