
La barrera del pudor, de Pablo Simonetti, narra la compleja separación de un matrimonio que se prolongó demasiado. La historia la lleva a cabo el autor depositando la confianza de la narración en la mujer, quien en primera persona, recluida en un balneario de la costa central y acicateada por las sucesivas visitas de su hermana (Josefina), de su ex amante (Bernardo), de su ex marido (Ezequiel) y de su potencial nueva pareja (Roque), divaga acerca de las causas de la declinación del matrimonio y de las estrategias extremas que ha intentado para salvarlo. Se trata de una larga y tortuosa historia del aprendizaje sentimental de la protagonista, la paisajista Amelia Tonet, narrada por ella misma. Simonetti ha escogido la voz de ella como única ventana a esta historia y eso la tiñe de confusa subjetividad: como lo señala la protagonista en algún momento, es su “lectura” de los hechos, su versión. Y, por consiguiente aunque parece distribuir en forma equitativa las culpas entre ella y su marido, finalmente, en distintos puntos de la narración, va dejando en claro que es Ezequiel Barros —un exitoso y sensible crítico literario— quien la mantiene insatisfecha sexualmente por años y, peor aún, como comprenderá al terminar la novela, no la quiere. La relación a la cual se aferra con el paso del tiempo se ha deteriorado al punto que la ruptura ha sido el único camino a seguir.
La referencia a D.H. Lawrence no es menor: el tópico de la mujer insatisfecha, la relación poderosa con la naturaleza, el erotismo y la sexualidad como vía para encontrar la propia identidad en contra de las convenciones sociales, la fertilidad, aparecen en este novela pero, cabe subrayarlo, debilitadas. La naturaleza, por ejemplo, surge sobre todo mediada por la mirada del paisajista, del diseñador de jardines, una aproximación ordenada y racional a la naturaleza. El erotismo y la sexualidad —la experimentación del trío sexual— es puesta de manera calculada y dejada atrás. Es aquí, con todo, donde el autor, demuestra un mayor acierto narrativo y, en relación con el tema de la pérdida del deseo, incursiona en una escalada que muestra, a la vez, el ímpetu y la soledad de la protagonista. La novela de Simonetti opta, con todo, en este aspecto, por una solución conservadora: la pareja estable. El trío sexual es un “excursus” fallido.
La barrera de pudor bordea el naturalismo psicológico y, por lo mismo, es abundante en detalles íntimos, sin escasear las descripciones sexuales realizadas con crudeza. Sin embargo, no hay novedad aquí ni incluso respecto de las prácticas de incorporación de un tercero en la sexualidad matrimonial para alentar un deseo alicaído: la literatura del siglo XX, en contraste al silencio del siglo XIX, ha indagado con profundidad y desinhibición en todas las variantes del sexo. En La barrera del pudor prevalece la mezcla de un sexo de contenida sordidez con la delicadeza en la descripción de los paisajes del alma y la naturaleza. Hay una cierta compensación entre lo idílico del entorno y lo trasgresor de las conductas.
En lo que respecta al estilo, Simonetti maneja una prosa sin pretensiones de originalidad; sin embargo, se trata de una prosa grata al “oído”, cuidada, y muy distante de aquella que podemos encontrar en los éxitos de ventas actuales. No obstante estar narrada en primera persona, no intenta la imitación de un monólogo interior, aunque en la mayor parte del texto la protagonista habla consigo misma.
El autor mantiene la serenidad y ritmo de un pausado narrador en tercera persona. J. M. Coetzee afirmó, con certeza, que el narrador debe ganarse hoy su autoridad frente al lector. Es quizás, en este punto, donde la novela se siente débil: las huellas de una escritura femenina no están siempre presentes; no en lo qué dice sino en cómo lo dice. En términos de lenguaje, porciones importantes de este libro podrían haber sido dichas por cualquier otro personaje y esa incertidumbre se traspasa al lector cuando el género no está directamente inscrito en el texto.
Y, siguiendo esta misma línea crítica, el autor no logra convencer por qué la historia de Amelia es una historia que reclama con urgencia ser narrada y leída. Da la impresión de que no lo tuvo claro: el relato se alarga en exceso, el ritmo es lento, y su intencionalidad se diluye hacia el final. La narradora, tan tozuda y firme en sus sentimientos, se torna veleidosa. Si se trataba de plantear las tribulaciones de una mujer burguesa de mediana edad, atrapada en los convencionalismos sociales e incapaz de verse con claridad a sí misma y a sus propios afectos, que es redimida finalmente por la sexualidad, se queda a medio camino. Así, la novela navega indecisa entre la novela erótica y el drama sentimental.
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