
Cuando la autora rumano-alemana Herta Müller irrumpió en la escena literaria europea en 1984 con su colección de cuentos llamado “Niederungen” (“En tierras bajas”, Siruela, 1990) fue aclamada como una escritora cuyo estilo engañosamente simple era único entre los escritores alemanes, tanto por la pureza de su lenguaje como por su descarnada imaginería poética.
El cuento que da nombre al libro describe con un candor impávido el hogar de la infancia de la autora en Nitzkydorf, un pueblo de habla alemana en la región de Banat, en Rumania. De un modo semejante al de “Mi infancia”, de Máximo Gorki, Müller atraviesa la fachada de la idealizada vida pueblerina para mostrar su agobiante opresión y los efectos devastadores que tuvo sobre su infancia.
La opresión de Ceausescu
En sus obras posteriores, más largas —“Der Mensch ist ein großer Fasan auf der Welt” (“El hombre es un gran faisán en el mundo”, Siruela, 1992), “Reisende auf einem Bein, Der Fuchs war damals schon der Jäger” (“La piel del zorro”, Plaza & Janés, 1996)—, Müller se centra en personajes adultos, pero en su novela “Herztier” (“La bestia del corazón”, Mondadori, 1997) ha creado la que se podría considerar como su novela más autobiográfica, entretejiendo una gruesa hebra de recuerdos de infancia dentro de un argumento que comienza con los años estudiantiles de la narradora en la Universidad de Timisoara.
La novela muestra la destrucción humana que causó la dictadura de Ceausescu; al mismo tiempo, a través de enlaces con el pasado de la autora, muestra cómo la opresión del Estado es la continuación de la opresión que ella sufrió en el pueblo de su infancia. Este planteamiento por capas subraya el hecho de que la dictadura de Ceausescu no fue algo único, pues tanto el padre de la autora, miembro de la SS, como el dictador rumano “cavaron tumbas”.
Para hacer una distinción entre las capas de dos distintas épocas, Müller escribe los recuerdos de infancia de su narradora en tercera persona y en tiempo presente, en tanto relata el “presente” de la novela en primera persona y en tiempo pasado. Despersonalizando la figura de la niña, Müller les concede a estos recuerdos una amplia aplicabilidad, mientras que los verbos en tiempo presente sugieren que uno no puede escapar de sus recuerdos ni de su pasado.
Pantuflas a cuadros
Las visiones, sonidos e imágenes vinculan el presente de la narradora con los recuerdos del pasado. Una estudiante universitaria se ahorca con el cinturón del vestido de la narradora, y la narradora recuerda cómo su madre solía usar el cinturón de su vestido para atar a su hija a una silla mientras le cortaba las uñas. Un campo de color café con cuadrados de nieve evoca las pantuflas a cuadros café con blanco del padre, y cómo en una ocasión había aplastado con ellas las manos de su hija. La narradora adulta recuerda las borlas de aquellas pantuflas cuando ve a un caballo con borlas que cuelgan frente a sus ojos para recordarle las palizas que tuvo que sufrir del látigo con borlas.
La abuela cantante de la niña le dice: “Pon a descansar ahora la fiera que hay en tu corazón, has jugado demasiado hoy”, y la “fiera en el corazón” es recurrente a lo largo de la historia, como el aliento helado de los temerosos estudiantes disidentes, como los espíritus del padre y la abuela de la narradora que han muerto. La “fiera en el corazón” es una imagen de vulnerabilidad, y es el título original de la novela en alemán.
El título en inglés toma otra de las imágenes de Müller —ciruelas verdes— que relaciona la vulnerabilidad con la brutalidad. El padre le dice a la niña que no coma las ciruelas verdes duras porque las pepas tiernas la matarán. Sin embargo, los jóvenes que huyen de las provincias para convertirse en miembros de la policía estatal comen ciruelas verdes hasta hartarse. Las ciruelas verdes no los matan, pero “los vuelven estúpidos” y se deshacen del “fuego venenoso” de las pepas tiernas, aterrorizando al populacho atemorizado. Las ciruelas adquieren connotaciones terroríficas en la ciudad, donde el término “chupaciruelas” es un insulto que significa “advenedizos, oportunistas, aduladores, y gente que pasaba por encima de los cadáveres sin remordimientos [...]. Al dictador también lo llamaban ‘chupaciruelas’”.
