
En paralelo a su oficio de novelista, Milán Kundera (Brno, República Checa, 1929) ha elaborado una reflexión inteligente y personal sobre la literatura, la música, el cine, la pintura y el exilio, entre otros temas. Un encuentro es un libro que prolonga obras anteriores como El arte de la novela (1986), Testamento traicionados (1993) y El telón (2005) y también sintoniza con la veta ensayística que, en mayor o menor dosis, está presente en todas sus novelas.
Aunque el título y el epígrafe inicial de este libro aluden al “encuentro”, Milán Kundera parece enhebrar los distintos ensayos de este libro, ensayos escritos en distintas épocas (algunas señaladas, otras no) bajo una mirada que valora el desencuentro, el extraño desajuste, la significativa “asincronía”.
Es preciso aclarar al lector, de entrada, que estos textos, en general breves, están lejos de cualquier pretensión académica: no hallará aquí “teoría” en el sentido de aquella actividad “oficial”, un tanto insípida, que se realiza con abundancia hoy.
El libro se estructura sobre la base de cinco ensayos mayores: primero, el dedicado a Francis Bacon; en segundo lugar, uno a Anatole France; un tercero a Aimé Césaire; un cuarto a Janácek y, para terminar, el quinto a Curzio Malaparte.
En la primera parte, solitario, a manera, de frontón, ubica una espléndida interpretación de la obra de Francis Bacon, separándose de reiterados tópicos e insistiendo en que el eje de su arte radica en poner en evidencia y cuestionar, a través de “un gesto brutal del pintor”, los límites y la fragilidad del “yo” (“¿Hasta qué grado de distorsión un individuo sigue siendo él mismo?”) y, a la vez, el carácter accidental del cuerpo. Dotado de una prosa elegante pero sencilla y una argumentación prolija y vigorosa, sostiene además, con una agudeza que ilumina la obra de ambos, el lazo entre Samuel Beckett y Bacon.
En las otras partes, bajo distintos rótulos, agrupa piezas menores en extensión pero repletas de incómodos fogonazos. Así, por ejemplo, a propósito de El idiota, de Fiodor Dostoievski, reflexiona acerca de “la cómica ausencia de lo cómico”, y, tratándose de Un castillo a otro, de Louis-Ferdinand Céline, se detiene en la frase: “Lo que molesta en la agonía de los hombres son los fastos” y concluye que sólo a quien “la vida le ha confiscado todo fasto” puede “ver la vanidad no como un vicio, sino como un atributo consubstancial al hombre que jamás lo abandona, ni siquiera en el momento de la agonía y la muerte”. O si se refiere a Philip Roth, señala que es el gran historiador del erotismo estadounidense y es también “el poeta de esa extraña soledad del hombre entregado a su cuerpo”. Y a propósito de Hadji Murat, de Tolstoi, afirma: “A todos llamaba la atención el escándalo de la masacre (de Chechenia), ¡pero a nadie la repetición de la masacre! Y, no obstante, ¡es la repetición de los escándalos lo que por encima reina sobre todos los demás escándalos!”. Más adelante indica Kundera: “Mientras releía Cien años de soledad, se me ocurrió una extraña idea: los protagonistas de las grandes novelas no tienen hijos”. Y espigando más allá, en un pensamiento que une a Racine con Milosz, exclama: “Pero el verso libre en el momento que nació, ¡no quería ‘prosaizar’ la poesía! Quería liberarla de las corazas métricas para descubrir otra musicalidad más natural, más rica”.
Las opiniones de Kundera están colmadas de pasión. Así, cuando se acerca a la ópera Jenufa —en la apología de Janácek—, no teme ser vehemente: “El peligro consubstancial al arte de la ópera radica en que su música puede fácilmente convertirse en una simple ilustración: en que el espectador, demasiado concentrado en el desarrollo de una acción, deja de ser oyente”. Más adelante se lamenta rabioso porque ya pocos recuerdan “Un superviviente de Varsovia”, el oratorio de Arnold Schönberg: “Luchamos para que no se olvide a los asesinos. Pero hemos olvidado a Schönberg”.
En los ensayos centrales de este libro —ampliamente recomendable para los amantes del arte—, Kundera se vale de la célebre sentencia de Lautréamont (“Bello como el encuentro fortuito entre un paraguas y una máquina de coser sobre una mesa de disección”), para, en una suerte de reivindicación del surrealismo, elogiar a aquellos creadores y figuras que no estuvieron en el lugar de donde todos estaban, que llegaron tarde o después a los acontecimientos, cuyo destino personal no coincide con el ciclo de los períodos históricos. Ama Kundera, quizás haciendo un ensayo de sí mismo, a los extemporáneos y fuera de lugar, a los cruces extravagantes de personas e ideas, a los que en su momento bogaron solitarios contracorriente o, al revés, que hoy han quedado varados en un borde por el reflujo de las modas.
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Posteado por: Daniel Beza Islas 11/10/2009 16:31 [ N° 1 ] |
“la cómica ausencia de lo cómico”
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