Pedro Gandolfo
Domingo 01 de Noviembre de 2009
La conjura de la necedad

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En La fidelidad presunta de las partes, la última novela de Jaime Collyer, el protagonista, un escritor chileno de segundo orden, Diego Lombardi, se ve involuntariamente implicado, producto de una secuencia de malentendidos, coincidencias y necedades, en una conjura internacional que concluye con el exterminio de una remota aldea en África por parte de fuerzas antiterroristas norteamericanas y en su posible reclutamiento para una célula subversiva de alcance mundial.

Para que una historia tan improbable pueda llevarse a cabo, el autor, que narra en tercera persona, fabrica un “gran hermano” (las referencias a Orwell son frecuentes) carente de racionalidad, o, más bien, dotado de una racionalidad impredecible e imperfecta porque admite en su cadena de decisiones cualquier tipo de premisas. Así, en la novela para que el pasivo Lombardi pase a ser eslabón (y casi motor) de esa conjura global debe mediar la visita a Chile de un escritor e intelectual africano (ahora de primer orden), Matt Kizerbo, quien coincide con el protagonista en una velada social y es testigo perspicaz y voluptuoso de los coqueteos de la esposa de Lombardi, “la deliciosa y esquiva Mariluz”, y debe mediar también que luego coincidan en el programa televisivo “Sobremesa”, para que el escritor mayor le proponga al perplejo escritor menor que, antes de seguir su exitosa gira internacional, lo ayude a iniciar la redacción de un libro, propuesta que oculta el práctico deseo de Kizerbo de aprovechar la oportunidad y acostarse con la mujer de Lombardi, lo cual ocurre frente a los perplejos ojos de éste, cuyo matrimonio venía ya en franco deterioro. Por otra parte, casi de modo simultáneo, y con escasa convicción, Lombardi ha escrito una columna periodística incendiaria (en la medida que una suma de lugares comunes contra el imperio norteamericano puede serlo), que es leída por la Agregada de Prensa respectiva, contenido que ella, la señorita Jude Rowe, asocia al tema del último libro de Lombardi, Los vándalos, libro que, a su vez, el conductor del programa “Sobremesa” y otros medios han malinterpretado como un libro de apología a Atila y los hunos sin que Lombardi ni nadie, en ningún momento, haga esfuerzo alguno por deshacer ese malentendido. En la mente de esta funcionaria (que, ¡oh casualidad!, también ha asistido a aquella conspicua velada intelectual y ha visto el programa) la obra de Lombardi, su colaboración con Kizerbo y una vaga asociación sicológica con una ex pareja argentina (que la abandonó con cierta rudeza en sus años universitarios) bastan para poner en movimiento la delirante sospecha y la maquinaria destructiva de conspiración.

Los autores escogen su historia y no cabe juzgar esa elección, pero sí, al menos, de ésta se puede decir que es visiblemente alambicada y ese alambicamiento persigue un propósito: la confrontación en el relato de un héroe oscilante, pasivo y desvaído en sus creencias y pasiones con fuerzas oscuras, poderosas y superiores que adoptan la forma de un conspirador internacional, aunque descuidado y ciego, de la fatal estupidez del azar cotidiano o de una mezcla de ambos.

Collyer no se apresura en exponer la trama y el armazón queda discretamente oculto. Con progresiva lentitud va poniendo las tortuosas piezas, entre las cuales los lánguidos pero pertinaces afectos y convicciones juegan un papel crucial. En torno a Lombardi, sin embargo, para que la secuencia de fatalidades se ajuste, las situaciones y los personajes adquieren perfiles demasiado rotundos y predecibles, sin intersticios y pliegues, y la pasividad y perplejidad de aquél resulta a veces carente de enjundia, incluso cuando en su renacer final, luego de la desolación, se ilumina, arma el rompecabezas y parece adoptar una decisión. El relato padece, así, ese envaramiento de las historias cuyo protagonista no actúa, sino que más bien los acontecimientos pasan por él “como una barcaza al arbitrio de la corriente, zarandeada por un río brioso y de aguas oscuras que brama incontenible en pos de los rápidos, la desembocadura”.

La novela no destaca por la inteligencia de los diálogos (lo cual no es un reproche considerando el carácter opaco y poco luminoso de su personaje central), aunque sí es una carencia si se mira al astuto y cínico Matt Kizerbo, el gran intelectual y escritor, y a los puentes que teje el narrador mismo.

El logro mayor de La fidelidad presunta de las partes puede ubicarse en una prosa precisa, mecánica y limpia, distante tanto de la mera tosquedad como de la afectada elegancia, prosa que aplica, más que a las ideas, a la construcción de ciertas imágenes y símiles que se repiten y desarrollan a lo largo del libro y a la descripción de ciertos ambientes, gestos y momentos. Es en esos fragmentos cuando el lector percibe una modesta verdad viniendo desde el texto en parangón a la extenuante complejidad de la intrincada trama.

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