Pueblerinos expatriados
Todos los personajes de la novela llevan consigo a la ciudad sus infancias provincianas. Los pueblerinos expatriados las llevan, literalmente, en las moreras que traen para plantar en los patios de la ciudad. Pero también llevan a las provincias “en sus caras”. Las ciudades no sólo son una extensión, sino una degradación de las provincias. Los trabajadores en los mataderos estatales se atiborran en secreto con sangre de los animales. Los niños son sus cómplices: “Cuando sus padres les dan el beso de buenas noches, ellos huelen que han estado bebiendo sangre en el matadero y también quieren ir allí”. Uno de los personajes hace el siguiente comentario: “Acá todos somos pueblerinos. Tal vez nuestras cabezas se hayan ido del pueblo, pero nuestros pies sólo están parados en otro pueblo. En una dictadura no puede crecer ninguna ciudad porque todo deja de crecer cuando es vigilado”.
Durante la lectura de uno de sus libros, Herta Müller recordó que cuando se había mudado de Nitzkydorf a Timisoara a los quince años, se “había dado cuenta de que todo lo que me había dado el pueblo era malo”. Ya estudiante, la narradora de la novela pronto se da cuenta de que todo lo que le ha dado el Estado también es malo; esto se hace evidente cuando una compañera de dormitorio llamada Lola se “suicida” aparentemente después de haberse convertido en una carga para su amante, miembro del partido. Este amante luego encabeza la votación para borrar el nombre de la estudiante muerta de las listas de miembros del partido.
La narradora conoce a tres hombres, jóvenes estudiantes, que no aceptan que la muerte de Lola haya sido un suicidio y ella, junto con los tres estudiantes, forman una banda de disidentes atemorizados que son perseguidos por la policía y sometidos a frecuentes allanamientos e interrogatorios aterradores. Ni siquiera una amistad basada en la desesperación y la confianza mutua puede protegerlos; el Estado ejerce una presión tan insoportable sobre su amistad que lleva a dos de ellos a la muerte.
Pero la narradora sufre un shock aún más profundo debido a su incapacidad para comprender a sus amigas mujeres. Ella, al igual que sus compañeras de dormitorio, temía que Lola hubiera sido una soplona del partido, hasta que la muerte de Lola la hace reflexionar sobre sus presunciones y se da cuenta de que Lola ha sido la verdadera víctima del partido.
Sin escape
Sin duda, esta parte de la novela es la más devastadora desde el punto de vista emocional. Müller lo relata rompiendo una vez más la cronología de su narrativa y saltando hacia el futuro para describir la ruptura de su amistad en el centro mismo de la novela. Luego vuelve sobre sus pasos para mostrar el camino que llevó a dicha ruptura y a la muerte de Tereza de cáncer, una técnica que hace aún más conmovedora la muerte de su amiga y el dolor de la narradora frente a su traición.
La narradora recuerda que, cuando era niña, su padre nazi hacía pedazos los cardos del jardín mientras ella pensaba: “Papá conoce bastante bien la vida porque esconde su conciencia sucia dentro de estas estúpidas plantas y luego las hace pedazos”. Hacia el final de la novela, la narradora se pregunta si ella misma ha aprendido algo acerca de la vida: “La muerte de Tereza me dolió tanto que fue como tener dos cabezas chocándose entre sí. Una, llena de amor segado y la otra llena de odio. Yo quería que el amor volviera a crecer. Creció como el pasto y la paja, todo mezclado, y se convirtió en una afirmación helada sobre mi frente. Esa fue mi planta, terriblemente estúpida”. La narradora, al igual que su padre, es incapaz de exterminar el pasado. Agregado a ello, la yuxtaposición de la traición y muerte de su amiga convierten a la muerte de cáncer de Tereza en una consecuencia más de la vida bajo la dictadura rumana, como lo son las muertes de Lola, Georg, y Kurt.
Finalmente, la narradora y su amigo Edgar abandonan Rumania para irse a vivir a Alemania, pero no pueden escapar del daño que la dictadura ha causado a sus ciudadanos. La novela documenta el modo en el que el temor erosiona la fuerza del individuo, embotando sus sentidos y destruyendo su capacidad de mantener una relación interpersonal sostenida. Este es un tema con implicancias que van más allá de los confines del Estado policial de Ceausescu, pues es una erosión que ocurre en cualquier lugar en el que uno esté obligado a vivir bajo condiciones de un prolongado temor. Al describir esa erosión a través de un lenguaje simple, incluso brutal, montado sobre un recuadro elaborado de imágenes y canciones recurrentes, Müller ha creado un tour de force psicológico y artístico.
