
Daniela Silva Astorga
Hoy superan las 15, pero hace 20 años sólo había dos escuelas de arte: la Chile y la Católica. De ellas se titulaban menos de 100 jóvenes al año. Hoy, los más de 300 que salen, son artistas bien distintos; aunque en los '80 muchos abrían espacio para obras más livianas, otros las hacían de corte político. Pensaban que el arte no debía ser comercial. Y si algún rebelde optaba por eso, avanzaría a tranco lento. En un mercado famélico -pocas galerías y compradores- sólo cabía lo más sólido. Mónica Bengoa (40) recuerda: "Teníamos ganas de muchas cosas, pero las energías estaban puestas en hacerlo bien más que en mostrar y vender rápido. Existía una estrategia".
Ese escenario murió y no sólo por la multiplicación universitaria. Aumentaron las galerías, las ferias comerciales (como Ch.ACO) y las ansias por exponer y vender. La fauna artística mezcla a súper rigurosos e investigadores con dueños de discursos de poco contenido, pero ávidos por figurar. La competencia es fiera. Sólo cuatro espacios sin fines de lucro acogen a los debutantes: Balmaceda 1215, Galería Gabriela Mistral, la Sala SAM y Galería BECH. No piden trayectoria, sí proyectos casi profesionales. Por eso, las pasantías y posgrados -que antes podían ser innecesarios- hoy son fundamentales. "Más grados no te hacen gran artista. Sí mejor docente", apunta Bengoa.
Hoy una sola convocatoria recibe 70 propuestas, que se suman a los elegidos puerta a puerta por talleres y a la oferta de las universidades. "Los profes meten a sus alumnos en esos sitios y ellos creen que les hacen un favor. Pero es una ilusión", afirma Justo Pastor Mellado. Según él, en Chile aún no existe mercado. Y ante tan poco, los inflados prematuros se quiebran rápido.
¿Cómo partir y no morir en el intento? Con el diploma llega el aterrizaje forzoso. "La universidad deja una visión utópica de que el arte funciona solo. No es así. Cuando expuse dentro de 'Umbrales' (para recién titulados UC) dije 'chuta, ahora soy artista'. Pero después noté que el libro de comentarios ¡no tenía nada escrito!", confiesa Cristóbal Cea (28), quien -poco tiempo después- debutó individualmente en la Sala SAM. Una plataforma sin imposiciones. "Está abierta para experimentar seriamente", explica Constanza Güell, la curadora. Si suena a pan comido, no lo es. Elegían a dedo, pero este año abrieron su primer llamado, y de 40 proyectos sólo uno ganó fecha para 2010.
Los apuretes
"La nueva generación tiene un gran problema discursivo. No se puede generalizar, pero hay bastante obra con poco sentido", dice Güell. Cea notó esa premura. Al abrir en la SAM, un chico de 2° año de Arte le dijo: "¡Qué buena, también quiero exhibir!". "Le pregunté: '¿Para qué?'. Y no contestó... Tiene que ser para resolver cosas, no por ansiedad", dice.
La clave para bajar las revoluciones: trabajar porque sí. Los fieles talleristas suelen estar en la minoría mejor. "Sorprende que varios no tienen taller; sólo crean para proyectos específicos. Y en tu espacio pasa todo: ensayas, te deprimes, avanzas", sostiene Nury González, quien colabora con Ximena Zomosa, directora de Balmaceda 1215. Ambas definen a los expositores. Y Paz Carvajal, de la BECH, considera cada montaje un experimento: "No hay que esperar cinco años para lograr madurez. Muchos de los que pasan por aquí están luego en galerías".
Si en los '80 coquetear con las galerías y su negocio era mal visto, ahora todos se sienten libres. Funciona así: el empresario-galerista visita los sitios calienta motores , recibe carpetas y oye a su entorno. "Hay que conocer la escena, nada se hace de a uno. Pero no se trata de pitutos , sí de redes", cuenta José Pedro Godoy (en la foto derecha), quien ganó el 2° lugar en "Cabeza de ratón", del MAVI. Expuso en Balmaceda, Gabriela Mistral, y ahora está entre los 30 artistas de la Sala Cero, que Tomás Andreu creó en 2008. Un variado bloque que prueba que no es problema estar entre los "vendidos". "Los jóvenes entienden mejor el mercado, les gusta y saben las reglas del juego", afirma Irene Abujatum, de Galería AFA.
Al entrar al circuito, los más notables y suertudos -se dice- llegan a Afa, Moro, Loewenthal o Die Ecke, que apuestan por una cartera reducida. Eligen con pinzas. "Si uno encuentra a un talentoso, da lo mismo que sea nuevo. Las capacidades maduran", sostiene Juan Pablo Moro.
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Posteado por: sergio correa molina 09/11/2009 08:46 [ N° 1 ] |
Interesante artículo. Para bien o para mal, los artistas en especial las generaciones jóvenes, deben asumir que el mercado invade todos los ámbitos. Incluso los culturales. |
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