La historia de su vida
La producción literaria de Herta Müller está estrechamente ligada al acontecer de su país, pero también a su historia personal. La escritora nació en 1953 en Nitzkydorf, pueblo germano parlante ubicado al suroeste de Rumania. Allí vivía con sus padres, una pareja de granjeros pertenecientes a la minoría alemana que habita en esa nación.
El pasado de su familia estuvo marcado por la Segunda Guerra Mundial, luego de que su padre participara en la Schutzstaffel, o “SS”, y su madre fuera deportada a un campo de trabajos forzados en la Unión Soviética, experiencias que influyeron profundamente en su escritura.
Partió de Nitzkydorf cuando comenzó sus estudios de Literatura Rumana y Alemana en la Universidad de Timisoara, una de las ciudades más importantes de Rumania, donde se unió al grupo disidente Aktionsgruppe Banat, que buscaba promover y defender la libertad de expresión bajo la dictadura de Ceausescu. Años más tarde trabajó como traductora en una industria de maquinaria, de la que fue despedida al negarse a colaborar con la policía secreta. Durante esta época comenzó a escribir “En tierra bajas” (Siruela), una recopilación de cuentos que, a causa de la censura, no pudo ser publicado hasta 1982. Desde ese momento en adelante, Müller no ha pasado más de dos años sin escribir, llegando a publicar incluso más de un libro por año.
Durante los 80, y luego de haber hablado abiertamente en contra de la dictadura rumana en la Feria de Libro de Frankfurt, la autora fue prohibida en su país, lo que la impulsó a dejar Rumania en 1987 e instalarse junto a su esposo en Alemania Occidental. En sus textos, Müller critica la mentalidad fascista de la minoría alemana a la que pertenece, retrata la hipocresía de la vida rural rumana, condena la represión de las dictaduras y rechaza los dogmas de la Iglesia y el Estado.
Además de ganar el Premio Nobel, la escritora rumana ha obtenido más de una decena de premios literarios europeos. En la actualidad, Müller vive en Berlín.
Sus libros en Chile
Ser periferia tiene sus ventajas. El día del anuncio del Nobel, los cuatro libros de Herta Müller traducidos al castellano habían desaparecido hace tiempo del mercado español, pero en Chile la librería Takk tenía los últimos ejemplares de “En tierras bajas” y “El hombre es un gran faisán en el mundo”. Fernández de Castro había saldado ambos títulos de Siruela a precios que no volverán a repetirse cuando llegue dentro de tres semanas la nueva partida de libros encargada a España. Siempre en Providencia, además de “El hombre…”, librería Ulises tenía un ejemplar de la novela “La piel del zorro”, editada por Plaza & Janés. Finalmente, “La bestia del corazón” (Mondadori) estaba en la biblioteca personal de Alberto Jadue, propietario de Quimera.
Los cuatro libros detallan, con una singular mirada poética, la asfixiante vida cotidiana bajo la dictadura de Ceausescu, tanto en los suburbios de las ciudades como en declinantes pueblos donde “el crepúsculo está en la cara de la gente” (“En tierras bajas”).
En el seguimiento que practica sobre las rutinas de grupos acotados de personajes, Müller se permite un humor negro que aligera la morosidad descriptiva de sus obras. Así, en La piel del zorro, un cliente encuentra ahorcado al hojalatero en su taller y dice: “Lástima por esta cuerda tan buena”. Lo descuelga, afloja el nudo y se la lleva. En otro pasaje, cuando los famélicos niños de una barriada pierden sus incisivos, “El ratón coge los dientes de leche e instala baldosas blancas en sus pasillos, bajo el bloque de viviendas. Pero no trae dientes nuevos”, según la versión de Juan José del Solar Bardelli, traductor de tres libros de Müller.
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Posteado por: Francisco Patricio Elissegaray Contreras 20/10/2009 23:53 [ N° 1 ] |
Excelente Articulo que nos ilustra sobre la presencia en el escenario de las letras de la laureada escritora con el Premio Nobel, Herta Mûller. |
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